Hubo una vez entre las calles Almendralejo y Fernando VII, una
farola alta y delgada, que al caer la noche, impedía que el mundo se quedase a
oscuras.
Durante el día dormía plácida con el ojo cerrado, sin que le
perturbase la gente al pasar, los coches o los ruidos. Era al atardecer cuando
comenzaba su jornada laboral, entonces abría el ojo y alumbraba la calle, a la
vez que el resto de sus compañeras dispuestas en estricta formación.
Sin embargo, ella hacía algo más que las otras: alumbraba los
sueños de todos los que se detenían bajo su brillante luz, que podía adoptar
diferentes tonalidades según la naturaleza del sueño. Desde el rosa salmón para
los románticos hasta el verde esperanza para los de salud, pasando por el azul
cielo para los nostálgicos o el amarillo oro para los que perseguían riqueza.
A sus pies los enamorados se besaban y hacían planes de
futuro, el ama de casa soñaba con el premio gordo de la lotería, el ejecutivo
con unas buenas vacaciones y el desempleado con un trabajo digno que le sacase
de la precariedad. Ella siempre tenía luz suficiente para todas las demandas y
para crear futuros prometedores.
─ ¡Qué tonta eres!─ le decían sus compañeras─ ¿para qué
malgastar tus energías con los humanos? El día que no les sirvas te tirarán a
la basura y se olvidarán de ti.
Pero ella, haciendo oídos sordos, siguió con su trabajo nocturno
un día y otro, sin darse cuenta que con el paso de los años, la humedad del
invierno, el calor excesivo del verano y la acumulación de polvo debilitaban su
estructura hasta dejarla sin fuerzas.
Y un buen día, un camión de los Servicios Municipales la
arrancó sin contemplaciones de su esquina junto a la plaza, y se la llevó a un
oscuro desguace. En su lugar colocaron otra más potente y moderna, que daba
mejor luz a la calle, aunque sin alumbrar el interior de las personas.
A raíz de aquel momento, el barrio estuvo más iluminado que
nunca y sus vecinos más tristes. Sin su destello de luz ya nadie hacía planes,
los sueños languidecían y las ilusiones se apagaban en el olvido. Tampoco se
escuchaba cantar a nadie tras las ventanas, ni se les veía pasear con la mirada
ilusionada en el horizonte.
Pasó el tiempo y la melancolía impregnó cada rincón, hasta que
una noche de verano los vecinos se reunieron en la plaza. Alguien, viendo la
luz fría y sin sentimiento del nuevo farol, nombró a la antigua farola y uno a
uno fueron desfilando todos los sueños que una vez vieron la luz gracias a ella
y sus cálidos colores.
Fueron tantos los recuerdos, que se generó entre todos una
energía tan poderosa que viajó en la oscuridad hasta el desguace. Allí, entre
los cables y la chatarra oxidada, la corriente envolvió los pedazos de farola
esparcidos, los juntó de nuevo y encendió su cálido ojo de cristal. Entonces,
muy despacito, la farola comenzó a elevarse, flotando en el aire cada vez más
arriba hasta alcanzar el firmamento.
Desde entonces, convertida ya en una magnífica estrella sigue
alumbrando con distintas tonalidades los sueños de todos los que se detienen a
mirarla, solo que ahora nadie la podrá arrancar de su lugar.
