PÁGINAS

domingo, 5 de julio de 2026

EL BOLÍGRAFO SENTIMENTAL

 

          El bolígrafo caminó veloz por el papel, sin detenerse, sin tomar aliento, como alma que lleva el diablo. Escribía una carta en la que un amigo pedía perdón a otro y se deslizaba por ella contento porque era todo un privilegio ser el instrumento elegido para poner paz entre los dos.

 

          Tenía que salir todo perfecto: las letras bien trazadas, la caligrafía legible y el vocabulario preciso. No admitiría ningún error y solo cuando llegara a la firma y el nombre del destinatario, podría relajarse y descansar.

 

          ¡Cómo disfrutaba con estas cartas y no con esas de denuncias, avisos o rupturas! Con ellas se ponía tan triste que su tinta se atascaba y no quedaba bien el trabajo.

 

          Sin embargo, la carta de hoy era deliciosa, lo mismo que si le hubieran dado a beber un buen vaso de tinta fresca. Su satisfacción solo se veía superada por las cartas de amor. Esas eran sus favoritas. Le gustaba tanto escribirlas que llegó a la convicción de que era él el que guiaba la mano del escritor y no al revés. Tanto se entusiasmaba que se adelantaba a sus pensamientos. Y es que no se podía esperar otra cosa de un bolígrafo tan romántico como él.






domingo, 28 de junio de 2026

EL AMOR ESTÁ EN TODAS PARTES

 

          Paca siempre había vivido en el prado de Sotoviejo. Nació allí y creció hasta convertirse en un hermoso ejemplar de burra, de color negro con una raya oscura que le recorría la espalda desde la crin hasta la cola. Trabajaba llevando suministros a los veraneantes de zonas de montaña donde los vehículos no podían acceder; y durante el invierno, cuando esos servicios ya no eran necesarios, cuidaba de las ovejas y cabras, resguardándolas de los posibles depredadores.

           Trabajar, comer, descansar, y de vez en cuando hacer algo de vida social con los otros burros de la dehesa era toda su vida. Hasta que una mañana de primeros de agosto, una carreta pintada de azul y amarillo acampó cerca de la aldea.

          Como en aquel lugar nunca pasaba nada, Paca se dio cuenta del cambio enseguida y se puso a observar con paciencia al lado del cercado. Vio como el cochero se bajaba del pescante y desenganchaba los burros del aparejo.

          Eran dos borriquillos de buen aspecto. Jóvenes, musculosos y de  pelo corto. Sin embargo, el que más le llamó la atención fue el de color gris. Se le veía el más atractivo, con el tronco robusto y las extremidades fuertes. Tan impresionada quedó que comenzó a emitir rebuznos de alegría para llamar su atención. El animal, al verla, también debió gustarle, porque se acercó hasta donde ella estaba con paso decidido.

          Cuando estuvieron uno frente al otro se miraron fijamente, con las pupilas dilatadas y un brillo especial. No necesitaron palabras para entenderse. Se acercaron despacio, midiendo sus pasos hasta que sus hocicos se tocaron.  Pasaron el día juntos, rozando las cabezas y dándose pequeños mordisquitos en el lomo.

          El burrito gris, de nombre Federico, le contó a Paca al oído el trasiego de su vida. Viajaba de pueblo en pueblo, arrastrando con lentitud el humilde carromato del señor Anselmo, en el que llevaba su pequeño guiñol. Visitaban las aldeas más recónditas donde jamás llegaban las compañías de teatro. En algunas ni siquiera tenían luz eléctrica, pero el titiritero, con sus marionetas de trapo, iluminaba hasta el último rincón. De manera que, durante unos días, los habitantes de las haciendas, que vivían desperdigados, se reunían para reír, llorar o emocionarse con las historias del señor Anselmo.

          Federico le habló también de montones de lugares diferentes, desde las áridas extensiones del sur hasta las verdes praderas del norte. Le explicó los muchos tipos de gente que había, de viviendas y de formas de vida.

