PÁGINAS

domingo, 31 de mayo de 2026

 

 PALABRAS EN PELIGRO DE EXTINCIÓN

─¡Rápido, rápido, aquí hay una!

Doña Margarita apuraba a los camilleros para que se dieran prisa en llegar. Había encontrado otra palabra antigua, pisoteada y apunto de desfallecer definitivamente. Los enfermeros corrieron de inmediato a colocarle una mascarilla de oxígeno y meterla en la ambulancia rumbo al hospital.

La palabra “badila” se debatía entre la vida y la muerte. Ya nadie la utilizaba desde que se inventaron las estufas y las modernas calderas de gas natural.

En el hospital, las enfermeras de urgencias la lavaron, la curaron las heridas y la colocaron en estado de reposo para su recuperación. En aquella planta todas las habitaciones estaban ocupadas por palabras en peligro de extinción, que habían corrido la misma suerte que “badila”.

─¡Ya no servimos nada!─ decía la palabra “almanaque”.

─Si no lo remedian terminaremos por desaparecer─ se lamentaba “cantarera”.

─¡Pues no creáis que somos las únicas!─ añadían el vocablo  “trébedes” a punto de desmayarse de viejo─ Los objetos a los que damos nombre también están muriendo.

─¡Con lo que fuimos en otra época!─ lloriqueaba el término “fuelle”─¿En qué casa no había una “alacena” o no se colocaba un “vasar”?

─¡Para lo que hemos quedado! Si no fuera por doña Margarita…─suspiraban.

En efecto, doña Margarita, a quien muchos conocían como “la erudita”, enamorada de los vocablos antiguos se había propuesto no dejarlos morir en el olvido, y cada vez que encontraba uno lo recogía, lo recuperaba en su hospital y después se lo llevaba a su casa y lo colocaba en una enorme estantería con muchos otros.

Cuando la estantería se le quedó pequeña compró otra, y luego otra…y así hasta llenarlo todo de palabras que nadie utilizaba salvo ella. Las palabras se convirtieron en una obsesión y un quebradero de cabeza, pues el espacio era limitado y en las estanterías ya no cabía un alfiler. Cuando ya estuvo todo lleno, las metió entre las cortinas, en los tarros de cristal adornando la cocina, entre las páginas de los libros, en el hueco de la escalera…pero aún así la situación fue empeorando hasta hacerse insostenible, y entonces decidió escribir una carta al alcalde para que le diera una solución. Éste lo consideró una locura y la tachó de excéntrica. Pero la mujer no se amilanó y siguió intentándolo en otros lugares: bibliotecas, archivos, librerías…

─Esta pobre mujer ha perdido el juicio─ comentaban cuando se marchaba.

Hasta que un día, buscando el último diccionario de la RAE se topó con don Melquiades, un hombre de larga melena blanca y gafas de culo de vaso, tan extravagante como ella, que seguía el rastro de los libros escritos a mano de épocas pasadas. Tenía una tienda de antigüedades y en lugar de acumular palabras, iba a la caza de objetos. Allí donde se enteraba que podía haber alguno corría para atraparlo en su furgón de los años 60, llevarlo a su tienda, y darle una segunda oportunidad.

A ambos les bastó cruzar un par de palabras para comprender que estaban hechos el uno para el otro y la idea surgió con una fuerza increíble: montaría un amplio museo en el que cada objeto aparecería con su palabra al lado y su historia. Sabían que la mayoría ya no funcionaban, muchos habían perdido definitivamente alguna pieza, sin embargo, en las vitrinas lucían brillantes, como en sus mejores tiempos, al igual que las palabras que les daban nombre.

El museo tuvo tanto éxito que recibía a diario miles de visitas de todo el mundo, hasta salió en un programa de televisión y corrieron ríos de tinta hablando de sus maravillas.

Doña Margarita y don Melquiades no podían estar más satisfechos. Al fin las palabras y sus objetos estaban salvados del olvido. No morirían y podrían permanecer en el recuerdo por siempre.




2 comentarios:

  1. Una historia muy entretenida y valiosa, Brurata, y algunos de esos objetos andan en cajones por acá todavía, por ejemplo escucho viejos cassettes en aparatos demodee, un abrazo!

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  2. Si, todavía es frecuente ver algunos de ellos aunque dentro de unos años también desaparecerán lo mismo que las palabras. Feliz domingo. Un abrazo, María Cristina

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