PÁGINAS

domingo, 27 de septiembre de 2026

EL DEPREDADOR DE LIBROS

 

          No sé de qué manera llegó hasta mí la historia de don José, un hombre maduro que se pasaba el día leyendo. Lo que empezó como un placer se había convertido en una verdadera obsesión. Sentado en el sillón de su cuarto de estar cabalgaba a galope tendido por las historias como uno de sus deportes favoritos. Se había olvidado de la televisión, de salir con sus amigos y hasta la comida se le quemaba a veces por el ansia de terminar el capítulo.

 

          Se bebía los libros como si fueran una cerveza fresca en pleno verano, y cuando se acababan oficiaba una especie de funeral en la terraza: encendía un cigarrillo y con la mirada perdida despedía con tristeza a los personajes con los que hubiera seguido bien a gusto otras trescientas o cuatrocientas páginas más. Después apagaba la colilla y regresaba ansioso al salón para coger entre sus manos el siguiente lomo.


          Un buen día, el velo entre lo real y lo imaginario se borró. Empezó a dudar si su nombre era José o Ricardo, como el protagonista de su novela actual. Tampoco sabía si tenía una amante, si era un rico magnate del petróleo o si vivía en Singapur o en un pequeño pueblecito de la sierra madrileña. Sin que se diera cuenta el libro se lo estaba comiendo a él poco a poco, y terminó viéndose en un bosque de rascacielos, aturdido por el ruido de los coches y las luces de neón.


          De repente sonaron unos disparos. Una bala le silbó en el oído. Al volverse vio horrorizado a un hombre que se acercaba a él apuntándole con un arma. Supo que le iba a matar y echó a correr como alma que lleva el diablo. Calle arriba, calle abajo sin saber dónde iba ni encontrar refugio. El miedo no le permitía parar, sudaba, los pulmones le estallaban, el corazón le golpeaba con fuerza, pero él no paraba. Mientras lo hacía sentía que saltaba  de página en página, cada una era un nuevo desafío. Unas ratas le salieron al paso, una excavadora casi le deja aplastado contra la acera, y después se cayó por un terraplén del que salió vivo de milagro.


          Cuando llegó a la última página, dio un salto desesperado con todas sus fuerzas y fue a caer de golpe en su sillón.


          Al fin respiró tranquilo, aunque el corazón le estuvo latiendo a mil por hora bastante tiempo después de haber regresado. Cuando recuperó el resuello y salió del aturdimiento, miró por la ventana a la calle. Le pareció que el cielo estaba más azul que nunca y los árboles se habían rodeado de una melena verde y frondosa, y además por el tendedero llegaba un aroma a guiso que despertaba a un muerto. ¿Cuánto tiempo había estado sin disfrutar de todas esas cosas?


          Cogió la chaqueta y salió al parque. Los pájaros cantaban en las ramas, los niños jugueteaban alocados entre los setos. Encontró el aire fresco y la puesta de sol soberbia. Don José comprendió que había pasado demasiado tiempo ausente, viviendo en un mundo de fantasía; ahora era tiempo de vivir su propia historia.


          Se ajustó la chaqueta, sonrió a un desconocido y, por primera vez en mucho tiempo, no sintió la necesidad de correr a la estantería.




domingo, 20 de septiembre de 2026

EL PATIO DE RECREO

 

          Recuerdo el patio de recreo como si lo viera ahora mismo. No era un recinto excesivamente grande, pero tenía unos árboles inmensos, que en primavera se llenaban de hojas grandes. Nos gustaba jugar a su alrededor al escondite o sentarnos a conversar bajo su sombra.

          Por aquellos años los juegos en grupo eran nuestros favoritos. Formábamos los grupos al azar, con las que tocaba, y lo pasábamos bien. Sin embrago, cada una tenía luego sus preferencias. Aquella o aquellas con las que mejor conectaba por tener un carácter o unos gustos que encajaban con los propios.

          El caso es que yo me hice muy amiga de una que se llamaba Carmen. Más o menos de mi misma estatura y complexión. Nos sentábamos juntas en el aula y nos hicimos inseparables, lo mismo dentro que fuera del colegio. Nos gustaba quedar para jugar a la rayuela en la plaza del barrio o a las tabas en la azotea de su casa, nosotras mismas preparábamos las canicas con piedras redondas y las pintábamos de colores vistosos. Otras veces nos dejábamos llevar por nuestra afición literaria cambiando tebeos, de hojas grandes y muchos dibujos, o cromos, además de  hacernos toda clase de confidencias en materia escolar y amorosa.

           Formábamos un equipo indestructible hasta que llegó Amparo. Comenzó a venir al colegio empezado el curso. Era de estatura media, fuerte, muy morena y de aspecto agradable, pero con un carácter muy dominante.

          Le gustaba liderar los juegos, decir qué se hacía, quién jugaba y el papel que le tocaba a cada una. En los trabajos en equipo no dejaba opinar a las demás y cuando la profesora lanzaba una pregunta a la clase, ella siempre levantaba la mano contestando sin dar opción a nadie más.

          Aquellas “lindezas” no pasaron desapercibidas para el resto de compañeras, que a los pocos días decidieron darle de lado.

          Ella, al verse aislada, buscó refugio en Carmen, a quien parecía no importarle demasiado su prepotencia. Intentó acapararla dejándome a mí en segundo plano. Cuchicheaban a mis espaldas, andaban siempre dos pasos por delante de mí, si Carmen se me acercaba se colocaba en medio para impedirlo y cuando yo iba a decir algo hablaba en voz más fuerte para tapar la mía.

           Aguanté un tiempo sin hacer ningún comentario. Procuré poner buena cara cuando estábamos las tres juntas y actuar como si todo fuera normal. Intenté convencerme a mí misma de que no era para tanto, que tenía que ser paciente. Pero no lo era, muchas veces tenía que apretar los puños y contener la rabia para no saltar, hasta que un día con el estómago comprimido y la mirada fija en el cajón de Amparo, decidí acabar con eso de una vez por todas.