          Paca , que no había salido nunca de allí, escuchaba sin pestañear todo cuanto él le decía. Fascinada, se dejaba llevar por su voz como si fuera un sueño, sintiendo el murmullo de sus palabras acariciarle la oreja.

          ─ Eres la burra más hermosa que jamás he visto. Serás la dueña de mi corazón mientras viva─ le decía.

          Y Paca no ponía resistencia a esa atracción irresistible que sentía, más poderosa que ella misma. El corazón le palpitaba a mil por hora y las mariposas del estómago no paraban de hacerle cosquillas cuando él estaba cerca. Federico ocupaba todo su pensamiento y se alimentaba de fantasías que la hacían flotar siempre como en una nube.

          Pero una mañana, cuando salió a su encuentro como había hecho otras veces, solo encontró las huellas frescas del carro que acababa de partir. Desesperada, corrió rebuznando hasta lo alto de una loma, y desde allí los vio alejarse con paso lento y casino, el mismo con el que habían llegado. Al sentirla, Federico también emitió un rebuzno pausado y triste que ella entendió a la perfección. Y Paca permaneció allí, en lo alto, hasta que la carreta desapareció por el camino. Después, volvió a su pradera desolada con el corazón roto. Poco después el invierno se echó encina y ella volvió a cuidar de las cabra y ovejas, pero ahora sin perder de vista el horizonte, buscando sin descanso el perfil de una carreta de color azul y amarillo.

          Doce meses después, la tristeza de apaciguó cuando dio a luz a un precioso burrito de color gris. Al verlo comprendió que el viaje de Federico no había sido en vano. Lo amamantó y cuidó con devoción maternal y cuando se hizo mayor y empezó a mirar con curiosidad los caminos, Paca le contó todos los bellos recuerdos que había guardado en su memoria para él.



Hace días vi un documental sobre los burritos, una especie que está en peligro de extinción. En él se decía que son animales muy trabajadores, dóciles, inteligentes y cariñosos. Les gusta mucho relacionarse con los humanos, y entonces se me ocurrió hacer este pequeño homenaje


 

domingo, 21 de junio de 2026

EL MOSCA

                                                 

“El Mosca” era el maestro de escuela de mi pueblo. Lo llamábamos así porque era bajito y siempre iba con traje negro. Lucía también un bigote que parecía un reguero de hormigas y un sombrero a juego.

Llegó un jueves por la mañana, a principios de septiembre, con los zapatos sucios y una maleta llena de libros viejos. Abrió la ventana de la clase de par en par y dijo:

─ Ya es hora de que aquí entre el aire fresco.

A continuación, colocó los libros en la estantería desnuda, cambió la distribución de los bancos y empapeló las paredes con carteles que él mismo había fabricado. En apenas cuatro días, la escuela se había llenado de luz y olor a pintura fresca.

Durante todo el proceso, la chiquillería observábamos los cambios con curiosidad. Espiábamos sus movimientos detrás de los árboles con la inquietud propia del que espera algo sin saber exactamente qué . El primer día de clase no nos mandó hacer fila. Se colocó delante de nosotros y exclamó con voz firme:

 ─No tengáis miedo. Aquí se viene a aprender y a disfrutar. Nadie que entre en esta escuela estará descontento. Se acabaron los castigos de ponerse de rodillas y las orejas de burro.

Aquello corrió como la pólvora por todas partes. En la taberna, los hombres, y en el colmado, las mujeres, no dejaban de comentar sobre aquellos aires de modernidad nunca vistos por allí. Y pronto la preocupación llegó a algunos padres.

 ─ ¡A ver si con tanta novedad no van a aprender los muchachos! ─ exclamaba uno.

─Pues yo, con que aprenda a leer y escribir y las cuatro reglas me doy por satisfecho─ decía otro .

─Para trabajar en el campo... ¿Qué más quieres? ─sentenciaba un tercero.

No seríamos más de quince alumnos cuando asistíamos todos, porque la mayor parte de los días se quedaban en diez , y a veces incluso menos, sobre todo en época de vendimia o de recogida de la aceituna. Mi pueblo era pobre y el campo nuestro único sustento.

