PÁGINAS

domingo, 27 de septiembre de 2026

EL DEPREDADOR DE LIBROS

 

          No sé de qué manera llegó hasta mí la historia de don José, un hombre maduro que se pasaba el día leyendo. Lo que empezó como un placer se había convertido en una verdadera obsesión. Sentado en el sillón de su cuarto de estar cabalgaba a galope tendido por las historias como uno de sus deportes favoritos. Se había olvidado de la televisión, de salir con sus amigos y hasta la comida se le quemaba a veces por el ansia de terminar el capítulo.

 

          Se bebía los libros como si fueran una cerveza fresca en pleno verano, y cuando se acababan oficiaba una especie de funeral en la terraza: encendía un cigarrillo y con la mirada perdida despedía con tristeza a los personajes con los que hubiera seguido bien a gusto otras trescientas o cuatrocientas páginas más. Después apagaba la colilla y regresaba ansioso al salón para coger entre sus manos el siguiente lomo.


          Un buen día, el velo entre lo real y lo imaginario se borró. Empezó a dudar si su nombre era José o Ricardo, como el protagonista de su novela actual. Tampoco sabía si tenía una amante, si era un rico magnate del petróleo o si vivía en Singapur o en un pequeño pueblecito de la sierra madrileña. Sin que se diera cuenta el libro se lo estaba comiendo a él poco a poco, y terminó viéndose en un bosque de rascacielos, aturdido por el ruido de los coches y las luces de neón.


          De repente sonaron unos disparos. Una bala le silbó en el oído. Al volverse vio horrorizado a un hombre que se acercaba a él apuntándole con un arma. Supo que le iba a matar y echó a correr como alma que lleva el diablo. Calle arriba, calle abajo sin saber dónde iba ni encontrar refugio. El miedo no le permitía parar, sudaba, los pulmones le estallaban, el corazón le golpeaba con fuerza, pero él no paraba. Mientras lo hacía sentía que saltaba  de página en página, cada una era un nuevo desafío. Unas ratas le salieron al paso, una excavadora casi le deja aplastado contra la acera, y después se cayó por un terraplén del que salió vivo de milagro.


          Cuando llegó a la última página, dio un salto desesperado con todas sus fuerzas y fue a caer de golpe en su sillón.


          Al fin respiró tranquilo, aunque el corazón le estuvo latiendo a mil por hora bastante tiempo después de haber regresado. Cuando recuperó el resuello y salió del aturdimiento, miró por la ventana a la calle. Le pareció que el cielo estaba más azul que nunca y los árboles se habían rodeado de una melena verde y frondosa, y además por el tendedero llegaba un aroma a guiso que despertaba a un muerto. ¿Cuánto tiempo había estado sin disfrutar de todas esas cosas?


          Cogió la chaqueta y salió al parque. Los pájaros cantaban en las ramas, los niños jugueteaban alocados entre los setos. Encontró el aire fresco y la puesta de sol soberbia. Don José comprendió que había pasado demasiado tiempo ausente, viviendo en un mundo de fantasía; ahora era tiempo de vivir su propia historia.


          Se ajustó la chaqueta, sonrió a un desconocido y, por primera vez en mucho tiempo, no sintió la necesidad de correr a la estantería.




domingo, 20 de septiembre de 2026

EL PATIO DE RECREO

 

          Recuerdo el patio de recreo como si lo viera ahora mismo. No era un recinto excesivamente grande, pero tenía unos árboles inmensos, que en primavera se llenaban de hojas grandes. Nos gustaba jugar a su alrededor al escondite o sentarnos a conversar bajo su sombra.

          Por aquellos años los juegos en grupo eran nuestros favoritos. Formábamos los grupos al azar, con las que tocaba, y lo pasábamos bien. Sin embrago, cada una tenía luego sus preferencias. Aquella o aquellas con las que mejor conectaba por tener un carácter o unos gustos que encajaban con los propios.