           Cuando todo el mundo salió al patio de recreo a correr y gritar, me quedé en el aula con el pretexto de vaciar las papeleras. Una vez sola sentí el silencio del aula contrastando con los gritos lejanos de los juegos que venían del exterior. Con paso decidido fui a su cajón. El corazón me golpeaba con violencia el pecho pero no dudé en ningún momento de lo que iba a hacer. Saqué sus cosas. Entre ellas estaban unos mapas que debíamos entregar obligatoriamente a la vuelta para que nos pusieran nota. De ellos dependía el aprobado en la asignatura. Con el pulso firme destapé un bote de tinta y los llené de manchones y corazones ridículos. Los cogí después con las manos y los observé de lejos con un escalofrío de satisfacción. Luego lo dejé en su sitio y salí.

          Al volver del recreo, cada una dejó sus trabajos apilados en la mesa de la profesora. Me senté en mi sitio, con la espalda rígida y agazapada aguardando el momento. Cuando la maestra llegó a los mapas de Amparo el tiempo se detuvo. Palideció:

          ─¿Qué significa esto , Amparo?─ preguntó con el trabajo en alto cogido de una esquina con dos dedos como si fuera un trozo de basura.

          La clase quedó muda. Se podía escuchar el vuelo de una mosca. Amparo, acobardada y roja como un pimiento, no podía creer lo que estaba viendo. Le pilló tan de sorpresa que no encontró palabras. Intentó defenderse, pero la maestra no le dio tregua.

          ─¡Quedas suspendida!

          Ese fue el veredicto final.

          Amparo rompió a llorar, avergonzada y sin respuesta ante los murmullos y las risitas contenidas del resto de la clase. Por mi parte no me asaltó remordimiento alguno, sino que sentí una complacencia absoluta porque por esta vez la victoria había sido mía.

          Los días siguientes le bajaron los humos y anduvo un tiempo con la cabeza gacha, refugiada en Carmen. Luego volvió a las andadas y recuperó su arrogancia, pero por entonces a mí ya no me importaba. Había descubierto que era capaz de no dejarme ningunear por nadie, y bajo la sombra fresca del patio de recreo otras amigas nuevas me tendían la mano para jugar y divertirme.




domingo, 13 de septiembre de 2026

CUANDO MURIÓ LA ABUELA

 

          Cuando murió la abuela, mi madre lo sintió como un auténtico cataclismo en su vida. Desde la puerta de mi cuarto la veía quedarse parada mirando por la ventana de la cocina con los ojos perdidos, y después cruzar el salón arrastrando el paso como el que no quiere llegar a ninguna parte.

          Se había puesto la chaqueta de punto granate que siempre se colocaba la abuela cuando refrescaba, gastada y llena de bolitas. Decía que de esa manera podía sentir su abrazo, como si estuviera un poco más cerca de ella. Tenía obsesión por rodearse de todo lo que le había pertenecido alguna vez. Sacaba los pañuelitos, cuidadosamente guardados entre tabletas de jabón Heno de Pravia, con olor a lavanda y se lo anudaba al cuello por días. Besaba conmovida el cartón amarillo donde estaba reflejado su rostro sin movimiento y llenaba la mesa de cartas escritas a mano que no enviaba a ninguna parte. Iba con frecuencia al cementerio para pasar las horas muertas hablando a una lápida fría y llevarle flores hermosas que se marchitaban a los dos días.

          Necesitaba llenar ese inmenso vacío que había quedado tras la muerte. Se apoyaba en esos pequeños gestos físicos. Como un bastón le ayudaron a seguir caminando sin su madre. Sin ellos hubiera caído rota de dolor.

          Hoy se cumplen varias décadas sin la abuela. Ella no me ha dicho nada pero sé que lo ha recordado todo el día. La he visto salir al jardín y detenerse serena junto a las hortensias que cuidaba la abuela. Ha mirado al cielo esbozando una sonrisa.

          Ya no necesita visitar el cementerio cada tarde ni llevar flores el día de Todos los Santos ─ aunque lo siga haciendo por costumbre─ Ya no se pone su ropa ni escribe cartas para dejarlas olvidadas en un cajón. Ahora que ya ha transitado la mayor parte de su camino vital entiende que no será mucho lo que le quede por llegar a la meta, ha comprendido que no necesita nada de eso para sentir cerca a la abuela, porque lo más valioso es lo que se lleva dentro, donde nadie lo ve: en el corazón. Ahí es donde permanece impresa la huella que no se ha de borrar jamás.

          El cordón umbilical que las unió una vez no se ha roto nunca, simplemente se ha vuelto invisible. La luz de la abuela sigue iluminando sus pasos, como un guía sin descanso. Por eso cuando las cosas se ponen difíciles o hay algún motivo de alegría, la veo sonreír en silencio. Por eso, hoy también, a través del cristal, la he visto mirar al cielo mientras acariciaba una flor, porque sabe que la luz de aquella que la trajo al mundo, sigue iluminando su camino.




sábado, 12 de septiembre de 2026

¿FALLOS DE BLOGGER?

 Estimados amigos que pasáis por aquí:

Llevo tres días sin que se actualice la "Lista de Lecturas" y no recibo aviso de vuestras nuevas publicaciones. Imagino que debe ser algún fallo de Blogger porque me parece haber leído en algún blog que le había pasado lo mismo. ¿Os está ocurriendo también? Si es así os agradecería que me lo dijerais.

Espero que este incidente se solucione pronto y pueda volver a hacer mis visitas habituales, pues me da mucha rabia no poder seguiros con  normalidad. No obstante, me pasaré de vez en cuando por si habéis publicado algo nuevo.

Un saludo muy cariñoso a todos.

Pilar


domingo, 6 de septiembre de 2026

EL MARINERO LOCO

 Pasadas las vacaciones espero que todos hayáis podido descansar y renovar energías. Lo espero y deseo de corazón. Y para empezar esta nueva etapa os he traído este relato que he escrito con mucho esmero, recordando ese mar al que muchos habréis visitado y que ya ha quedado atrás, como nos ocurre a los que somos de tierra adentro.

          Tendría doce o trece años cuando ocurrió. Mi amigo Manu y yo éramos inseparables. Todas las mañanas recorríamos la playa en busca de cangrejos entre las rocas, o rebuscando entre la arena lo que dejaban tirado los bañistas, como si fuéramos piratas a la caza del tesoro.