Sin embargo, quienes acudíamos regularmente a la escuela empezamos a hacerlo con ilusión y no con temor. Pronto nos dejó claro que estaba permitido equivocarse, aprender despacio, pedir ayuda y hasta tener un mal día. La vara de olivo de los castigos acabó directamente en la estufa de leña.

 Nos agrupó por niveles, los que no sabían leer en un sitio, los que ya sabían en otro. Los mayores ayudaban a los pequeños y estos aprendían cosas de quienes estaban más adelantados. Despertó en todos  el gusanillo por querer conocer cosas nuevas y lo hizo de forma natural, como si estuviéramos jugando.

Allí fue donde di mis primeros pasos de baile junto a Magdalena, aquella niña rubia de largas trenzas que me tenía hipnotizado. También hicimos teatro con cuatro cartones y sábanas viejas. Los viernes por la tarde nos leía poesías y jugábamos a ser escritores nosotros también.

─Nadie nace enseñado ─nos repetía─ Los grandes hombres que cambiaron el mundo, también fueron niños una vez y tuvieron que aprenderlo todo. Vosotros podéis hacerlo también.

Así pasaron las semanas y los meses sin que nos diéramos cuenta, como si viviéramos en un sueño.

Mientras tanto, en la taberna y el colmado siguieron hablando del maestro:

─¡Vaya con don Antonino, parecía que no iba a enseñar nada y resulta que mi chico ya se defiende con las cuentas y la lectura.

─Si, enseña bien a pesar de sus rarezas.

─¡ Y además los muchachos van contentos!

─¡ Ya lo creo! El mío ya no quiere ir al campo; solo piensa en la escuela.

Cuando llegó el final de curso, recibimos con pesar la noticia de su partida. Nadie quería que marchara. Las familias agradecidas le llevaron lo que pudieron: huevos, chorizo de matanza, queso de oveja o rosquillas caseras. Todo el mundo quiso aportar algo y hasta el mismo Ayuntamiento le organizó una pequeña despedida en la plaza.

 Los vecinos prepararon una tarima y el alcalde le entregó una pluma estilográfica después de dedicarle unas palabras de reconocimiento.

─Es necesario que me marche─ dijo él después, con la voz entrecortada por la emoción─ para llevar la luz a otros lugares que también lo necesitan.

 Esas fueron sus últimas palabras.

A la mañana siguiente lo vimos partir con su traje negro, sus zapatos sucios y su maleta de libros viejos.

El pueblo quedó más vacío y más triste. Sin embargo, todo lo que aprendimos junto a él y la huella que dejó permanecen imborrables.




domingo, 14 de junio de 2026

 

            EL DÍA DEL MUNDIAL DE FÚTBOL

─¡ Goooool!

El rugido se escuchó al unísono hasta hacer temblar los cimientos del edificio. Se jugaba la Copa del Mundo y muy pocos eran los que no estaban comiéndose las uñas frente al televisor.

 Mariano era uno de ellos. Y eso no hubiera tenido nada de particular si no fuera porque se pasaba la vida viendo deportes. Desde que se jubiló, se había instalado en el sofá del salón y de ahí no había quien lo moviera. Sobre todo cuando emitían algún partido de fútbol importante. En esos casos, ya no se podía contar con él para nada.

Se preparaba una buena jarra de cerveza, llenaba la mesa de aperitivos y convertía el salón en una fortaleza inexpugnable. Ni siquiera su mujer, Vicenta, podía interrumpirle. Si el partido lo ganaban los suyos le decía con entusiasmo:

─¡Vamos, ponte guapa que salimos!

Pero si perdía, la cosa cambiaba. Fruncía el ceño, se le enrojecían las mejillas y todo cuanto salía de su boca eran gritos y exigencias.

Algunas veces también invitaba a los amigos. Entonces el suelo y la mesa quedaban llenos de restos de bebida y comida que él, desde luego, no recogía. Era Vicenta la que iba después con el trapo y la fregona devolviendo el orden y la limpieza a la casa.