          El caso es que yo me hice muy amiga de una que se llamaba Carmen. Más o menos de mi misma estatura y complexión. Nos sentábamos juntas en el aula y nos hicimos inseparables, lo mismo dentro que fuera del colegio. Nos gustaba quedar para jugar a la rayuela en la plaza del barrio o a las tabas en la azotea de su casa, nosotras mismas preparábamos las canicas con piedras redondas y las pintábamos de colores vistosos. Otras veces nos dejábamos llevar por nuestra afición literaria cambiando tebeos, de hojas grandes y muchos dibujos, o cromos, además de  hacernos toda clase de confidencias en materia escolar y amorosa.

           Formábamos un equipo indestructible hasta que llegó Amparo. Comenzó a venir al colegio empezado el curso. Era de estatura media, fuerte, muy morena y de aspecto agradable, pero con un carácter muy dominante.

          Le gustaba liderar los juegos, decir qué se hacía, quién jugaba y el papel que le tocaba a cada una. En los trabajos en equipo no dejaba opinar a las demás y cuando la profesora lanzaba una pregunta a la clase, ella siempre levantaba la mano contestando sin dar opción a nadie más.

          Aquellas “lindezas” no pasaron desapercibidas para el resto de compañeras, que a los pocos días decidieron darle de lado.

          Ella, al verse aislada, buscó refugio en Carmen, a quien parecía no importarle demasiado su prepotencia. Intentó acapararla dejándome a mí en segundo plano. Cuchicheaban a mis espaldas, andaban siempre dos pasos por delante de mí, si Carmen se me acercaba se colocaba en medio para impedirlo y cuando yo iba a decir algo hablaba en voz más fuerte para tapar la mía.

           Aguanté un tiempo sin hacer ningún comentario. Procuré poner buena cara cuando estábamos las tres juntas y actuar como si todo fuera normal. Intenté convencerme a mí misma de que no era para tanto, que tenía que ser paciente. Pero no lo era, muchas veces tenía que apretar los puños y contener la rabia para no saltar, hasta que un día con el estómago comprimido y la mirada fija en el cajón de Amparo, decidí acabar con eso de una vez por todas.

           Cuando todo el mundo salió al patio de recreo a correr y gritar, me quedé en el aula con el pretexto de vaciar las papeleras. Una vez sola sentí el silencio del aula contrastando con los gritos lejanos de los juegos que venían del exterior. Con paso decidido fui a su cajón. El corazón me golpeaba con violencia el pecho pero no dudé en ningún momento de lo que iba a hacer. Saqué sus cosas. Entre ellas estaban unos mapas que debíamos entregar obligatoriamente a la vuelta para que nos pusieran nota. De ellos dependía el aprobado en la asignatura. Con el pulso firme destapé un bote de tinta y los llené de manchones y corazones ridículos. Los cogí después con las manos y los observé de lejos con un escalofrío de satisfacción. Luego lo dejé en su sitio y salí.

          Al volver del recreo, cada una dejó sus trabajos apilados en la mesa de la profesora. Me senté en mi sitio, con la espalda rígida y agazapada aguardando el momento. Cuando la maestra llegó a los mapas de Amparo el tiempo se detuvo. Palideció:

          ─¿Qué significa esto , Amparo?─ preguntó con el trabajo en alto cogido de una esquina con dos dedos como si fuera un trozo de basura.

          La clase quedó muda. Se podía escuchar el vuelo de una mosca. Amparo, acobardada y roja como un pimiento, no podía creer lo que estaba viendo. Le pilló tan de sorpresa que no encontró palabras. Intentó defenderse, pero la maestra no le dio tregua.

          ─¡Quedas suspendida!

          Ese fue el veredicto final.

          Amparo rompió a llorar, avergonzada y sin respuesta ante los murmullos y las risitas contenidas del resto de la clase. Por mi parte no me asaltó remordimiento alguno, sino que sentí una complacencia absoluta porque por esta vez la victoria había sido mía.

