Sobre un atardecer abrasado por el calor se recorta la figura
de Luisito, sentado en el tejado de su casa. Al fondo, por encima de las tejas,
se puede ver el mar en calma. El sol parece una naranja gigante a punto de ser
engullida por el horizonte.
En ese
instante, un barco de pesca sale mar adentro y el capitán Rompetibias coge su
espada, se coloca el sombrero con la calavera y salta con todas sus fuerzas
sobre el Boquerón Gigante, el navío más poderoso de cuantos surcan los mares. Se
planta en medio de la cubierta de proa y , al momento, un grupo de marineros de
rostro hosco se presenta ante él.
─¡A sus
órdenes, mi capitán!─ habla el Tuerto en representación de todos.
─¿Tenéis el
mapa de la isla?─ pregunta Rompetibias torciendo la boca.
─Si, aquí
está─ y ahora es el Enano el que se adelanta dos pasos y saca de su bolsillo
mugriento un trozo de papel lleno de extraños símbolos.
El capitán se
lo arrebata de golpe.
─¡Vamos!─
ordena con voz que no admite réplica─ ¡A mi camarote!
Los marineros
se apiñan alrededor de la mesa donde el mapa ya está desplegado. El capitán
Rompetibias da las instrucciones precisas, señala los puntos calve y da a cada
uno los pasos a seguir para llegar al cofre del tesoro.
─¿Ha quedado
claro?─pregunta al terminar.
─¡Si,
capitán!─contestan todos a una.
─¡Pues cada
uno a sus puestos! ¡Zarpamos mañana al amanecer hacia la Isla de las Siete
Calaveras!
Y antes de que
los primeros rayos del sol pinten de amarillo el mar, el “Boquerón Gigante”
navega con el viento a favor hacia su destino. Tras una travesía sin novedades,
desembarcan en la Playa de las Tortugas. Un lugar paradisíaco, de arenas finas
y palmeras cargadas de cocos. Sus aguas cristalinas invitan al baño el
descanso, y eso es justamente lo que hace la tripulación. Se despojan de sus
ropas, se quedan como Dios los trajo al mundo y…¡a disfrutar!
Sin embrago, ignoran que tras esas bonitas
palmeras un grupo de nativos caníbales los acecha, y cuando los piratas están
descuidados se lanzan al ataque.
─¡Todos a sus
puestos, rápido!─ se desgañita el capitán─ ¡Cojan sus espadas! ¡Que no quede ni
uno!
La lucha es larga y encarnizada. Espadas por
aquí, flechas por allá; torbellinos de polvo y arena. Aunque los indígenas los superan en número,
los piratas logran remontar la desventaja inicial y en un periquete despachan a
sus atacantes.
─¡Al barco
todo el mundo!─ ordena ahora Rompetibias─ Este no es un lugar seguro.
Bordearemos la isla hasta llegar al tesoro.
Vuelven a
zarpar, con un sol espléndido y la mar en calma. Algunas gaviotas los acompañan
en busca de comida. El navío navega con normalidad hasta que el vigía, que está
en la cofa mayor, da la alerma.
─¡Nubes negras
a babor! ¡Se avecina tormenta!
Se acabó la
tranquilidad. Todos corren para estar preparados. A lo lejos, un rayo parte el
cielo en dos y el trueno que sigue pone los pelos de punta al más feroz. Las
olas empiezan a sacudir el barco para un lado y otro, como si fuera una cáscara
de nuez. La lluvia es torrencial y el agua se cuela en la bodega y en el camarote
del capitán. La noche se les echa encima y pierden el rumbo, guiados únicamente
por el resplandor de los relámpagos. El capitán va de un lado a otro empapado,
dando órdenes que nadie alcanza a escuchar por el rugido del mar. De repente,
algo le golpea en la cabeza y cae al suelo, inconsciente.
Mucho tiempo después, tendido sobre
la arena de una playa siente como el Tuerto que le da ligeros cachetes en la
mejilla.