Aquel día, sin embargo, Mariano estaba solo. No había hecho invitaciones porque se encontraba algo resfriado y le dolía la cabeza.

Su mujer lo espiaba desde el pasillo. Estaba muy cansada de aguantar esa situación. Desde que su marido había dejado la oficina, también había abandonado sus responsabilidades domésticas y ella se encargaba de todo: la compra, la limpieza, la colada, la comida, los arreglos y cualquier problema que surgiera, mientras él veía la televisión, tranquilo y sin inmutarse, como si fuera la cosa más natural del mundo.

Pero aquella tarde, Vicenta tomó una decisión.

Mientras su marido seguía el partido con los cinco sentidos ─y alguno más, de haberlo tenido─, ella se maquilló y se puso su mejor vestido. Hacía años que no se arreglaba para sí misma. Antes le gustaba bailar, pasear por las calles del centro o sentarse en una terraza para charlar durante horas, pero poco a poco había ido dejando de hacerlo y se había recluido en la casa. Ahora ya estaba harta y aquella tarde pensó en salir a la calle a disfrutar de la vida.

Cuando la emisión deportiva se acabó, Mariano que no se había enterado de que estaba solo, voceó desde el salón:

─¡Vicenta! ¿Qué tenemos para cenar hoy?

Nadie respondió.

─¿No me oyes? ¿Qué hay de cenar?─repitió más fuerte.

Silencio absoluto.

─¿Se puede saber dónde te has metido?─ volvió a repetir de muy malos modos.

Al no obtener respuesta fue a la cocina. No la encontró, y además estaba todo recogido y sin restos de la cena. Fue después al dormitorio, tampoco allí había nadie. Quizá estuviera en el cuarto de baño, pero al abrir la puerta obtuvo el mismo resultado.

─Bueno, habrá salido a comprar algo─ murmuró

Y volvió de nuevo a su televisor, sin mayor preocupación, salvo que las tripas empezaban a protestar de hambre. Fue de nuevo a la cocina , y al abrir el armario para coger algo de comer descubrió que no sabía ni dónde estaban las cosas.

Dieron las ocho y no apareció nadie. Dieron las nueve y tampoco. Cuando ya se acercaban las diez, Mariano empezó a inquietarse.

─¿Dónde se habrá metido esta mujer? Ya no es hora de que estén los comercios abiertos.

 Se dirigió al dormitorio a ponerse el pijama y sobre la cama se da cuenta de que están las gafas de lectura de ella y un libro abierto. Se quedó mirándolas unos segundos, ni siquiera sabía qué estaba leyendo Vicenta. ¿Cómo habían cambiado tanto las cosas? Cuando eran jóvenes les gustaba salir a bailar, ir a pasear cogidos de la mano. Escuchaban música juntos y se pasaban las horas hablando y haciendo planes de futuro. En aquellos tiempos no se acordaba de la televisión para nada. ¿Qué les había pasado?

Volvió al salón y esperó un poco más, sin embargo al llegar las once comprendió que algo serio había debido ocurrir. Vicenta nunca se retrasaba tanto.

Angustiado y con el corazón en un puño llamó a los hospitales, a la policía, a los bomberos, a la Guardia Civil…Nadie sabía nada. Todo parecía estar en orden. Entonces los nervios se le comieron vivo y cuando terminaron con él, pasó a la fase de reflexión.

─ Quizá se ha marchado para siempre─ pensó─ Y reconozco que, si lo ha hecho, tendría toda la razón. No le presto atención, no la ayudo en nada y dejo que cargue con todo el peso de la casa. ¿Cómo no iba a cansarse? Pero…¿qué voy a hacer yo solo? Sin ella no soy nadie. No valgo un carajo sin Vicenta. ¡Ahora me doy cuenta! Ella es todo lo que tengo y la quiero. Daría cualquier cosa porque entrara por esa puerta y poder decírselo.

En ese momento se oyó el llavín en la cerradura. El hombre levantó la vista notando el corazón en las sienes. Era ella. Le pareció que estaba más hermosa que nunca, como el día que se hicieron novios.