          Aquel día iba a ser como cualquier otro. El sol pegando fuerte, el mar en calma, el olor a sal, la humedad del ambiente y las olas rompiendo en la orilla. De repente, Manu me llamó con urgencia.

          ─¡Tonín, ven aquí, corre!

          Estaba agachado entre unas piedras rodeadas de maleza, en mitad de la arena. Llegué a su lado sosteniendo el aliento.

          ─¿Qué pasa?

          ─¡Mira!

          En sus manos tenía un sobre amarillento y arrugado, pero sorprendentemente íntegro.

          ─Estaba aquí enterrado─ murmuró con los ojos abiertos como platos─ No hay dirección ni remite.

          ─¡Mira lo que hay dentro!─ le apresuré con un codazo.

          Con dedos torpes extrajo una simple cuartilla doblada y escrita a mano. El papel era tan viejo que casi se deshizo al tocarlo. Manu tragó saliva y empezó a leer.

         ”Amor mío:

 He preparado todo para que seamos libres. Buscaremos un lugar donde podamos amarnos sin impedimentos. Esta noche, cuando todos duerman, empezaremos una nueva vida.

Te espero a la entrada de la Cueva del Francés a medianoche.

Tuyo, hoy y siempre,

Salva”

          Nuestras miradas se cruzaron, llenas de desconcierto. Al final del texto había un aspa encerrada en un círculo justo al lado del nombre de él.

          ─¡Ostras!─ exclamé sorprendido─ Es una carta de amor, y preparaban una fuga ¿De quién puede ser?

          ─¡Qué guay, tío! Pero, fíjate, es de hace mucho tiempo. El papel es muy viejo.

          Se hizo el silencio, por unos segundos solo se escuchó el rumor de las olas al fondo. Nos habíamos quedado de piedra. Con los pelos de punta.

          ─ A ver─ dijo Manu, frotándose la barbilla─ Se llama Salva y tiene que ser alguien del pueblo porque conoce la Cueva del Francés.

          ─Salvador se llama el panadero─ dije haciendo memoria─ pero no creo que sea. Tiene mujer y tres hijos.

          ─También está el de la ferretería, aunque no creo que sea capaz de enamorar a nadie. Es un carcamal.

          Hicimos un repaso minucioso por todo el vecindario. De pronto, como un chispazo me vino a la cabeza el viejo encorvado que a veces veía en lo alto del acantilado.

          ─¡Ya lo tengo, tío!─ solté con una palmada─ Es el de la Casa Amarilla. El que vive cerca del Faro Viejo.

          Manu dio un paso atrás arrugando la nariz.

          ─¿Ese? Si está loco y es un borracho…de cada tres palabras que suelta, dos son una maldición. Mi padre dice que se gasta la pensión en la taberna y solo va buscando gresca.

          ─ Pues mi abuelo me contó que de jóvenes trabajaban en el mismo barco, y era un tipo normal hasta que un día cambió y nadie sabe porqué. Oye, Manu ¿Y si fue por esto? ¿Y si fue porque ella le plantó?

           ─ Aunque así fuera ¿qué podemos hacer nosotros? ¿No pretenderás ir a llevarle carta? Nos puede tirar las botellas a la cabeza nada más vernos.

          La verdad era que ese Salvador no gozaba de muy buena fama. Los chicos le teníamos miedo. Siempre con la mirada perdida y dando voces. Pero al mirar la hoja que Manu tenía entre las manos, con ese símbolo del final tan extraño, me picó la curiosidad más que el temor.

          ─ Esta tarde subimos─ dije con una determinación que me sorprendió a mí mismo─ le dejamos el sobre y nos vamos.

          Manu no pareció muy convencido. Me miró como si fuera yo el que estaba loco, pero en sus ojos vi que también él lo estaba deseando. Por eso, aunque a regañadientes, terminó aceptando.

          El Faro Viejo se encontraba a las afueras, en lo alto del acantilado, abandonado desde hacía años. Subimos por el sendero angosto y empinado, con el viento dándonos de cara y el sol que empezaba a teñir de oscuro el agua del mar. La Casa Amarilla estaba al lado, vieja, con la pintura desgastada y las tejas desportilladas.

           Salvador se encontraba sentado a la entrada, sobre un taburete de madera medio roto, con una botella entre los pies mirando las olas.

          ─¿Qué venís a hacer aquí?─ gruñó.

          Nos quedamos petrificados. El corazón me golpeaba con fuerza en las costillas, pero me armé de valor, di un paso adelante y le extendí el sobre.

          ─ Encontramos esto en la playa…─ conseguí articular.

          Temblando de pies a cabeza, alargué la mano.

           El viejo marino se quedó mudo, dispuesto a echarnos de allí con cajas destempladas, pero al ver la forma de la misiva, su rostro quedó demudado. Se levantó del taburete despacio. Me arrebató la carta con sus manos curtidas por el sol y el agua de mar. Le temblaban tanto que pensé que se le iba a caer al suelo. Desdobló la cuartilla con lentitud, con cuidado de no estropearla. El aire se hizo denso. El único sonido que se percibía era el de las olas chocando contra el acantilado.

          Comenzó a leer en silencio y a medida que lo hacía su frente se suavizó y sus ojos, habitualmente cargados de odio, se le llenaron de agua. Al llegar al final, pasó sus dedos por el símbolo, se llevó el papel a los labios y lo besó. Luego se lo apoyó en la frente y estuvo así unos minutos.

          ─ Ella…ella no me plantó─ murmuró con la voz quebrada. Parecía que no era él quien hablaba─ La detuvieron antes de llegar a la cueva…y se le cayó la nota en la arena.

          Nos miró, y por primera vez sus ojos no eran los de un borracho, sino los de un hombre roto de dolor.

          ─ Yo la esperé en la Cueva del Francés toda la noche─ continuó con la mirada perdida en el horizonte, como si se lo estuviera contando al mar─ Cuando llegó el alba y no apareció, creí que se había arrepentido. Me sentí un imbécil y arruiné mi vida. Pero ahora se que no. Ella fue a buscarme y no la dejaron. Yo era demasiado poco para la hija del patrón.

