Pasadas las vacaciones espero que todos hayáis podido descansar y renovar energías. Lo espero y deseo de corazón. Y para empezar esta nueva etapa os he traído este relato que he escrito con mucho esmero, recordando ese mar al que muchos habréis visitado y que ya ha quedado atrás, como nos ocurre a los que somos de tierra adentro.
Tendría doce o trece años cuando ocurrió. Mi amigo Manu y yo
éramos inseparables. Todas las mañanas recorríamos la playa en busca de
cangrejos entre las rocas, o rebuscando entre la arena lo que dejaban tirado
los bañistas, como si fuéramos piratas a la caza del tesoro.
Aquel día iba a ser como cualquier otro. El sol pegando
fuerte, el mar en calma, el olor a sal, la humedad del ambiente y las olas rompiendo
en la orilla. De repente, Manu me llamó con urgencia.
─¡Tonín, ven aquí, corre!
Estaba agachado entre unas piedras rodeadas de maleza, en
mitad de la arena. Llegué a su lado sosteniendo el aliento.
─¿Qué pasa?
─¡Mira!
En sus manos tenía un sobre amarillento y arrugado, pero
sorprendentemente íntegro.
─Estaba aquí enterrado─ murmuró con los ojos abiertos como
platos─ No hay dirección ni remite.
─¡Mira lo que hay dentro!─ le apresuré con un codazo.
Con dedos torpes extrajo una simple cuartilla doblada y
escrita a mano. El papel era tan viejo que casi se deshizo al tocarlo. Manu
tragó saliva y empezó a leer.
”Amor mío:
He preparado todo para
que seamos libres. Buscaremos un lugar donde podamos amarnos sin impedimentos.
Esta noche, cuando todos duerman, empezaremos una nueva vida.
Te espero a la entrada de la Cueva del Francés a medianoche.
Tuyo, hoy y siempre,
Salva”
Nuestras miradas se cruzaron, llenas de desconcierto. Al final
del texto había un aspa encerrada en un círculo justo al lado del nombre de él.
─¡Ostras!─ exclamé sorprendido─ Es una carta de amor, y
preparaban una fuga ¿De quién puede ser?
─¡Qué guay, tío! Pero, fíjate, es de hace mucho tiempo. El
papel es muy viejo.
Se hizo el silencio, por unos segundos solo se escuchó el
rumor de las olas al fondo. Nos habíamos quedado de piedra. Con los pelos de
punta.
─ A ver─ dijo Manu, frotándose la barbilla─ Se llama Salva y
tiene que ser alguien del pueblo porque conoce la Cueva del Francés.
─Salvador se llama el panadero─ dije haciendo memoria─ pero no
creo que sea. Tiene mujer y tres hijos.
─También está el de la ferretería, aunque no creo que sea
capaz de enamorar a nadie. Es un carcamal.
Hicimos un repaso minucioso por todo el vecindario. De pronto,
como un chispazo me vino a la cabeza el viejo encorvado que a veces veía en lo
alto del acantilado.
─¡Ya lo tengo, tío!─ solté con una palmada─ Es el de la Casa
Amarilla. El que vive cerca del Faro Viejo.
Manu dio un paso atrás arrugando la nariz.
─¿Ese? Si está loco y es un borracho…de cada tres palabras que
suelta, dos son una maldición. Mi padre dice que se gasta la pensión en la
taberna y solo va buscando gresca.
─ Pues mi abuelo me contó que de jóvenes trabajaban en el
mismo barco, y era un tipo normal hasta que un día cambió y nadie sabe porqué.
Oye, Manu ¿Y si fue por esto? ¿Y si fue porque ella le plantó?
─ Aunque así fuera ¿qué
podemos hacer nosotros? ¿No pretenderás ir a llevarle carta? Nos puede tirar
las botellas a la cabeza nada más vernos.
La verdad era que ese Salvador no gozaba de muy buena fama.
Los chicos le teníamos miedo. Siempre con la mirada perdida y dando voces. Pero
al mirar la hoja que Manu tenía entre las manos, con ese símbolo del final tan
extraño, me picó la curiosidad más que el temor.
─ Esta tarde subimos─ dije con una determinación que me
sorprendió a mí mismo─ le dejamos el sobre y nos vamos.