─Me he retrasado un poco─ dijo sin más

Mariano se levantó de un salto y la abrazó con fuerza. Vicenta se quedó sorprendida y tardó unos segundos en reaccionar.

─¡Pensé que te había pasado algo! ─ le susurró él al oído con la voz entrecortada.

─Pues ya ves que no.

─No, pero a mí sí me ha pasado algo esta noche.




domingo, 7 de junio de 2026

 

             EL SILENCIO ENTRE PAREDES

Hacía tiempo que no veía aquella procesión. Siempre coincidían las fechas con algún viaje que me lo impedía, pero aquel año pude sortear los compromisos para participar, una vez más, en esa fiesta tan entrañable que me llevaba a los años felices de la infancia.

Me puse uno de mis mejores vestidos y salí decidida a disfrutar. Las calles estaban más adornadas que nunca con flores naturales y mantones bordados en cada balcón. Habían regado con tomillo el suelo y el olor a campo y naturaleza deleitaba los sentidos. Los toldos impedían que el sol cayera directo sobre el gentío que se agolpaba en los márgenes del recorrido para coger una buena posición desde donde ver pasar el cortejo.

Después de mucho buscar encontré un hueco minúsculo junto a la iglesia de El Salvador, detrás de dos ancianas que llevarían allí desde bien temprano para coger la primera fila.

─¿Qué hora tienes, Sagrario?─oí que preguntaba la que parecía más joven. La otra, delgada y más bajita, se miró el reloj y dijo:

─Van a ser las doce.

─¡Ah, si! Ya suenan las salvas. La custodia acaba de entrar en Zocodover

─Todavía queda un rato hasta que pase por aquí. Menos mal que el día no ha salido caluroso y los toldos nos protegen del sol.

─¡Menos mal!─corroboró la tal Sagrario─ Recuerdo que hace años, cuando venía con mi Eduardo, que en Gloria esté, nos colocábamos siempre en la Calle de Alfileritos para evitar el sol.

─Yo prefiero no acordarme de aquellos tiempos. Ahora vivo mucho mejor desde que murió mi marido.

La amiga no pudo evitar un gesto de sorpresa.

─¿Pero cómo desde que murió tu esposo? Si ibais juntos a todas partes y no se separaba de ti ni un momento. ¡Siempre tan atento!

─Si, eso era de puertas para afuera, pero para adentro era otra cosa.

─¡Qué me estás diciendo , Pura!─ Sagrario no daba crédito.

─¡Si, como te lo digo! Me dio muy mala vida. Nunca fui feliz con él. Al principio solo fueron insultos: guarra, zorra…y solo porque había llegado a casa un poco más tarde o porque no estaban planchados sus pantalones. Luego pasó a las manos y me pegaba por cualquier cosa: un cenicero manchado, la comida que no estaba a tiempo…A veces ni tan siquiera necesitaba una excusa; era suficiente que llegase a casa con dos copas de más para liarse a golpes conmigo sin motivo alguno.

─Pero Pura, hija mía, todos los que estábamos alrededor nunca lo hubiéramos pensado─ a Sagrario aún le costaba trabajo procesar lo que acababa de escuchar─ ¿Por qué no lo denunciaste?

─Tenía miedo, Sagrario. Me amenazó con quitarme a mis hijos. En aquellos años esas cosas se veían con naturalidad y el hombre siempre tenía la razón. Yo era una pobre mujer, joven, inexperta y sin trabajo, que dependía de él para todo. No me quedó otro remedio que aguantar.

─Me dejas de piedra. ¡No sé ni qué decir!─ se lamentó la amiga  mirando a Pura con una mezcla de tristeza y estupor.

─Y no creas que el mío era un caso aislado─ continuó Pura, dispuesta a no quedarse nada dentro ya que había empezado la confesión─ En muchos hogares pasaba lo mismo, como en casa de Rosita, la verdulera, o Carmen, la que trabajaba en Correos, y nadie movió un dedo, sobre todo las autoridades que hacían la vista gorda. Si te quejabas, te decían que algo habrías hecho para merecer el cachete.