          Se limpió las lágrimas con el reverso de la mano, dobló la carta con un cuidado extremo y la guardó en el bolsillo de la camisa, junto al pecho. Luego se quedó quieto, respiró hondo como alguien que no ha podido hacerlo durante mucho tiempo y nos miró emocionado.

          ─Dejadme solo, chavales. Dejadme solo…necesito pensar.

          Nos dimos la vuelta y bajamos el camino en silencio, conmovidos y con el corazón en un puño. Esa noche apenas pude pegar ojo. Todo el tiempo me venía a la memoria la imagen de Salvador sosteniendo la carta con lágrimas en los ojos. A la mañana siguiente al encontrarme con Manu la duda de no saber lo que había pasado con el viejo nos tenía inquietos y nos acercamos hasta el Faro Viejo antes de ir a la playa.

          Pensábamos encontrarlo en el suelo, abatido de dolor o borracho como una cuba. Sin embargo no nos hizo falta llegar hasta la Casa Amarilla. Nos lo cruzamos por el camino y casi no le reconocimos. Ya no era el hombre encorvado, sucio y que olía a vino barato. En su lugar bajaba un marinero mayor, que se había afeitado la barba y se había aseado por primera vez en mucho tiempo. Llevaba una vieja chaqueta de paño azul marino, limpia y bien abotonada y en el bolsillo delantero asomaba el borde del sobre escrito hace cuarenta años.

          Al cruzarse con nosotros se detuvo. Nos miró. Se llevó la mano a la gorra en señal de saludo y continuó su camino con una sonrisa en los labios. En ese momento comprendí que Salvador, el loco, había muerto para dar paso a un marinero, que había recobrado su propia historia.





domingo, 2 de agosto de 2026

A LA CAZA DEL TESORO

 

Sobre un atardecer abrasado por el calor se recorta la figura de Luisito, sentado en el tejado de su casa. Al fondo, por encima de las tejas, se puede ver el mar en calma. El sol parece una naranja gigante a punto de ser engullida por el horizonte.

 

          En ese instante, un barco de pesca sale mar adentro y el capitán Rompetibias coge su espada, se coloca el sombrero con la calavera y salta con todas sus fuerzas sobre el Boquerón Gigante, el navío más poderoso de cuantos surcan los mares. Se planta en medio de la cubierta de proa y , al momento, un grupo de marineros de rostro hosco se presenta ante él.

          ─¡A sus órdenes, mi capitán!─ habla el Tuerto en representación de todos.

          ─¿Tenéis el mapa de la isla?─ pregunta Rompetibias torciendo la boca.

          ─Si, aquí está─ y ahora es el Enano el que se adelanta dos pasos y saca de su bolsillo mugriento un trozo de papel lleno de extraños símbolos.

 

           El capitán se lo arrebata de golpe.

 

          ─¡Vamos!─ ordena con voz que no admite réplica─ ¡A mi camarote!

           Los marineros se apiñan alrededor de la mesa donde el mapa ya está desplegado. El capitán Rompetibias da las instrucciones precisas, señala los puntos calve y da a cada uno los pasos a seguir para llegar al cofre del tesoro.

 

          ─¿Ha quedado claro?─pregunta al terminar.

          ─¡Si, capitán!─contestan todos a una.

          ─¡Pues cada uno a sus puestos! ¡Zarpamos mañana al amanecer hacia la Isla de las Siete Calaveras!

 

          Y antes de que los primeros rayos del sol pinten de amarillo el mar, el “Boquerón Gigante” navega con el viento a favor hacia su destino. Tras una travesía sin novedades, desembarcan en la Playa de las Tortugas. Un lugar paradisíaco, de arenas finas y palmeras cargadas de cocos. Sus aguas cristalinas invitan al baño el descanso, y eso es justamente lo que hace la tripulación. Se despojan de sus ropas, se quedan como Dios los trajo al mundo y…¡a disfrutar!

 

          Sin embrago, ignoran que tras esas bonitas palmeras un grupo de nativos caníbales los acecha, y cuando los piratas están descuidados se lanzan al ataque.

 

          ─¡Todos a sus puestos, rápido!─ se desgañita el capitán─ ¡Cojan sus espadas! ¡Que no quede ni uno!

 

           La lucha es larga y encarnizada. Espadas por aquí, flechas por allá; torbellinos de polvo y arena.  Aunque los indígenas los superan en número, los piratas logran remontar la desventaja inicial y en un periquete despachan a sus atacantes.

 

          ─¡Al barco todo el mundo!─ ordena ahora Rompetibias─ Este no es un lugar seguro. Bordearemos la isla hasta llegar al tesoro.

 

          Vuelven a zarpar, con un sol espléndido y la mar en calma. Algunas gaviotas los acompañan en busca de comida. El navío navega con normalidad hasta que el vigía, que está en la cofa mayor, da la alerma.

 

          ─¡Nubes negras a babor! ¡Se avecina tormenta!

 

          Se acabó la tranquilidad. Todos corren para estar preparados. A lo lejos, un rayo parte el cielo en dos y el trueno que sigue pone los pelos de punta al más feroz. Las olas empiezan a sacudir el barco para un lado y otro, como si fuera una cáscara de nuez. La lluvia es torrencial y el agua se cuela en la bodega y en el camarote del capitán. La noche se les echa encima y pierden el rumbo, guiados únicamente por el resplandor de los relámpagos. El capitán va de un lado a otro empapado, dando órdenes que nadie alcanza a escuchar por el rugido del mar. De repente, algo le golpea en la cabeza y cae al suelo, inconsciente.

 

           Mucho tiempo después, tendido sobre la arena de una playa siente como el Tuerto que le da ligeros cachetes en la mejilla.

 

          ─¡Capitán, eh, capitán! ¡Despierte!

          ─¡Qué…! ¿Qué ha pasado? ¿Dónde estamos?

          ─Sufrimos una tempestad─ explica el segundo de a bordo─ El barco está encallado en unas rocas, al sur de la isla. Ha sufrido algunos daños.

          ─¿Son serios?

          ─Nada que no se pueda arreglar, pero necesitaremos tiempo.