Manu no pareció muy convencido. Me miró como si fuera yo el
que estaba loco, pero en sus ojos vi que también él lo estaba deseando. Por
eso, aunque a regañadientes, terminó aceptando.
El Faro Viejo se encontraba a las afueras, en lo alto del
acantilado, abandonado desde hacía años. Subimos por el sendero angosto y
empinado, con el viento dándonos de cara y el sol que empezaba a teñir de
oscuro el agua del mar. La Casa Amarilla estaba al lado, vieja, con la pintura
desgastada y las tejas desportilladas.
Salvador se encontraba
sentado a la entrada, sobre un taburete de madera medio roto, con una botella
entre los pies mirando las olas.
─¿Qué venís a hacer
aquí?─ gruñó.
Nos quedamos petrificados. El corazón me golpeaba con fuerza
en las costillas, pero me armé de valor, di un paso adelante y le extendí el
sobre.
─ Encontramos esto en la playa…─ conseguí articular.
Temblando de pies a cabeza, alargué la mano.
El viejo marino se
quedó mudo, dispuesto a echarnos de allí con cajas destempladas, pero al ver la
forma de la misiva, su rostro quedó demudado. Se levantó del taburete despacio.
Me arrebató la carta con sus manos curtidas por el sol y el agua de mar. Le
temblaban tanto que pensé que se le iba a caer al suelo. Desdobló la cuartilla
con lentitud, con cuidado de no estropearla. El aire se hizo denso. El único
sonido que se percibía era el de las olas chocando contra el acantilado.
Comenzó a leer en silencio y a medida que lo hacía su frente
se suavizó y sus ojos, habitualmente cargados de odio, se le llenaron de agua.
Al llegar al final, pasó sus dedos por el símbolo, se llevó el papel a los
labios y lo besó. Luego se lo apoyó en la frente y estuvo así unos minutos.
─ Ella…ella no me plantó─ murmuró con la voz quebrada. Parecía
que no era él quien hablaba─ La detuvieron antes de llegar a la cueva…y se le
cayó la nota en la arena.
Nos miró, y por primera vez sus ojos no eran los de un
borracho, sino los de un hombre roto de dolor.
─ Yo la esperé en la Cueva del Francés toda la noche─ continuó
con la mirada perdida en el horizonte, como si se lo estuviera contando al mar─
Cuando llegó el alba y no apareció, creí que se había arrepentido. Me sentí un
imbécil y arruiné mi vida. Pero ahora se que no. Ella fue a buscarme y no la
dejaron. Yo era demasiado poco para la hija del patrón.
Se limpió las lágrimas con el reverso de la mano, dobló la
carta con un cuidado extremo y la guardó en el bolsillo de la camisa, junto al
pecho. Luego se quedó quieto, respiró hondo como alguien que no ha podido
hacerlo durante mucho tiempo y nos miró emocionado.
─Dejadme solo, chavales. Dejadme solo…necesito pensar.
Nos dimos la vuelta y bajamos el camino en silencio,
conmovidos y con el corazón en un puño. Esa noche apenas pude pegar ojo. Todo
el tiempo me venía a la memoria la imagen de Salvador sosteniendo la carta con
lágrimas en los ojos. A la mañana siguiente al encontrarme con Manu la duda de
no saber lo que había pasado con el viejo nos tenía inquietos y nos acercamos
hasta el Faro Viejo antes de ir a la playa.
Pensábamos encontrarlo en el suelo, abatido de dolor o
borracho como una cuba. Sin embargo no nos hizo falta llegar hasta la Casa
Amarilla. Nos lo cruzamos por el camino y casi no le reconocimos. Ya no era el
hombre encorvado, sucio y que olía a vino barato. En su lugar bajaba un
marinero mayor, que se había afeitado la barba y se había aseado por primera
vez en mucho tiempo. Llevaba una vieja chaqueta de paño azul marino, limpia y
bien abotonada y en el bolsillo delantero asomaba el borde del sobre escrito
hace cuarenta años.
Al cruzarse con nosotros se detuvo. Nos miró. Se llevó la mano
a la gorra en señal de saludo y continuó su camino con una sonrisa en los
labios. En ese momento comprendí que Salvador, el loco, había muerto para dar
paso a un marinero, que había recobrado su propia historia.