          Los días siguientes le bajaron los humos y anduvo un tiempo con la cabeza gacha, refugiada en Carmen. Luego volvió a las andadas y recuperó su arrogancia, pero por entonces a mí ya no me importaba. Había descubierto que era capaz de no dejarme ningunear por nadie, y bajo la sombra fresca del patio de recreo otras amigas nuevas me tendían la mano para jugar y divertirme.




domingo, 13 de septiembre de 2026

CUANDO MURIÓ LA ABUELA

 

          Cuando murió la abuela, mi madre lo sintió como un auténtico cataclismo en su vida. Desde la puerta de mi cuarto la veía quedarse parada mirando por la ventana de la cocina con los ojos perdidos, y después cruzar el salón arrastrando el paso como el que no quiere llegar a ninguna parte.

          Se había puesto la chaqueta de punto granate que siempre se colocaba la abuela cuando refrescaba, gastada y llena de bolitas. Decía que de esa manera podía sentir su abrazo, como si estuviera un poco más cerca de ella. Tenía obsesión por rodearse de todo lo que le había pertenecido alguna vez. Sacaba los pañuelitos, cuidadosamente guardados entre tabletas de jabón Heno de Pravia, con olor a lavanda y se lo anudaba al cuello por días. Besaba conmovida el cartón amarillo donde estaba reflejado su rostro sin movimiento y llenaba la mesa de cartas escritas a mano que no enviaba a ninguna parte. Iba con frecuencia al cementerio para pasar las horas muertas hablando a una lápida fría y llevarle flores hermosas que se marchitaban a los dos días.

          Necesitaba llenar ese inmenso vacío que había quedado tras la muerte. Se apoyaba en esos pequeños gestos físicos. Como un bastón le ayudaron a seguir caminando sin su madre. Sin ellos hubiera caído rota de dolor.

          Hoy se cumplen varias décadas sin la abuela. Ella no me ha dicho nada pero sé que lo ha recordado todo el día. La he visto salir al jardín y detenerse serena junto a las hortensias que cuidaba la abuela. Ha mirado al cielo esbozando una sonrisa.

          Ya no necesita visitar el cementerio cada tarde ni llevar flores el día de Todos los Santos ─ aunque lo siga haciendo por costumbre─ Ya no se pone su ropa ni escribe cartas para dejarlas olvidadas en un cajón. Ahora que ya ha transitado la mayor parte de su camino vital entiende que no será mucho lo que le quede por llegar a la meta, ha comprendido que no necesita nada de eso para sentir cerca a la abuela, porque lo más valioso es lo que se lleva dentro, donde nadie lo ve: en el corazón. Ahí es donde permanece impresa la huella que no se ha de borrar jamás.

          El cordón umbilical que las unió una vez no se ha roto nunca, simplemente se ha vuelto invisible. La luz de la abuela sigue iluminando sus pasos, como un guía sin descanso. Por eso cuando las cosas se ponen difíciles o hay algún motivo de alegría, la veo sonreír en silencio. Por eso, hoy también, a través del cristal, la he visto mirar al cielo mientras acariciaba una flor, porque sabe que la luz de aquella que la trajo al mundo, sigue iluminando su camino.




sábado, 12 de septiembre de 2026

¿FALLOS DE BLOGGER?

 Estimados amigos que pasáis por aquí:

Llevo tres días sin que se actualice la "Lista de Lecturas" y no recibo aviso de vuestras nuevas publicaciones. Imagino que debe ser algún fallo de Blogger porque me parece haber leído en algún blog que le había pasado lo mismo. ¿Os está ocurriendo también? Si es así os agradecería que me lo dijerais.

Espero que este incidente se solucione pronto y pueda volver a hacer mis visitas habituales, pues me da mucha rabia no poder seguiros con  normalidad. No obstante, me pasaré de vez en cuando por si habéis publicado algo nuevo.

Un saludo muy cariñoso a todos.

Pilar


domingo, 6 de septiembre de 2026

EL MARINERO LOCO

 Pasadas las vacaciones espero que todos hayáis podido descansar y renovar energías. Lo espero y deseo de corazón. Y para empezar esta nueva etapa os he traído este relato que he escrito con mucho esmero, recordando ese mar al que muchos habréis visitado y que ya ha quedado atrás, como nos ocurre a los que somos de tierra adentro.