          ─Está bien─ concluye Rompetibias─ Nos quedaremos aquí. Muy cerca está Puerto Tiburón. Iremos a ver a mi viejo amigo Tom, el Caramono. Su taberna acoge a toda la piratería.

 

           Hacia la tasca se dirige todo el grupo, ansiosos de diversión después de tantos sustos. Al entrar los recibe una tufarada de alcohol y fritanga de pescado. Es un sitio oscuro, apenas si tiene un par de ventanucos y las paredes están decoradas con redes y motivos marineros. Los hombres de Rompetibias se desperdigan por los rincones y se ponen a jugar a las cartas con una buena botella de ron al lado. Ríen a carcajadas, soltando el amplio repertorio de maldiciones propias de la gente de mar.

 

           Mientras ellos se pierden en el juego, su capitán saluda al tabernero, Caramono, con quien compartió numerosas correrías y abordajes en el pasado.

 

          ─ ¿Qué te trae por aquí, viejo truhán?

          ─Mi barco ha encallado con la tormenta. Nos dirigimos al Monte de la Muerte.

 

          Caramono tuerce el gesto con sorpresa.

 

          ─ ¿No me dirás que vas en busca del tesoro que la banda de Juan, el Cojo, escondió por allí?

          ─¡Pues sí, eso mismo!

          ─¡Por todos los diablos! No deberías hacer eso. ¡Ese monte está rodeado por el Bosque de los Malditos!

          ─¡ Ja! ¡ A mí con esas! ─ exclama Rompetibias en tono desafiante.

          ─Nadie ha conseguido llegar hasta el cofre. Los fantasmas lo custodian, y algunas noches, desde aquí, se pueden escuchar sus terribles aullidos.

          ─¡ Nosotros no conocemos barreras!─ dice Rompetibias apurando el contenido de su vaso. Luego, girándose hacia su tripulación, brama─ ¡Ya ha sido suficiente por hoy! Partimos de inmediato.

 

           El grupo deja el juego y se pone en marcha. Ahora deben continuar a pie. Al adentrarse en el temido bosque, un silencio sepulcral los envuelve. Los árboles están pelados, y no hay rastro de vida. Los malos presagios y el miedo empiezan a hacer mella en los piratas, que caminan recelosos, mirando a todos lados con desconfianza. Más de uno habría dado la vuelta de no ser por la recompensa que los esperaba al final. Pasan la noche temblando de horror, entre apariciones y fuegos fatuos, hasta que finalmente logran atravesar aquella tierras yermas y reencontrar de nuevo la luz del sol.

 

          Victoriosos, coronan el Monte de la Muerte. Allí, bajo el tercer árbol a la derecha del camino, se encuentra el cofre repleto de oro y joyas. Saben que hay suficiente para vivir el resto de sus días como hombres inmensamente ricos. Se ponen a cavar con fuerza. Ya están muy cerca; las palas chocan contra el metal. Han llegado al tesoro y la boca se les hace agua, cuando…

 

          ─¡Luisitoooo!─se oye en la lejanía una voz muy conocida, que está lejos de ser la de un pirata─ ¡Vamos, baja del tejado que es la hora de cenar!

 

          Y el valiente Rompetibias, a quien no pudieron vencer ni los caníbales, ni las tormentas, ni los espíritus del Más Allá, se ve obligado a obedecer a esa voz que le llama. El sol se ha ocultado por completo y la primera estrella ha aparecido en el cielo. Luisito deja su espada, se quita el sombrero con la calavera y baja con cuidado, murmurando para sí:

 

          ─¡Mañana sigo!



NOTA DE LA AUTORA
Todos hemos sido niños y hemos fantaseado con aventuras. Quizá esta historia te ha traído algún recuerdo de infancia que desees compartir. A mí siempre me gustaron los piratas, por eso he escrito este cuentecillo. ¿Y a tí, a qué te gustaba jugar?
Aprovecho la ocasión para deciros que me voy unos días de vacaciones. El blog descansará este mes pero en septiembre me tendréis otra vez aquí, con nuevas historias y visitas a vuestros espacios.
¡FELICES VACACIONES!


domingo, 26 de julio de 2026

EL SEÑOR TOMÁS

 

          ¡Pobre Tomás! Ya no es el mismo desde que se quedó viudo. Profundas ojeras enmarcan su mirada apagada. Desde que se levanta hasta que se acuesta, un solo pensamiento ocupa su mente: la ausencia de su mujer, el único y gran amor de su vida.

          Por las mañanas intenta distraerse. Sale a por el pan, se da una vuelta por el barrio y recibe la visita de su hija, que le trae el almuerzo en una fiambrera. Pero las tardes son una auténtica tortura. Al colocar sobre la mesita aquel retrato de las últimas vacaciones, los recuerdos afloran hasta hacerlo sollozar. Ha tenido que cerrar el cuarto donde ella pasaba las horas cosiendo; todo permanece intacto, tal como ella lo dejó, no ha querido tocar nada,  pero es demasiado doloroso verlo.

          A la caída de la tarde, vuelve a salir. Baja al bar y toma un refresco mientras charla con algún vecino, pero la pena no se va. Y cuando vuelve a casa es aún peor, pues el sentimiento de soledad se agudiza: ya no hay nadie que le esté esperando.

          Sin embargo, hoy cuando ha vuelto de su paseo, no lo ha hecho solo. Un perrito negro, sucio y asustado caminaba a su lado. Tomás le ha llevado a la cocina y le ha puesto algo de comer en un recipiente de plástico. El animal ha comido con avidez y después le ha mirado agradecido. Luego se ha quedado dormido sobre la alfombra.

          Y esta noche, por primera vez en muchos meses, la casa no se ha sentido tan triste.  Tomás ha acariciado al nuevo inquilino y se ha ido a la cama con una sonrisa.  Su soledad, de pronto, se ha hecho un poco más pequeña.  

 

                      El viejo sillón de skay de la salita




domingo, 19 de julio de 2026

¿POR QUÉ EL SOL ES REDONDO?

