PÁGINAS

domingo, 6 de septiembre de 2026

EL MARINERO LOCO

 Pasadas las vacaciones espero que todos hayáis podido descansar y renovar energías. Lo espero y deseo de corazón. Y para empezar esta nueva etapa os he traído este relato que he escrito con mucho esmero, recordando ese mar al que muchos habréis visitado y que ya ha quedado atrás, como nos ocurre a los que somos de tierra adentro.

          Tendría doce o trece años cuando ocurrió. Mi amigo Manu y yo éramos inseparables. Todas las mañanas recorríamos la playa en busca de cangrejos entre las rocas, o rebuscando entre la arena lo que dejaban tirado los bañistas, como si fuéramos piratas a la caza del tesoro.

          Aquel día iba a ser como cualquier otro. El sol pegando fuerte, el mar en calma, el olor a sal, la humedad del ambiente y las olas rompiendo en la orilla. De repente, Manu me llamó con urgencia.

          ─¡Tonín, ven aquí, corre!

          Estaba agachado entre unas piedras rodeadas de maleza, en mitad de la arena. Llegué a su lado sosteniendo el aliento.

          ─¿Qué pasa?

          ─¡Mira!

          En sus manos tenía un sobre amarillento y arrugado, pero sorprendentemente íntegro.

          ─Estaba aquí enterrado─ murmuró con los ojos abiertos como platos─ No hay dirección ni remite.

          ─¡Mira lo que hay dentro!─ le apresuré con un codazo.

          Con dedos torpes extrajo una simple cuartilla doblada y escrita a mano. El papel era tan viejo que casi se deshizo al tocarlo. Manu tragó saliva y empezó a leer.

         ”Amor mío:

 He preparado todo para que seamos libres. Buscaremos un lugar donde podamos amarnos sin impedimentos. Esta noche, cuando todos duerman, empezaremos una nueva vida.

Te espero a la entrada de la Cueva del Francés a medianoche.

Tuyo, hoy y siempre,

Salva”

          Nuestras miradas se cruzaron, llenas de desconcierto. Al final del texto había un aspa encerrada en un círculo justo al lado del nombre de él.

          ─¡Ostras!─ exclamé sorprendido─ Es una carta de amor, y preparaban una fuga ¿De quién puede ser?

          ─¡Qué guay, tío! Pero, fíjate, es de hace mucho tiempo. El papel es muy viejo.

          Se hizo el silencio, por unos segundos solo se escuchó el rumor de las olas al fondo. Nos habíamos quedado de piedra. Con los pelos de punta.

          ─ A ver─ dijo Manu, frotándose la barbilla─ Se llama Salva y tiene que ser alguien del pueblo porque conoce la Cueva del Francés.

          ─Salvador se llama el panadero─ dije haciendo memoria─ pero no creo que sea. Tiene mujer y tres hijos.

          ─También está el de la ferretería, aunque no creo que sea capaz de enamorar a nadie. Es un carcamal.

          Hicimos un repaso minucioso por todo el vecindario. De pronto, como un chispazo me vino a la cabeza el viejo encorvado que a veces veía en lo alto del acantilado.

          ─¡Ya lo tengo, tío!─ solté con una palmada─ Es el de la Casa Amarilla. El que vive cerca del Faro Viejo.

          Manu dio un paso atrás arrugando la nariz.

          ─¿Ese? Si está loco y es un borracho…de cada tres palabras que suelta, dos son una maldición. Mi padre dice que se gasta la pensión en la taberna y solo va buscando gresca.

          ─ Pues mi abuelo me contó que de jóvenes trabajaban en el mismo barco, y era un tipo normal hasta que un día cambió y nadie sabe porqué. Oye, Manu ¿Y si fue por esto? ¿Y si fue porque ella le plantó?

           ─ Aunque así fuera ¿qué podemos hacer nosotros? ¿No pretenderás ir a llevarle carta? Nos puede tirar las botellas a la cabeza nada más vernos.

          La verdad era que ese Salvador no gozaba de muy buena fama. Los chicos le teníamos miedo. Siempre con la mirada perdida y dando voces. Pero al mirar la hoja que Manu tenía entre las manos, con ese símbolo del final tan extraño, me picó la curiosidad más que el temor.