          Tendría doce o trece años cuando ocurrió. Mi amigo Manu y yo éramos inseparables. Todas las mañanas recorríamos la playa en busca de cangrejos entre las rocas, o rebuscando entre la arena lo que dejaban tirado los bañistas, como si fuéramos piratas a la caza del tesoro.

          Aquel día iba a ser como cualquier otro. El sol pegando fuerte, el mar en calma, el olor a sal, la humedad del ambiente y las olas rompiendo en la orilla. De repente, Manu me llamó con urgencia.

          ─¡Tonín, ven aquí, corre!

          Estaba agachado entre unas piedras rodeadas de maleza, en mitad de la arena. Llegué a su lado sosteniendo el aliento.

          ─¿Qué pasa?

          ─¡Mira!

          En sus manos tenía un sobre amarillento y arrugado, pero sorprendentemente íntegro.

          ─Estaba aquí enterrado─ murmuró con los ojos abiertos como platos─ No hay dirección ni remite.

          ─¡Mira lo que hay dentro!─ le apresuré con un codazo.

          Con dedos torpes extrajo una simple cuartilla doblada y escrita a mano. El papel era tan viejo que casi se deshizo al tocarlo. Manu tragó saliva y empezó a leer.

         ”Amor mío:

 He preparado todo para que seamos libres. Buscaremos un lugar donde podamos amarnos sin impedimentos. Esta noche, cuando todos duerman, empezaremos una nueva vida.

Te espero a la entrada de la Cueva del Francés a medianoche.

Tuyo, hoy y siempre,

Salva”

          Nuestras miradas se cruzaron, llenas de desconcierto. Al final del texto había un aspa encerrada en un círculo justo al lado del nombre de él.

          ─¡Ostras!─ exclamé sorprendido─ Es una carta de amor, y preparaban una fuga ¿De quién puede ser?

          ─¡Qué guay, tío! Pero, fíjate, es de hace mucho tiempo. El papel es muy viejo.

          Se hizo el silencio, por unos segundos solo se escuchó el rumor de las olas al fondo. Nos habíamos quedado de piedra. Con los pelos de punta.

          ─ A ver─ dijo Manu, frotándose la barbilla─ Se llama Salva y tiene que ser alguien del pueblo porque conoce la Cueva del Francés.

          ─Salvador se llama el panadero─ dije haciendo memoria─ pero no creo que sea. Tiene mujer y tres hijos.

          ─También está el de la ferretería, aunque no creo que sea capaz de enamorar a nadie. Es un carcamal.

          Hicimos un repaso minucioso por todo el vecindario. De pronto, como un chispazo me vino a la cabeza el viejo encorvado que a veces veía en lo alto del acantilado.

          ─¡Ya lo tengo, tío!─ solté con una palmada─ Es el de la Casa Amarilla. El que vive cerca del Faro Viejo.

          Manu dio un paso atrás arrugando la nariz.

          ─¿Ese? Si está loco y es un borracho…de cada tres palabras que suelta, dos son una maldición. Mi padre dice que se gasta la pensión en la taberna y solo va buscando gresca.

          ─ Pues mi abuelo me contó que de jóvenes trabajaban en el mismo barco, y era un tipo normal hasta que un día cambió y nadie sabe porqué. Oye, Manu ¿Y si fue por esto? ¿Y si fue porque ella le plantó?

           ─ Aunque así fuera ¿qué podemos hacer nosotros? ¿No pretenderás ir a llevarle carta? Nos puede tirar las botellas a la cabeza nada más vernos.

          La verdad era que ese Salvador no gozaba de muy buena fama. Los chicos le teníamos miedo. Siempre con la mirada perdida y dando voces. Pero al mirar la hoja que Manu tenía entre las manos, con ese símbolo del final tan extraño, me picó la curiosidad más que el temor.

          ─ Esta tarde subimos─ dije con una determinación que me sorprendió a mí mismo─ le dejamos el sobre y nos vamos.

          Manu no pareció muy convencido. Me miró como si fuera yo el que estaba loco, pero en sus ojos vi que también él lo estaba deseando. Por eso, aunque a regañadientes, terminó aceptando.

