Recuerdo el patio de recreo como si lo viera ahora mismo. No
era un recinto excesivamente grande, pero tenía unos árboles inmensos, que en
primavera se llenaban de hojas grandes. Nos gustaba jugar a su alrededor al
escondite o sentarnos a conversar bajo su sombra.
Por aquellos años los juegos en grupo eran nuestros favoritos.
Formábamos los grupos al azar, con las que tocaba, y lo pasábamos bien. Sin
embrago, cada una tenía luego sus preferencias. Aquella o aquellas con las que
mejor conectaba por tener un carácter o unos gustos que encajaban con los
propios.
El caso es que yo me hice muy amiga de una que se llamaba
Carmen. Más o menos de mi misma estatura y complexión. Nos sentábamos juntas en
el aula y nos hicimos inseparables, lo mismo dentro que fuera del colegio. Nos
gustaba quedar para jugar a la rayuela en la plaza del barrio o a las tabas en
la azotea de su casa, nosotras mismas preparábamos las canicas con piedras
redondas y las pintábamos de colores vistosos. Otras veces nos dejábamos llevar
por nuestra afición literaria cambiando tebeos, de hojas grandes y muchos
dibujos, o cromos, además de hacernos toda clase de confidencias en
materia escolar y amorosa.
Formábamos un equipo
indestructible hasta que llegó Amparo. Comenzó a venir al colegio empezado el
curso. Era de estatura media, fuerte, muy morena y de aspecto agradable, pero
con un carácter muy dominante.
Le gustaba liderar los juegos, decir qué se hacía, quién
jugaba y el papel que le tocaba a cada una. En los trabajos en equipo no dejaba
opinar a las demás y cuando la profesora lanzaba una pregunta a la clase, ella
siempre levantaba la mano contestando sin dar opción a nadie más.
Aquellas “lindezas” no pasaron desapercibidas para el resto de
compañeras, que a los pocos días decidieron darle de lado.
Ella, al verse aislada, buscó refugio en Carmen, a quien
parecía no importarle demasiado su prepotencia. Intentó acapararla dejándome a
mí en segundo plano. Cuchicheaban a mis espaldas, andaban siempre dos pasos por
delante de mí, si Carmen se me acercaba se colocaba en medio para impedirlo y
cuando yo iba a decir algo hablaba en voz más fuerte para tapar la mía.
Aguanté un tiempo sin
hacer ningún comentario. Procuré poner buena cara cuando estábamos las tres
juntas y actuar como si todo fuera normal. Intenté convencerme a mí misma de
que no era para tanto, que tenía que ser paciente. Pero no lo era, muchas veces
tenía que apretar los puños y contener la rabia para no saltar, hasta que un
día con el estómago comprimido y la mirada fija en el cajón de Amparo, decidí
acabar con eso de una vez por todas.
Cuando todo el mundo
salió al patio de recreo a correr y gritar, me quedé en el aula con el pretexto
de vaciar las papeleras. Una vez sola sentí el silencio del aula contrastando
con los gritos lejanos de los juegos que venían del exterior. Con paso decidido
fui a su cajón. El corazón me golpeaba con violencia el pecho pero no dudé en
ningún momento de lo que iba a hacer. Saqué sus cosas. Entre ellas estaban unos
mapas que debíamos entregar obligatoriamente a la vuelta para que nos pusieran
nota. De ellos dependía el aprobado en la asignatura. Con el pulso firme destapé
un bote de tinta y los llené de manchones y corazones ridículos. Los cogí
después con las manos y los observé de lejos con un escalofrío de satisfacción.
Luego lo dejé en su sitio y salí.
Al volver del recreo, cada una dejó sus trabajos apilados en
la mesa de la profesora. Me senté en mi sitio, con la espalda rígida y
agazapada aguardando el momento. Cuando la maestra llegó a los mapas de Amparo
el tiempo se detuvo. Palideció:
─¿Qué significa esto , Amparo?─ preguntó con el trabajo en
alto cogido de una esquina con dos dedos como si fuera un trozo de basura.
La clase quedó muda. Se podía escuchar el vuelo de una mosca.
Amparo, acobardada y roja como un pimiento, no podía creer lo que estaba
viendo. Le pilló tan de sorpresa que no encontró palabras. Intentó defenderse,
pero la maestra no le dio tregua.
─¡Quedas suspendida!
Ese fue el veredicto final.
Amparo rompió a llorar, avergonzada y sin respuesta ante los
murmullos y las risitas contenidas del resto de la clase. Por mi parte no me
asaltó remordimiento alguno, sino que sentí una complacencia absoluta porque
por esta vez la victoria había sido mía.
Los días siguientes le bajaron los humos y anduvo un tiempo
con la cabeza gacha, refugiada en Carmen. Luego volvió a las andadas y recuperó
su arrogancia, pero por entonces a mí ya no me importaba. Había descubierto que
era capaz de no dejarme ningunear por nadie, y bajo la sombra fresca del patio
de recreo otras amigas nuevas me tendían la mano para jugar y divertirme.
Nos cuentas una historia, que todos vivimos de pequeños, los juegos del recreo, la relación con los compañeros y esas decepciones que pronto aprendemos a sufrir....El tiempo siempre pone en su lugar tanto a la lista de turno, como a la más tímida e insignificante...Lo contaste con mucho detalle, amiga...
ResponderEliminarTe diré que sigo teniendo las mismas amigas del colegio después de tantos años.
Mi abrazo entrañable y mi cariño, Brurata.
Los resultados de la escuela son los que más añoro.
ResponderEliminarFuiste muy atrevida y tuviste suerte de no ser descubierta.
Un abrazo.
Los recuerdos.
Eliminar¡Hola, querida Brurata! Qué relato tan potente, vívido y magníficamente narrado.
ResponderEliminarNos trasladas de lleno a esa infancia de árboles gigantes, juegos de rayuela, tebeos y canicas hechas a mano, pero sobre todo a la complejidad de las primeras lecciones de vida. La llegada de esa presencia dominante, el dolor silencioso de sentirse desplazada y la tensión reprimida hasta ese gesto definitivo en el aula vacía están descritos con un realismo impresionante. El contraste entre el griterío lejano del recreo y la determinación en el aula pone los pelos de punta.
Más allá de la travesura y de ese toque de complacencia tan humano al ver el mapa manchado de tinta, lo verdaderamente valioso es el aprendizaje final: ese instante de revelación en el que descubres tu propio valor, aprendes a no dejarte ningunear y abres la puerta a nuevas amistades bajo la sombra del patio.
Muchísimas gracias por regalarnos otra historia tan íntima, atrapante y bellamente escrita.
¡Un abrazo fortísimo, Brurata, y feliz domingo!
Quise decir los recuerdos.
ResponderEliminarEl colegio puede ser un lugar donde la crueldad del menor es donde se comienza a forjar. Desde luego no estuvo bien hacer esa travesura que le costó un suspenso, pero se lo ganó a pulso. La amistad es muy importante y los líderes en esa edad pueden hacer mucho daño. Un besote grande.
ResponderEliminarHola, Brurata.
ResponderEliminarIr al colegio a veces se hace muy cuesta arriba por algunos compañeros. Tuve una época muy mala también.
Espero que tengas un buen día.
Te invito también a visitar mi poema "El Conejito con gafas"
Un beso.
Perdona, pero esto tiene toda la pinta de autobiografico😜. Jajaaa . Pero esas comun que se fabule, pero no llegue a hacerse.
ResponderEliminarMuy bien retratada la vision y los sentimientos infantiles.
Abrazooo