          ─ Esta tarde subimos─ dije con una determinación que me sorprendió a mí mismo─ le dejamos el sobre y nos vamos.

          Manu no pareció muy convencido. Me miró como si fuera yo el que estaba loco, pero en sus ojos vi que también él lo estaba deseando. Por eso, aunque a regañadientes, terminó aceptando.

          El Faro Viejo se encontraba a las afueras, en lo alto del acantilado, abandonado desde hacía años. Subimos por el sendero angosto y empinado, con el viento dándonos de cara y el sol que empezaba a teñir de oscuro el agua del mar. La Casa Amarilla estaba al lado, vieja, con la pintura desgastada y las tejas desportilladas.

           Salvador se encontraba sentado a la entrada, sobre un taburete de madera medio roto, con una botella entre los pies mirando las olas.

          ─¿Qué venís a hacer aquí?─ gruñó.

          Nos quedamos petrificados. El corazón me golpeaba con fuerza en las costillas, pero me armé de valor, di un paso adelante y le extendí el sobre.

          ─ Encontramos esto en la playa…─ conseguí articular.

          Temblando de pies a cabeza, alargué la mano.

           El viejo marino se quedó mudo, dispuesto a echarnos de allí con cajas destempladas, pero al ver la forma de la misiva, su rostro quedó demudado. Se levantó del taburete despacio. Me arrebató la carta con sus manos curtidas por el sol y el agua de mar. Le temblaban tanto que pensé que se le iba a caer al suelo. Desdobló la cuartilla con lentitud, con cuidado de no estropearla. El aire se hizo denso. El único sonido que se percibía era el de las olas chocando contra el acantilado.

          Comenzó a leer en silencio y a medida que lo hacía su frente se suavizó y sus ojos, habitualmente cargados de odio, se le llenaron de agua. Al llegar al final, pasó sus dedos por el símbolo, se llevó el papel a los labios y lo besó. Luego se lo apoyó en la frente y estuvo así unos minutos.

          ─ Ella…ella no me plantó─ murmuró con la voz quebrada. Parecía que no era él quien hablaba─ La detuvieron antes de llegar a la cueva…y se le cayó la nota en la arena.

          Nos miró, y por primera vez sus ojos no eran los de un borracho, sino los de un hombre roto de dolor.

          ─ Yo la esperé en la Cueva del Francés toda la noche─ continuó con la mirada perdida en el horizonte, como si se lo estuviera contando al mar─ Cuando llegó el alba y no apareció, creí que se había arrepentido. Me sentí un imbécil y arruiné mi vida. Pero ahora se que no. Ella fue a buscarme y no la dejaron. Yo era demasiado poco para la hija del patrón.

          Se limpió las lágrimas con el reverso de la mano, dobló la carta con un cuidado extremo y la guardó en el bolsillo de la camisa, junto al pecho. Luego se quedó quieto, respiró hondo como alguien que no ha podido hacerlo durante mucho tiempo y nos miró emocionado.

          ─Dejadme solo, chavales. Dejadme solo…necesito pensar.

          Nos dimos la vuelta y bajamos el camino en silencio, conmovidos y con el corazón en un puño. Esa noche apenas pude pegar ojo. Todo el tiempo me venía a la memoria la imagen de Salvador sosteniendo la carta con lágrimas en los ojos. A la mañana siguiente al encontrarme con Manu la duda de no saber lo que había pasado con el viejo nos tenía inquietos y nos acercamos hasta el Faro Viejo antes de ir a la playa.

          Pensábamos encontrarlo en el suelo, abatido de dolor o borracho como una cuba. Sin embargo no nos hizo falta llegar hasta la Casa Amarilla. Nos lo cruzamos por el camino y casi no le reconocimos. Ya no era el hombre encorvado, sucio y que olía a vino barato. En su lugar bajaba un marinero mayor, que se había afeitado la barba y se había aseado por primera vez en mucho tiempo. Llevaba una vieja chaqueta de paño azul marino, limpia y bien abotonada y en el bolsillo delantero asomaba el borde del sobre escrito hace cuarenta años.

          Al cruzarse con nosotros se detuvo. Nos miró. Se llevó la mano a la gorra en señal de saludo y continuó su camino con una sonrisa en los labios. En ese momento comprendí que Salvador, el loco, había muerto para dar paso a un marinero, que había recobrado su propia historia.