          El Faro Viejo se encontraba a las afueras, en lo alto del acantilado, abandonado desde hacía años. Subimos por el sendero angosto y empinado, con el viento dándonos de cara y el sol que empezaba a teñir de oscuro el agua del mar. La Casa Amarilla estaba al lado, vieja, con la pintura desgastada y las tejas desportilladas.

           Salvador se encontraba sentado a la entrada, sobre un taburete de madera medio roto, con una botella entre los pies mirando las olas.

          ─¿Qué venís a hacer aquí?─ gruñó.

          Nos quedamos petrificados. El corazón me golpeaba con fuerza en las costillas, pero me armé de valor, di un paso adelante y le extendí el sobre.

          ─ Encontramos esto en la playa…─ conseguí articular.

          Temblando de pies a cabeza, alargué la mano.

           El viejo marino se quedó mudo, dispuesto a echarnos de allí con cajas destempladas, pero al ver la forma de la misiva, su rostro quedó demudado. Se levantó del taburete despacio. Me arrebató la carta con sus manos curtidas por el sol y el agua de mar. Le temblaban tanto que pensé que se le iba a caer al suelo. Desdobló la cuartilla con lentitud, con cuidado de no estropearla. El aire se hizo denso. El único sonido que se percibía era el de las olas chocando contra el acantilado.

          Comenzó a leer en silencio y a medida que lo hacía su frente se suavizó y sus ojos, habitualmente cargados de odio, se le llenaron de agua. Al llegar al final, pasó sus dedos por el símbolo, se llevó el papel a los labios y lo besó. Luego se lo apoyó en la frente y estuvo así unos minutos.

          ─ Ella…ella no me plantó─ murmuró con la voz quebrada. Parecía que no era él quien hablaba─ La detuvieron antes de llegar a la cueva…y se le cayó la nota en la arena.

          Nos miró, y por primera vez sus ojos no eran los de un borracho, sino los de un hombre roto de dolor.

          ─ Yo la esperé en la Cueva del Francés toda la noche─ continuó con la mirada perdida en el horizonte, como si se lo estuviera contando al mar─ Cuando llegó el alba y no apareció, creí que se había arrepentido. Me sentí un imbécil y arruiné mi vida. Pero ahora se que no. Ella fue a buscarme y no la dejaron. Yo era demasiado poco para la hija del patrón.

          Se limpió las lágrimas con el reverso de la mano, dobló la carta con un cuidado extremo y la guardó en el bolsillo de la camisa, junto al pecho. Luego se quedó quieto, respiró hondo como alguien que no ha podido hacerlo durante mucho tiempo y nos miró emocionado.

          ─Dejadme solo, chavales. Dejadme solo…necesito pensar.

          Nos dimos la vuelta y bajamos el camino en silencio, conmovidos y con el corazón en un puño. Esa noche apenas pude pegar ojo. Todo el tiempo me venía a la memoria la imagen de Salvador sosteniendo la carta con lágrimas en los ojos. A la mañana siguiente al encontrarme con Manu la duda de no saber lo que había pasado con el viejo nos tenía inquietos y nos acercamos hasta el Faro Viejo antes de ir a la playa.

          Pensábamos encontrarlo en el suelo, abatido de dolor o borracho como una cuba. Sin embargo no nos hizo falta llegar hasta la Casa Amarilla. Nos lo cruzamos por el camino y casi no le reconocimos. Ya no era el hombre encorvado, sucio y que olía a vino barato. En su lugar bajaba un marinero mayor, que se había afeitado la barba y se había aseado por primera vez en mucho tiempo. Llevaba una vieja chaqueta de paño azul marino, limpia y bien abotonada y en el bolsillo delantero asomaba el borde del sobre escrito hace cuarenta años.

          Al cruzarse con nosotros se detuvo. Nos miró. Se llevó la mano a la gorra en señal de saludo y continuó su camino con una sonrisa en los labios. En ese momento comprendí que Salvador, el loco, había muerto para dar paso a un marinero, que había recobrado su propia historia.





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