PÁGINAS

domingo, 20 de septiembre de 2026

EL PATIO DE RECREO

 

          Recuerdo el patio de recreo como si lo viera ahora mismo. No era un recinto excesivamente grande, pero tenía unos árboles inmensos, que en primavera se llenaban de hojas grandes. Nos gustaba jugar a su alrededor al escondite o sentarnos a conversar bajo su sombra.

          Por aquellos años los juegos en grupo eran nuestros favoritos. Formábamos los grupos al azar, con las que tocaba, y lo pasábamos bien. Sin embrago, cada una tenía luego sus preferencias. Aquella o aquellas con las que mejor conectaba por tener un carácter o unos gustos que encajaban con los propios.

          El caso es que yo me hice muy amiga de una que se llamaba Carmen. Más o menos de mi misma estatura y complexión. Nos sentábamos juntas en el aula y nos hicimos inseparables, lo mismo dentro que fuera del colegio. Nos gustaba quedar para jugar a la rayuela en la plaza del barrio o a las tabas en la azotea de su casa, nosotras mismas preparábamos las canicas con piedras redondas y las pintábamos de colores vistosos. Otras veces nos dejábamos llevar por nuestra afición literaria cambiando tebeos, de hojas grandes y muchos dibujos, o cromos, además de  hacernos toda clase de confidencias en materia escolar y amorosa.

           Formábamos un equipo indestructible hasta que llegó Amparo. Comenzó a venir al colegio empezado el curso. Era de estatura media, fuerte, muy morena y de aspecto agradable, pero con un carácter muy dominante.

          Le gustaba liderar los juegos, decir qué se hacía, quién jugaba y el papel que le tocaba a cada una. En los trabajos en equipo no dejaba opinar a las demás y cuando la profesora lanzaba una pregunta a la clase, ella siempre levantaba la mano contestando sin dar opción a nadie más.

          Aquellas “lindezas” no pasaron desapercibidas para el resto de compañeras, que a los pocos días decidieron darle de lado.

          Ella, al verse aislada, buscó refugio en Carmen, a quien parecía no importarle demasiado su prepotencia. Intentó acapararla dejándome a mí en segundo plano. Cuchicheaban a mis espaldas, andaban siempre dos pasos por delante de mí, si Carmen se me acercaba se colocaba en medio para impedirlo y cuando yo iba a decir algo hablaba en voz más fuerte para tapar la mía.

           Aguanté un tiempo sin hacer ningún comentario. Procuré poner buena cara cuando estábamos las tres juntas y actuar como si todo fuera normal. Intenté convencerme a mí misma de que no era para tanto, que tenía que ser paciente. Pero no lo era, muchas veces tenía que apretar los puños y contener la rabia para no saltar, hasta que un día con el estómago comprimido y la mirada fija en el cajón de Amparo, decidí acabar con eso de una vez por todas.

           Cuando todo el mundo salió al patio de recreo a correr y gritar, me quedé en el aula con el pretexto de vaciar las papeleras. Una vez sola sentí el silencio del aula contrastando con los gritos lejanos de los juegos que venían del exterior. Con paso decidido fui a su cajón. El corazón me golpeaba con violencia el pecho pero no dudé en ningún momento de lo que iba a hacer. Saqué sus cosas. Entre ellas estaban unos mapas que debíamos entregar obligatoriamente a la vuelta para que nos pusieran nota. De ellos dependía el aprobado en la asignatura. Con el pulso firme destapé un bote de tinta y los llené de manchones y corazones ridículos. Los cogí después con las manos y los observé de lejos con un escalofrío de satisfacción. Luego lo dejé en su sitio y salí.

          Al volver del recreo, cada una dejó sus trabajos apilados en la mesa de la profesora. Me senté en mi sitio, con la espalda rígida y agazapada aguardando el momento. Cuando la maestra llegó a los mapas de Amparo el tiempo se detuvo. Palideció:

          ─¿Qué significa esto , Amparo?─ preguntó con el trabajo en alto cogido de una esquina con dos dedos como si fuera un trozo de basura.

          La clase quedó muda. Se podía escuchar el vuelo de una mosca. Amparo, acobardada y roja como un pimiento, no podía creer lo que estaba viendo. Le pilló tan de sorpresa que no encontró palabras. Intentó defenderse, pero la maestra no le dio tregua.

          ─¡Quedas suspendida!

          Ese fue el veredicto final.

          Amparo rompió a llorar, avergonzada y sin respuesta ante los murmullos y las risitas contenidas del resto de la clase. Por mi parte no me asaltó remordimiento alguno, sino que sentí una complacencia absoluta porque por esta vez la victoria había sido mía.

          Los días siguientes le bajaron los humos y anduvo un tiempo con la cabeza gacha, refugiada en Carmen. Luego volvió a las andadas y recuperó su arrogancia, pero por entonces a mí ya no me importaba. Había descubierto que era capaz de no dejarme ningunear por nadie, y bajo la sombra fresca del patio de recreo otras amigas nuevas me tendían la mano para jugar y divertirme.




8 comentarios:

  1. Nos cuentas una historia, que todos vivimos de pequeños, los juegos del recreo, la relación con los compañeros y esas decepciones que pronto aprendemos a sufrir....El tiempo siempre pone en su lugar tanto a la lista de turno, como a la más tímida e insignificante...Lo contaste con mucho detalle, amiga...
    Te diré que sigo teniendo las mismas amigas del colegio después de tantos años.
    Mi abrazo entrañable y mi cariño, Brurata.

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  2. Los resultados de la escuela son los que más añoro.
    Fuiste muy atrevida y tuviste suerte de no ser descubierta.
    Un abrazo.

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  3. ¡Hola, querida Brurata! Qué relato tan potente, vívido y magníficamente narrado.

    Nos trasladas de lleno a esa infancia de árboles gigantes, juegos de rayuela, tebeos y canicas hechas a mano, pero sobre todo a la complejidad de las primeras lecciones de vida. La llegada de esa presencia dominante, el dolor silencioso de sentirse desplazada y la tensión reprimida hasta ese gesto definitivo en el aula vacía están descritos con un realismo impresionante. El contraste entre el griterío lejano del recreo y la determinación en el aula pone los pelos de punta.

    Más allá de la travesura y de ese toque de complacencia tan humano al ver el mapa manchado de tinta, lo verdaderamente valioso es el aprendizaje final: ese instante de revelación en el que descubres tu propio valor, aprendes a no dejarte ningunear y abres la puerta a nuevas amistades bajo la sombra del patio.

    Muchísimas gracias por regalarnos otra historia tan íntima, atrapante y bellamente escrita.

    ¡Un abrazo fortísimo, Brurata, y feliz domingo!

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  4. El colegio puede ser un lugar donde la crueldad del menor es donde se comienza a forjar. Desde luego no estuvo bien hacer esa travesura que le costó un suspenso, pero se lo ganó a pulso. La amistad es muy importante y los líderes en esa edad pueden hacer mucho daño. Un besote grande.

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  5. Hola, Brurata.
    Ir al colegio a veces se hace muy cuesta arriba por algunos compañeros. Tuve una época muy mala también.
    Espero que tengas un buen día.
    Te invito también a visitar mi poema "El Conejito con gafas"
    Un beso.

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  6. Perdona, pero esto tiene toda la pinta de autobiografico😜. Jajaaa . Pero esas comun que se fabule, pero no llegue a hacerse.
    Muy bien retratada la vision y los sentimientos infantiles.
    Abrazooo

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➽ Paso 4: Guarda los cambios y listo,