EL
SILENCIO ENTRE PAREDES
Hacía tiempo que no veía aquella procesión. Siempre coincidían
las fechas con algún viaje que me lo impedía, pero aquel año pude sortear los
compromisos para participar, una vez más, en esa fiesta tan entrañable que me llevaba
a los años felices de la infancia.
Me puse uno de mis mejores vestidos y salí decidida a
disfrutar. Las calles estaban más adornadas que nunca con flores naturales y
mantones bordados en cada balcón. Habían regado con tomillo el suelo y el olor
a campo y naturaleza deleitaba los sentidos. Los toldos impedían que el sol
cayera directo sobre el gentío que se agolpaba en los márgenes del recorrido
para coger una buena posición desde donde ver pasar el cortejo.
Después de mucho buscar encontré un hueco minúsculo junto a la
iglesia de El Salvador, detrás de dos ancianas que llevarían allí desde bien
temprano para coger la primera fila.
─¿Qué hora tienes, Sagrario?─oí que preguntaba la que parecía
más joven. La otra, delgada y más bajita, se miró el reloj y dijo:
─Van a ser las doce.
─¡Ah, si! Ya suenan las salvas. La custodia acaba de entrar en
Zocodover
─Todavía queda un rato hasta que pase por aquí. Menos mal que el día no ha salido caluroso y los toldos nos protegen del sol.
─¡Menos mal!─corroboró la tal Sagrario─ Recuerdo que hace años,
cuando venía con mi Eduardo, que en Gloria esté, nos colocábamos siempre en la
Calle de Alfileritos para evitar el sol.
─Yo prefiero no acordarme de aquellos tiempos. Ahora vivo
mucho mejor desde que murió mi marido.
La amiga no pudo evitar un gesto de sorpresa.
─¿Pero cómo desde que murió tu esposo? Si ibais juntos a todas
partes y no se separaba de ti ni un momento. ¡Siempre tan atento!
─Si, eso era de puertas para afuera, pero para adentro era
otra cosa.
─¡Qué me estás diciendo , Pura!─ Sagrario no daba crédito.
─¡Si, como te lo digo! Me dio muy mala vida. Nunca fui feliz
con él. Al principio solo fueron insultos: guarra, zorra…y solo porque había
llegado a casa un poco más tarde o porque no estaban planchados sus pantalones.
Luego pasó a las manos y me pegaba por cualquier cosa: un cenicero manchado, la
comida que no estaba a tiempo…A veces ni tan siquiera necesitaba una excusa;
era suficiente que llegase a casa con dos copas de más para liarse a golpes
conmigo sin motivo alguno.
─Pero Pura, hija mía, todos los que estábamos alrededor nunca
lo hubiéramos pensado─ a Sagrario aún le costaba trabajo procesar lo que
acababa de escuchar─ ¿Por qué no lo denunciaste?
─Tenía miedo, Sagrario. Me amenazó con quitarme a mis hijos. En
aquellos años esas cosas se veían con naturalidad y el hombre siempre tenía la
razón. Yo era una pobre mujer, joven, inexperta y sin trabajo, que dependía de
él para todo. No me quedó otro remedio que aguantar.
─Me dejas de piedra. ¡No sé ni qué decir!─ se lamentó la
amiga mirando a Pura con una mezcla de
tristeza y estupor.
─Y no creas que el mío era un caso aislado─ continuó Pura,
dispuesta a no quedarse nada dentro ya que había empezado la confesión─ En
muchos hogares pasaba lo mismo, como en casa de Rosita, la verdulera, o Carmen,
la que trabajaba en Correos, y nadie movió un dedo, sobre todo las autoridades
que hacían la vista gorda. Si te quejabas, te decían que algo habrías hecho
para merecer el cachete.
─Bueno, menos mal que aquello ya pasó─ dijo Sagrario
temblorosa y queriendo relajar la tensión y animar a su amiga.
─¡Si, menos mal!─añadió Pura─ El día que murió Alfonso fue el
primero de una nueva vida para mí. Pude estar tranquila y respirar en paz. La
viudez fue una liberación y doy gracias porque se produjera tan pronto.
─Ahora las cosas han cambiado mucho. Eso se puede denunciar y
la ley está de nuestra parte.
─¡Si, y no sabes lo que me alegro! Aunque todavía queda un
largo camino por recorrer─ y luego, cambiando de tema, añadió─ ¡Pero, mira, ya
asoma la procesión por la cuesta!
Las dos amigas se santiguaron y dieron por terminada la
conversación, mientras que yo, detrás de ellas, como testigo mudo de aquella
revelación me quedé con el corazón encogido. Miraba a la pobre Pura, tan
viejecita, tan menuda y endeble que sentí un hondo pesar por ella. Delante de
mí desfilaron los caballeros de capa aterciopelada y las mujeres con mantilla y
rosario en mano, rompieron a tocar las bandas de música y la multitud vitoreó a
la custodia, pero yo solo podía mirar las manos frágiles de Pura. Me fui a casa
con el corazón angustiado, sabiendo que detrás del olor a tomillo y los mantones
de fiesta había muchas víctimas que solo pudieron callar y a las que la
historia había olvidado.
Esta historia está basada en hechos reales y pretende dar voz a todas aquella mujeres a las que se les impidió hablar en su momento.