 

          El otro día sorprendí al Sol mirándose en el espejo. Se observaba de frente, se daba la vuelta, se sentaba, se ponía de pie…Así estuvo un buen rato tan concentrado en su tarea que no me sintió llegar. Y yo, extrañada por esa actitud tan inusual en el Astro- Rey, le pregunté:

 

          ─¿Qué es lo que te ocurre?¿Por qué te miras y remiras tanto en el espejo?

 

          Él se sobresaltó al oír mi voz; no esperaba que hubiera nadie contemplándole. Se volvió rápido hacia mí y me dijo:

 

          ─No sé, parece que estoy engordando. ¡Mírame bien, Tierra, me estoy poniendo como una bola!

 

          ─Eso es porque te gusta mucho comer─ y añadí─ Pones tanta pasión en calentar que te comer todo lo que pillas. Lo mismo te dan los colores que el agua, o incluso, la madera. Te lo zampas todo y por eso estás tan redondo como un balón de fútbol.

 

          ─¡Ah, no me digas eso!─protestó, compungido y frunciendo el ceño a punto de llorar─ ¡Yo no quiero estar gordo!

 

          Se apartó, se sentó en la cama y se puso a sollozar desconsolado.

 

          ─¡Vamos, no te pongas así!─traté de animarle, pensando que había metido la pata.

 

          ─¡Me siento fatal!─se lamentó─ Nadie tiene esta figura. Fíjate en el planeta Venus, tan estilizado y tan guapo, o en la Luna: cuando está en cuarto creciente o menguante, parece una raja de sandía tan bonita y hermosa que todo el mundo la mira y le dedica poesías. A mí, en cambio, no pueden ni mirarme de frente porque les hago daño.

 

          ─Bueno, Sol, eso no es malo.

 

          ─¿Tú crees, Tierra?

 

          ─No solo lo creo, sino que lo afirmo. Verás─ le expliqué sentándome a su lado─ Si no fuera por ese brillo tan intenso que desprendes, yo, y algunos otros planetas también, estaríamos siempre a oscuras. Las plantas, por ejemplo, no podrían alimentarse y tampoco se formarían las nubes para regar los campos y dar de beber a los humanos. Todo lo que te parece tan bonito de la Tierra no tendría lugar, y yo sería un planeta gris y triste. Oscuro y muerto, como hay montones de ellos en el espacio. ¡Eso no lo puede hacer Venus, ni la Luna, ni el mismísimo Neptuno!

 

          ─Pero…entonces…los árboles, los campos, los animales…¿todo eso vive gracias a mí?

 

          ─¡Eso es! Sin ti la vida no sería posible, por eso necesitas estar lleno de energía vibrante.

 

          ─ No todos los astros pueden hacer lo que yo hago…─murmuró para sí reflexionando sobre nuestra conversación ─¡Es curioso, Tierra!─continuó en voz alta─ Si adelgazara ¿podría hacer todas esas cosas?

 

          ─Posiblemente no. Tienes que tener fuerza suficiente, aunque a veces esa fuerza se coma los colores o deteriore los objetos.

 

          ─¡Ya comprendo!─ y se levantó de la cama con un salto─ ¡Mi gordura tiene una razón de ser!

 

          ─¡En efecto! Y fíjate para todas las cosas buenas que sirve.

 

          ─¡Ya veo! ¿Pues sabes lo que te digo , Tierra? ¡Que ya no me importa estar como un tonel! Me veo hasta guapo. La Luna podrá presumir de su esbeltez y Venus de su belleza, que yo ahora puedo también sentirme orgulloso de tener el aspecto que tengo y de ser como soy.

 

          Y dicho esto, cogió el sombrero que tenía en la percha. Se lo colocó en la cabeza y salió sonriendo a dar su paseo diario por el cielo.




domingo, 12 de julio de 2026

EL LADRÓN CAZADO

 

          Había estado esperando ese momento desde la semana anterior, estudiando los lugares en los que se agolpaba la gente y los tipos de personas más descuidadas con sus efectos personales.

          Al entrar en el recinto, me entretuve fingiendo que miraba por aquí y por allá ; aunque, en realidad, lo que no perdía de vista eran las carteras y los bolsos. Actuaba con rapidez y limpieza. Mis dedos eran tan ágiles que los colegas del barrio me consideraban un maestro del oficio. Al rato de llegar, ya había birlado una cartera con ciento cincuenta euros, un móvil por el que me darían un pastizal y un par de tarjetas de crédito que pensaba utilizar al momento.

 

          Ya salía por la puerta cuando lo ví: un maletín muy guapo, de piel buena. Estaba en la parte trasera de uno de los puestos y no había nadie alrededor. Ignoraba su contenido, pero solo el exterior era suficientemente valioso. Tal vez estuviera lleno de joyas, dinero o alguna información importante por la que sacar pasta a lo bestia. El condenado parecía hacerme guiños, de modo que lo agarré con disimulo y caminé con naturalidad hasta la salida, con el corazón a mil, ansioso por ver qué contenía.

 Al fin me pude esconder en un callejón solitario y lo abrí. La sorpresa me           dejó paralizado: estaba vacío. Me dio tanta rabia que le propiné un puntapié, mandándolo al otro lado de la acera.

          ─¡Cuidado conmigo, que soy delicado!─ dijo una voz que salió de su interior.

          Pensé que habían sido imaginaciones mías.

          ─¡Sí, sí, a ti te digo! Soy el maletín que acabas de robar.

          La vista se me nubló de la impresión y el aire no me llegaba al pecho. Pensé en salir corriendo, pero al alejarme, el maldito se puso a gritar como un poseído.

          ─¡No me dejes aquí o gritaré todavía más fuerte!

          Ante sus amenazas, me detuve en seco y volví. Lo agarré fuerte con la idea de tirarlo en el primer contenedor de basura que encontrara, pero él, como si leyera mis pensamientos, empezó a gritar como un energúmeno:

          ─¡Socorro, socorro! ¡Este sinvergüenza me ha robado, es un ladrón!

          La gente se volvió a mirar y yo, con el miedo metido en el cuerpo no me atreví a hacer ninguna maniobra. Desesperado, pensé en quemarlo, pero al verme coger la cerilla, me advirtió con toda tranquilidad.

          ─¡Ni se te ocurra! Si lo intentas me pongo en contacto con la policía.