─Bueno, menos mal que aquello ya pasó─ dijo Sagrario temblorosa y queriendo relajar la tensión y animar a su amiga.

─¡Si, menos mal!─añadió Pura─ El día que murió Alfonso fue el primero de una nueva vida para mí. Pude estar tranquila y respirar en paz. La viudez fue una liberación y doy gracias porque se produjera tan pronto.

─Ahora las cosas han cambiado mucho. Eso se puede denunciar y la ley está de nuestra parte.

─¡Si, y no sabes lo que me alegro! Aunque todavía queda un largo camino por recorrer─ y luego, cambiando de tema, añadió─ ¡Pero, mira, ya asoma la procesión por la cuesta!

Las dos amigas se santiguaron y dieron por terminada la conversación, mientras que yo, detrás de ellas, como testigo mudo de aquella revelación me quedé con el corazón encogido. Miraba a la pobre Pura, tan viejecita, tan menuda y endeble que sentí un hondo pesar por ella. Delante de mí desfilaron los caballeros de capa aterciopelada y las mujeres con mantilla y rosario en mano, rompieron a tocar las bandas de música y la multitud vitoreó a la custodia, pero yo solo podía mirar las manos frágiles de Pura. Me fui a casa con el corazón angustiado, sabiendo que detrás del olor a tomillo y los mantones de fiesta había muchas víctimas que solo pudieron callar y a las que la historia había olvidado.


Esta historia está basada en hechos reales y pretende dar voz a todas aquella mujeres a las que se les impidió hablar en su momento.




domingo, 31 de mayo de 2026

 

 PALABRAS EN PELIGRO DE EXTINCIÓN

─¡Rápido, rápido, aquí hay una!

Doña Margarita apuraba a los camilleros para que se dieran prisa en llegar. Había encontrado otra palabra antigua, pisoteada y a punto de desfallecer definitivamente. Los enfermeros corrieron de inmediato a colocarle una mascarilla de oxígeno y meterla en la ambulancia rumbo al hospital.

La palabra “badila” se debatía entre la vida y la muerte. Ya nadie la utilizaba desde que se inventaron las estufas y las modernas calderas de gas natural.

En el hospital, las enfermeras de urgencias la lavaron, la curaron las heridas y la colocaron en estado de reposo para su recuperación. En aquella planta todas las habitaciones estaban ocupadas por palabras en peligro de extinción, que habían corrido la misma suerte que “badila”.

─¡Ya no servimos nada!─ decía la palabra “almanaque”.

─Si no lo remedian terminaremos por desaparecer─ se lamentaba “cantarera”.

─¡Pues no creáis que somos las únicas!─ añadían el vocablo  “trébedes” a punto de desmayarse de viejo─ Los objetos a los que damos nombre también están muriendo.

─¡Con lo que fuimos en otra época!─ lloriqueaba el término “fuelle”─¿En qué casa no había una “alacena” o no se colocaba un “vasar”?

─¡Para lo que hemos quedado! Si no fuera por doña Margarita…─suspiraban.

En efecto, doña Margarita, a quien muchos conocían como “la erudita”, enamorada de los vocablos antiguos se había propuesto no dejarlos morir en el olvido, y cada vez que encontraba uno lo recogía, lo recuperaba en su hospital y después se lo llevaba a su casa y lo colocaba en una enorme estantería con muchos otros.

Cuando la estantería se le quedó pequeña compró otra, y luego otra…y así hasta llenarlo todo de palabras que nadie utilizaba salvo ella. Las palabras se convirtieron en una obsesión y un quebradero de cabeza, pues el espacio era limitado y en las estanterías ya no cabía un alfiler. Cuando ya estuvo todo lleno, las metió entre las cortinas, en los tarros de cristal adornando la cocina, entre las páginas de los libros, en el hueco de la escalera…pero aún así la situación fue empeorando hasta hacerse insostenible, y entonces decidió escribir una carta al alcalde para que le diera una solución. Éste lo consideró una locura y la tachó de excéntrica. Pero la mujer no se amilanó y siguió intentándolo en otros lugares: bibliotecas, archivos, librerías…

─Esta pobre mujer ha perdido el juicio─ comentaban cuando se marchaba.