─¡Capitán, eh,
capitán! ¡Despierte!
─¡Qué…! ¿Qué
ha pasado? ¿Dónde estamos?
─Sufrimos una
tempestad─ explica el segundo de a bordo─ El barco está encallado en unas
rocas, al sur de la isla. Ha sufrido algunos daños.
─¿Son serios?
─Nada que no
se pueda arreglar, pero necesitaremos tiempo.
─Está bien─
concluye Rompetibias─ Nos quedaremos aquí. Muy cerca está Puerto Tiburón.
Iremos a ver a mi viejo amigo Tom, el Caramono. Su taberna acoge a toda la
piratería.
Hacia la tasca se dirige todo el grupo,
ansiosos de diversión después de tantos sustos. Al entrar los recibe una
tufarada de alcohol y fritanga de pescado. Es un sitio oscuro, apenas si tiene
un par de ventanucos y las paredes están decoradas con redes y motivos
marineros. Los hombres de Rompetibias se desperdigan por los rincones y se
ponen a jugar a las cartas con una buena botella de ron al lado. Ríen a
carcajadas, soltando el amplio repertorio de maldiciones propias de la gente de
mar.
Mientras ellos se pierden en el juego, su
capitán saluda al tabernero, Caramono, con quien compartió numerosas correrías
y abordajes en el pasado.
─ ¿Qué te trae
por aquí, viejo truhán?
─Mi barco ha
encallado con la tormenta. Nos dirigimos al Monte de la Muerte.
Caramono
tuerce el gesto con sorpresa.
─ ¿No me dirás
que vas en busca del tesoro que la banda de Juan, el Cojo, escondió por allí?
─¡Pues sí, eso
mismo!
─¡Por todos
los diablos! No deberías hacer eso. ¡Ese monte está rodeado por el Bosque de los
Malditos!
─¡ Ja! ¡ A mí
con esas! ─ exclama Rompetibias en tono desafiante.
─Nadie ha
conseguido llegar hasta el cofre. Los fantasmas lo custodian, y algunas noches,
desde aquí, se pueden escuchar sus terribles aullidos.
─¡ Nosotros no
conocemos barreras!─ dice Rompetibias apurando el contenido de su vaso. Luego,
girándose hacia su tripulación, brama─ ¡Ya ha sido suficiente por hoy! Partimos
de inmediato.
El grupo deja el juego y se pone en marcha.
Ahora deben continuar a pie. Al adentrarse en el temido bosque, un silencio
sepulcral los envuelve. Los árboles están pelados, y no hay rastro de vida. Los
malos presagios y el miedo empiezan a hacer mella en los piratas, que caminan recelosos,
mirando a todos lados con desconfianza. Más de uno habría dado la vuelta de no
ser por la recompensa que los esperaba al final. Pasan la noche temblando de
horror, entre apariciones y fuegos fatuos, hasta que finalmente logran
atravesar aquella tierras yermas y reencontrar de nuevo la luz del sol.
Victoriosos,
coronan el Monte de la Muerte. Allí, bajo el tercer árbol a la derecha del
camino, se encuentra el cofre repleto de oro y joyas. Saben que hay suficiente
para vivir el resto de sus días como hombres inmensamente ricos. Se ponen a
cavar con fuerza. Ya están muy cerca; las palas chocan contra el metal. Han
llegado al tesoro y la boca se les hace agua, cuando…
─¡Luisitoooo!─se
oye en la lejanía una voz muy conocida, que está lejos de ser la de un pirata─
¡Vamos, baja del tejado que es la hora de cenar!
Y el valiente
Rompetibias, a quien no pudieron vencer ni los caníbales, ni las tormentas, ni
los espíritus del Más Allá, se ve obligado a obedecer a esa voz que le llama.
El sol se ha ocultado por completo y la primera estrella ha aparecido en el
cielo. Luisito deja su espada, se quita el sombrero con la calavera y baja con
cuidado, murmurando para sí:
─¡Mañana sigo!

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