          Desistí al momento. Angustiado, me lo llevé a casa; allí, aislado del mundo, podría pensar mejor. Comprendí que debía ser alguna especie de robot interno o Inteligencia Artificial. El puñetero hablaba y hablaba sin parar. Me exigía tenerlo siempre a la vista, y pasé tres días encerrado sin salir por temor a que me descubrieran. Mi cabeza no tuvo un solo minuto de paz, hasta que la mañana del tercer día le dije:

          ─¡Hoy nos vamos a dar un paseo! ¡Ya estoy cansado de este encierro!

          ─¿Un paseo?─ Se sorprendió─ Está bien, pero si intentas algo, te crujo.

          Me mostré obediente y sumiso en todo lo que me pidió: que le pusiera al sol, luego a la sombra, que le diera crema para no resecarse…En ningún momento intenté hacer nada extraño, pero al pasar por el estanque, la idea me vino como un flash. No lo había pensado con anterioridad. Fue tan de repente que él no tuvo tiempo material para procesar mis movimientos ni mis emociones: de golpe lo arrojé al agua y con un palo lo hundí hasta el fondo, impidiendo que saliera a la superficie.

           El maletín no emitía ningún sonido bajo el agua. Parecía que el plan estaba dando resultado. Cuando dejé de hacer presión, se quedó flotando en la superficie, frío e inerte. El agua había sido mortal para él.

          Por primera vez en tres días respiré con normalidad y pude estar en silencio con mis pensamientos. A partir de entonces, cada vez que intento volver a las andadas, el miedo me paraliza. No he conseguido robar ni un triste monedero, y me estoy planteando un cambio de vida. Quizá, a fin de cuentas, el maletín no era tan malvado como yo pensaba.




domingo, 5 de julio de 2026

EL BOLÍGRAFO SENTIMENTAL

 

          El bolígrafo caminó veloz por el papel, sin detenerse, sin tomar aliento, como alma que lleva el diablo. Escribía una carta en la que un amigo pedía perdón a otro y se deslizaba por ella contento porque era todo un privilegio ser el instrumento elegido para poner paz entre los dos.

 

          Tenía que salir todo perfecto: las letras bien trazadas, la caligrafía legible y el vocabulario preciso. No admitiría ningún error y solo cuando llegara a la firma y el nombre del destinatario, podría relajarse y descansar.

 

          ¡Cómo disfrutaba con estas cartas y no con esas de denuncias, avisos o rupturas! Con ellas se ponía tan triste que su tinta se atascaba y no quedaba bien el trabajo.

 

          Sin embargo, la carta de hoy era deliciosa, lo mismo que si le hubieran dado a beber un buen vaso de tinta fresca. Su satisfacción solo se veía superada por las cartas de amor. Esas eran sus favoritas. Le gustaba tanto escribirlas que llegó a la convicción de que era él el que guiaba la mano del escritor y no al revés. Tanto se entusiasmaba que se adelantaba a sus pensamientos. Y es que no se podía esperar otra cosa de un bolígrafo tan romántico como él.






domingo, 28 de junio de 2026

EL AMOR ESTÁ EN TODAS PARTES

 

          Paca siempre había vivido en el prado de Sotoviejo. Nació allí y creció hasta convertirse en un hermoso ejemplar de burra, de color negro con una raya oscura que le recorría la espalda desde la crin hasta la cola. Trabajaba llevando suministros a los veraneantes de zonas de montaña donde los vehículos no podían acceder; y durante el invierno, cuando esos servicios ya no eran necesarios, cuidaba de las ovejas y cabras, resguardándolas de los posibles depredadores.

           Trabajar, comer, descansar, y de vez en cuando hacer algo de vida social con los otros burros de la dehesa era toda su vida. Hasta que una mañana de primeros de agosto, una carreta pintada de azul y amarillo acampó cerca de la aldea.

          Como en aquel lugar nunca pasaba nada, Paca se dio cuenta del cambio enseguida y se puso a observar con paciencia al lado del cercado. Vio como el cochero se bajaba del pescante y desenganchaba los burros del aparejo.

          Eran dos borriquillos de buen aspecto. Jóvenes, musculosos y de  pelo corto. Sin embargo, el que más le llamó la atención fue el de color gris. Se le veía el más atractivo, con el tronco robusto y las extremidades fuertes. Tan impresionada quedó que comenzó a emitir rebuznos de alegría para llamar su atención. El animal, al verla, también debió gustarle, porque se acercó hasta donde ella estaba con paso decidido.

          Cuando estuvieron uno frente al otro se miraron fijamente, con las pupilas dilatadas y un brillo especial. No necesitaron palabras para entenderse. Se acercaron despacio, midiendo sus pasos hasta que sus hocicos se tocaron.  Pasaron el día juntos, rozando las cabezas y dándose pequeños mordisquitos en el lomo.

          El burrito gris, de nombre Federico, le contó a Paca al oído el trasiego de su vida. Viajaba de pueblo en pueblo, arrastrando con lentitud el humilde carromato del señor Anselmo, en el que llevaba su pequeño guiñol. Visitaban las aldeas más recónditas donde jamás llegaban las compañías de teatro. En algunas ni siquiera tenían luz eléctrica, pero el titiritero, con sus marionetas de trapo, iluminaba hasta el último rincón. De manera que, durante unos días, los habitantes de las haciendas, que vivían desperdigados, se reunían para reír, llorar o emocionarse con las historias del señor Anselmo.

          Federico le habló también de montones de lugares diferentes, desde las áridas extensiones del sur hasta las verdes praderas del norte. Le explicó los muchos tipos de gente que había, de viviendas y de formas de vida.

          Paca , que no había salido nunca de allí, escuchaba sin pestañear todo cuanto él le decía. Fascinada, se dejaba llevar por su voz como si fuera un sueño, sintiendo el murmullo de sus palabras acariciarle la oreja.

          ─ Eres la burra más hermosa que jamás he visto. Serás la dueña de mi corazón mientras viva─ le decía.

          Y Paca no ponía resistencia a esa atracción irresistible que sentía, más poderosa que ella misma. El corazón le palpitaba a mil por hora y las mariposas del estómago no paraban de hacerle cosquillas cuando él estaba cerca. Federico ocupaba todo su pensamiento y se alimentaba de fantasías que la hacían flotar siempre como en una nube.

