El bolígrafo
caminó veloz por el papel, sin detenerse, sin tomar aliento, como alma que
lleva el diablo. Escribía una carta en la que un amigo pedía perdón a otro y se
deslizaba por ella contento porque era todo un privilegio ser el instrumento
elegido para poner paz entre los dos.
Tenía que
salir todo perfecto: las letras bien trazadas, la caligrafía legible y el
vocabulario preciso. No admitiría ningún error y solo cuando llegara a la firma
y el nombre del destinatario, podría relajarse y descansar.
¡Cómo
disfrutaba con estas cartas y no con esas de denuncias, avisos o rupturas! Con
ellas se ponía tan triste que su tinta se atascaba y no quedaba bien el
trabajo.
Sin embargo,
la carta de hoy era deliciosa, lo mismo que si le hubieran dado a beber un buen
vaso de tinta fresca. Su satisfacción solo se veía superada por las cartas de
amor. Esas eran sus favoritas. Le gustaba tanto escribirlas que llegó a la
convicción de que era él el que guiaba la mano del escritor y no al revés.
Tanto se entusiasmaba que se adelantaba a sus pensamientos. Y es que no se
podía esperar otra cosa de un bolígrafo tan romántico como él.