11 comentarios:

  1. Qué historia más bonita, Brurata. Siempre nos deleitas con narraciones que nos enganchan desde un buen inicio, y creo hablar por boca de todos tus lectores y lectoras. Mal de amor, eso de lo que puede acabar con la vida normal de una persona. Me habría gustado saber quién era la amada con la que quiso huir y que esos niños consiguieran dar con ella para ver cómo le había tratado la vida sin ese amor de cuarenta años atrás. Pero mejor así, dejarlo en suspenso, pues lo importante es que el viejo parece haber rejuvenecido. ¿Acaso porque averiguó lo que había sido de ella? Ya ves que me hago mía esta historia de amor, ja, ja, ja.
    Un abrazo.

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    1. Muchas gracias, Josep, por dedicar tiempo para leer mis textos y por tus amables comentarios. Cierto que las preguntas que te ha generado darían para otro relato o para otros cuantos. En cualquier caso celebro mucho que te haya gustado, y ya estamos otra vez a tope para seguir la nueva temporada.
      Un abrazo

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  2. Una historia preciosa, Brurata, ese hombre pudo tener una explicación para tanto dolor vivido y su vida se iluminó, un abrazo!

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    1. Lo bueno es que al final pudo saber qué fue lo que pasó y tener la certeza de que ella siempre le amó.
      Muchas gracias por tu lectura.
      Un abrazo María Cristina

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  3. Muy emotiva, P. Me ha encantado. Así sucede más veces de las que nos imaginamos. La vida de una persona cambia por pequeñas cosas de forma radical. Nos damos cuenta tarde, es una pena que no tengamos todas las partes del espejo a la vista. Un abrazo, amiga.

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    1. Es cierto lo que dices , Banca. Hay veces que nos quedamos sin conocer ciertos detalles que son fundamentales, y ese vacío lo podemos llenar de cualquier cosa que nada tiene que ver con lo que fue.
      Muchas gracias por tu visita y lectura.
      Un abrazo

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  4. Brurata, qué relato tan bien construido y tan lleno de emoción. Desde ese inicio donde recuerdas el mar que ya quedó atrás para quienes sois de tierra adentro , hasta el hallazgo del sobre amarillento enterrado en la arena, que ya desde el primer momento despierta misterio y ternura . La carta es un golpe directo al corazón: ese “Amor mío: He preparado todo para que seamos libres” y la cita en la Cueva del Francés a medianoche dibujan una historia de amor truncado que se siente viva incluso después de cuarenta años . Y qué bien narras el giro: el viejo Salvador, siempre visto como un loco y un borracho, se transforma por completo cuando descubre que ella no lo plantó, que la detuvieron antes de llegar a la cueva . Ese momento en que besa la carta y la apoya en la frente es de una delicadeza enorme . Y el final es precioso: verlo bajar aseado, con su chaqueta de paño azul marino y el sobre asomando del bolsillo, convertido de nuevo en el marinero que fue, recuperando su historia y su dignidad . Una narración que conmueve, que rescata la humanidad escondida en las heridas antiguas y que deja un eco largo.
    Un fuerte abrazo.

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    1. Muchas gracias, Enric, por el estudio tan detallado que ha hecho a la historia. ¿Te das cuenta de lo importante que puede ser el sentir que alguna vez fuimos importantes para alguien? ?Que alguien nos quiso y estaba dispuesto/a a dejarlo todo? La respuesta le llegó al marinero cuarenta años después, pero le sirvió para cambiar su vida por completo.
      Me alegra que te haya conmovido y lo hayas disfrutado.
      Un abrazo grande

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  5. Juraría que he mandado un comentario. ¿?

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  6. Uy, he acabado llorando Brurata, un relato conmovedor, creo que tenías que escribir una segunda parte para saber qué fue de ella.

    Un abrazo.

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  7. QUE BONITA HISTORIA DE AMOR. lÁSTIMA QUE NO LOS DEJARON VIVIRLA. cUANTAS VIDAS PARECIDAS HAN SUFRIDO POR ESAS SEPERACIONES CRUELES. APLAUSOS!!!!

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➽ Paso 4: Guarda los cambios y listo,