          Pero una mañana, cuando salió a su encuentro como había hecho otras veces, solo encontró las huellas frescas del carro que acababa de partir. Desesperada, corrió rebuznando hasta lo alto de una loma, y desde allí los vio alejarse con paso lento y casino, el mismo con el que habían llegado. Al sentirla, Federico también emitió un rebuzno pausado y triste que ella entendió a la perfección. Y Paca permaneció allí, en lo alto, hasta que la carreta desapareció por el camino. Después, volvió a su pradera desolada con el corazón roto. Poco después el invierno se echó encina y ella volvió a cuidar de las cabra y ovejas, pero ahora sin perder de vista el horizonte, buscando sin descanso el perfil de una carreta de color azul y amarillo.

          Doce meses después, la tristeza de apaciguó cuando dio a luz a un precioso burrito de color gris. Al verlo comprendió que el viaje de Federico no había sido en vano. Lo amamantó y cuidó con devoción maternal y cuando se hizo mayor y empezó a mirar con curiosidad los caminos, Paca le contó todos los bellos recuerdos que había guardado en su memoria para él.



Hace días vi un documental sobre los burritos, una especie que está en peligro de extinción. En él se decía que son animales muy trabajadores, dóciles, inteligentes y cariñosos. Les gusta mucho relacionarse con los humanos, y entonces se me ocurrió hacer este pequeño homenaje


 

domingo, 21 de junio de 2026

EL MOSCA

                                                 

“El Mosca” era el maestro de escuela de mi pueblo. Lo llamábamos así porque era bajito y siempre iba con traje negro. Lucía también un bigote que parecía un reguero de hormigas y un sombrero a juego.

Llegó un jueves por la mañana, a principios de septiembre, con los zapatos sucios y una maleta llena de libros viejos. Abrió la ventana de la clase de par en par y dijo:

─ Ya es hora de que aquí entre el aire fresco.

A continuación, colocó los libros en la estantería desnuda, cambió la distribución de los bancos y empapeló las paredes con carteles que él mismo había fabricado. En apenas cuatro días, la escuela se había llenado de luz y olor a pintura fresca.

Durante todo el proceso, la chiquillería observábamos los cambios con curiosidad. Espiábamos sus movimientos detrás de los árboles con la inquietud propia del que espera algo sin saber exactamente qué . El primer día de clase no nos mandó hacer fila. Se colocó delante de nosotros y exclamó con voz firme:

 ─No tengáis miedo. Aquí se viene a aprender y a disfrutar. Nadie que entre en esta escuela estará descontento. Se acabaron los castigos de ponerse de rodillas y las orejas de burro.

Aquello corrió como la pólvora por todas partes. En la taberna, los hombres, y en el colmado, las mujeres, no dejaban de comentar sobre aquellos aires de modernidad nunca vistos por allí. Y pronto la preocupación llegó a algunos padres.

 ─ ¡A ver si con tanta novedad no van a aprender los muchachos! ─ exclamaba uno.

─Pues yo, con que aprenda a leer y escribir y las cuatro reglas me doy por satisfecho─ decía otro .

─Para trabajar en el campo... ¿Qué más quieres? ─sentenciaba un tercero.

No seríamos más de quince alumnos cuando asistíamos todos, porque la mayor parte de los días se quedaban en diez , y a veces incluso menos, sobre todo en época de vendimia o de recogida de la aceituna. Mi pueblo era pobre y el campo nuestro único sustento.

Sin embargo, quienes acudíamos regularmente a la escuela empezamos a hacerlo con ilusión y no con temor. Pronto nos dejó claro que estaba permitido equivocarse, aprender despacio, pedir ayuda y hasta tener un mal día. La vara de olivo de los castigos acabó directamente en la estufa de leña.

 Nos agrupó por niveles, los que no sabían leer en un sitio, los que ya sabían en otro. Los mayores ayudaban a los pequeños y estos aprendían cosas de quienes estaban más adelantados. Despertó en todos  el gusanillo por querer conocer cosas nuevas y lo hizo de forma natural, como si estuviéramos jugando.

Allí fue donde di mis primeros pasos de baile junto a Magdalena, aquella niña rubia de largas trenzas que me tenía hipnotizado. También hicimos teatro con cuatro cartones y sábanas viejas. Los viernes por la tarde nos leía poesías y jugábamos a ser escritores nosotros también.

─Nadie nace enseñado ─nos repetía─ Los grandes hombres que cambiaron el mundo, también fueron niños una vez y tuvieron que aprenderlo todo. Vosotros podéis hacerlo también.

Así pasaron las semanas y los meses sin que nos diéramos cuenta, como si viviéramos en un sueño.

Mientras tanto, en la taberna y el colmado siguieron hablando del maestro:

─¡Vaya con don Antonino, parecía que no iba a enseñar nada y resulta que mi chico ya se defiende con las cuentas y la lectura.

─Si, enseña bien a pesar de sus rarezas.

─¡ Y además los muchachos van contentos!

─¡ Ya lo creo! El mío ya no quiere ir al campo; solo piensa en la escuela.

Cuando llegó el final de curso, recibimos con pesar la noticia de su partida. Nadie quería que marchara. Las familias agradecidas le llevaron lo que pudieron: huevos, chorizo de matanza, queso de oveja o rosquillas caseras. Todo el mundo quiso aportar algo y hasta el mismo Ayuntamiento le organizó una pequeña despedida en la plaza.

 Los vecinos prepararon una tarima y el alcalde le entregó una pluma estilográfica después de dedicarle unas palabras de reconocimiento.

─Es necesario que me marche─ dijo él después, con la voz entrecortada por la emoción─ para llevar la luz a otros lugares que también lo necesitan.

 Esas fueron sus últimas palabras.

A la mañana siguiente lo vimos partir con su traje negro, sus zapatos sucios y su maleta de libros viejos.

El pueblo quedó más vacío y más triste. Sin embargo, todo lo que aprendimos junto a él y la huella que dejó permanecen imborrables.




➽ Paso 4: Guarda los cambios y listo,