Hasta que un día, buscando el último diccionario de la RAE se topó con don Melquiades, un hombre de larga melena blanca y gafas de culo de vaso, tan extravagante como ella, que seguía el rastro de los libros escritos a mano de épocas pasadas. Tenía una tienda de antigüedades y en lugar de acumular palabras, iba a la caza de objetos. Allí donde se enteraba que podía haber alguno corría para atraparlo en su furgón de los años 60, llevarlo a su tienda, y darle una segunda oportunidad.

A ambos les bastó cruzar un par de palabras para comprender que estaban hechos el uno para el otro y la idea surgió con una fuerza increíble: montaría un amplio museo en el que cada objeto aparecería con su palabra al lado y su historia. Sabían que la mayoría ya no funcionaban, muchos habían perdido definitivamente alguna pieza, sin embargo, en las vitrinas lucían brillantes, como en sus mejores tiempos, al igual que las palabras que les daban nombre.

El museo tuvo tanto éxito que recibía a diario miles de visitas de todo el mundo, hasta salió en un programa de televisión y corrieron ríos de tinta hablando de sus maravillas.

Doña Margarita y don Melquiades no podían estar más satisfechos. Al fin las palabras y sus objetos estaban salvados del olvido. No morirían y podrían permanecer en el recuerdo por siempre.




martes, 26 de mayo de 2026

 

                  EL CAFÉ DE DOÑA MACA

          Diariamente a las cinco de la tarde, en una pequeña vivienda del barrio del Buen Pastor, doña Maca prepara su café. Saca el puchero de loza desportillado ─donde se acumulan los posos de días y semanas─ añade unas cucharadas de grano molido, un poco de agua y lo pone a hervir en la vieja cocina de gas.  A los pocos minutos, el aroma dulzón a caramelo y nuez se expande por todos los rincones de la casa, y entonces empiezan a ocurrir cosas extraordinarias.

          El canario se pone a cantar a pleno pulmón, las flores marchitas del jarrón rejuvenecen y el cojín de color verde sucio se llena de tonalidades vibrantes.

          El intenso olor se escapa después por debajo de la puerta y se extiende por todo el edificio. Cuando llega al 1º A , el señor Mariano ─que siempre está leyendo el periódico con cara seria─ recuerda que una vez fue joven, deja la lectura apartada, va en busca de su mujer y se marca un buen pasodoble con ella.

          Los efluvios se filtran sin permiso en el 3ºB y llegan hasta la nariz de Rosita, la enfermera que vive su vida en soledad. Al sentir el aroma corre al escritorio, saca del cajón una carta inacabada que escribió a un antiguo amor y la termina, con la firme decisión de hacerla llegar a su destinatario.

          La fragancia deliciosa, inquieta y atrevida, sube hasta la sexta planta, donde vive el cascarrabias de don Fulgencio. Al colarse por el ojo de la cerradura, el hombre siente un impulso repentino de sacar del trastero el telescopio lleno de polvo para mirar las estrellas esa misma noche sin falta. Mientras tanto, la portera del Bajo C canta bellas arias de ópera como si estuviera en los más prestigiosos escenarios del mundo, a la vez que barre la puerta y recoge el correo.

          Todo el mundo parece estar hechizado. Incluso los que pasan por la calle no pueden evitar, por un instante fugaz, dejarse llevar por algún lejano recuerdo que les hace sonreír.

          El éxtasis permanece un rato, despertando sensaciones dormidas, acariciando viejos sueños y recordando que lo que fuimos una vez siempre permanece en nosotros.

          Cuando el olor a café recién hecho desaparece, cada vecino vuelve a retomar lo que dejó suspendido en el aire, pero con la esperanza de que mañana, a las cinco de la tarde, doña Maca vuelva una vez más a transportarlos al paraíso.

                                       Historias de Brurata Literata




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