Ahora que vislumbro el ocaso de mi vida, me vienen a la
memoria infinidad de recuerdos, todos teñidos de una dulce nostalgia en la que
me gusta quedarme suspendido. Pero hay uno al que regreso más que ningún otro.
Es el de aquellas tardes de invierno en las que nos sentábamos los dos junto a
la chimenea para descansar de los trabajos del día. ¿Te acuerdas?
Tu te acercabas al fuego y arrimabas el puchero de café entre
los leños ardiendo, mientras me contabas cómo había ido el día y el frío que
habías pasado lavando la ropa en el río. Yo tomaba tus manos agrietadas y las
frotaba suavemente para darles calor. Otras veces me hablabas de la familia, de
todos los primos que tenías y de tu infancia feliz en el pueblo.
A mí me gustaba oírte. Tu voz hacía más llevadero el cansancio
del campo, y mientras te oía, parecía que las asperezas del día no importaban
tanto.
¡Cuánto tiempo ha pasado desde aquello! Éramos jóvenes y
fuertes, con las páginas de la vida en blanco para escribir en ellas lo que nos
viniera en gana o lo que nos dejaran las circunstancias.
Sacamos adelante la finca de mis padres, con esfuerzo y no
pocas dificultades. A veces las cuentas no salían y había que ajustarse el
cinturón, pero nunca dejamos de querernos como el primer día. Seguimos con la
misma ilusión que cuando nos dimos el “si, quiero”, sin imaginar todo lo que la
vida nos tenía preparado.
Sin embargo, había días que, cuando volvía de las tierras, te
encontraba con los ojos llorosos y una tristeza en el rostro que, tratabas de disimular. Yo te conocía demasiado
bien para no darme cuenta. El hijo que
tanto esperabas no llegaba y aquella espera te consumía por dentro. Veías como
las vecinas tenían sus criaturas sin dificultad, mientras los meses y los años
pasaban por nosotros sin ningún cambio. Intentaba consolarte, aunque muchas
veces no encontraba las palabras. Me dolía verte sufrir y no poder hacer nada.
Pero seguimos adelante, como hicimos con todo lo demás.
Hasta que una mañana el párroco llamó a nuestra puerta con una
noticia que cambiaría nuestras vidas.
─Han dejado una niña
abandonada. Apenas tiene unos días…tal vez a ustedes les interese…”
Todavía recuerdo tu mirada cuando oíste aquellas palabras. No
perdimos el tiempo. Ni tan siquiera nos pusimos el abrigo. Salimos corriendo
con el corazón en la boca y el miedo a que todo se esfumara como si hubiera
sido un sueño.
Cuando el cura apartó la manta y te puso a la niña en los
brazos, te quedaste inmóvil. Tus manos, endurecidas por tantos años de trabajo,
la cogieron con una delicadeza que nunca olvidaré. Bajaste la cabeza para
mirarla y le pasaste el dedo por la mejilla, como si necesitaras comprobar que
era de verdad. La niña no se movió. Estaba dormida. La apretaste contra el
pecho y cerraste los ojos. No dijiste nada y yo tampoco. Pero cuando
regresábamos a casa con la pequeña éramos otros, y supe que una nueva vida
acababa de empezar.
La llamamos Andrea. Creció como cualquier niña de nuestra
condición, con algunas estrecheces, aunque nunca le faltaron nuestras manos ni
nuestro cariño. No pudimos darle mucho más. Pasaba las horas sin hacer ruido,
jugando con sus muñecas de trapo, hechas de restos de sábanas y ovillos de lana,
junto a la higuera. A veces se comía los higos sin que la viéramos o cortaba
las flores de los tiestos para hacer “comiditas”. Yo hacía que no la veía para
no tener que reprenderla.
Tu le enseñaste todo lo que debía saber para
ser una mujer y arreglárselas en el mundo. Sentada en el poyete de la entrada
le enseñaste a remendar la ropa, a amasar el pan, a reconocer el canto de los
pájaros…Cuando regresaba del campo y os veía a las dos juntas compartiendo las
tardes y conversando a media voz me quedaba observando un rato. Aquella escena me
reconfortaba del cansancio que traía del campo.
No se en qué momento Andrea dejó de ser una niña. El tiempo
pasó sin sentir y un día nos dimos cuenta de que ya era una mujer. También a
ella le llegó su hora de volar y el nido volvió a quedar en silencio. Nos costó
acostumbrarnos a ese vacío. Durante todos esos años nuestro quehacer había
girado en torno suyo y de pronto había demasiado espacio alrededor.
Sin embargo, la vida a veces tarda en conceder los deseos y
todavía nos tenía reservada una enorme alegría.
El día que Andrea puso
a su hijo en nuestros brazos, te vi sostenerlo como lo hacías con su madre
tantos años atrás. Volví a fijarme en tus manos, las mismas que habían lavado
en el río, amasado el pan y trabajado en la tierra. En aquellos momentos cogían
a la criatura con la misma ternura.
Miré al niño y después a ti, y luego pensé que en la vida hay
que recibir lo que llega, cuidar de ello y después dejarlo ir cuando llega el
momento. Nosotros ya éramos viejos, y el niño acababa de empezar su camino,
pero de algún modo seguiríamos viviendo en él.
¡Cómo me gusta recordar aquellos paseos nuestros por los
sembrados al caer la tarde! Caminábamos despacio, hablando de cualquier cosa,
mientras el sol se escondía. Lo mismo que hacemos ahora en medio de la ciudad,
de los coches y el ruido. Parece que han pasado siglos. Sin darnos cuenta nos
hemos convertido en una pareja de ancianos encorvados y llenos de arrugas. Ya
no hay trabajos en el campo que nos inquieten ni una hija a la que criar. Hoy mis ojos ya no ven. Ni tan siquiera puedo
ver con claridad tu rostro. Pero no me hace falta : los recuerdos y el tacto de
tu mano entre las mías me hacen verlo todo, y eso me mantiene vivo. Quizá la
vista se apague, pero estas remembranzas me hacen estar más joven que nunca,
como cuando tomábamos café al lado del fuego, con el mismo amor inquebrantable que
ha vencido al paso del tiempo. Aprieto tu mano y tu aprietas la mía. No
necesito verte para saber que estás aquí.
