No sé de qué manera llegó hasta mí la historia de don José, un
hombre maduro que se pasaba el día leyendo. Lo que empezó como un placer se
había convertido en una verdadera obsesión. Sentado en el sillón de su cuarto
de estar cabalgaba a galope tendido por las historias como uno de sus deportes
favoritos. Se había olvidado de la televisión, de salir con sus amigos y hasta
la comida se le quemaba a veces por el ansia de terminar el capítulo.
Se bebía los libros como si fueran una cerveza fresca en pleno
verano, y cuando se acababan oficiaba una especie de funeral en la terraza:
encendía un cigarrillo y con la mirada perdida despedía con tristeza a los
personajes con los que hubiera seguido bien a gusto otras trescientas o cuatrocientas
páginas más. Después apagaba la colilla y regresaba ansioso al salón para coger
entre sus manos el siguiente lomo.
Un buen día, el velo entre lo real y lo imaginario se borró.
Empezó a dudar si su nombre era José o Ricardo, como el protagonista de su
novela actual. Tampoco sabía si tenía una amante, si era un rico magnate del
petróleo o si vivía en Singapur o en un pequeño pueblecito de la sierra
madrileña. Sin que se diera cuenta el libro se lo estaba comiendo a él poco a
poco, y terminó viéndose en un bosque de rascacielos, aturdido por el ruido de
los coches y las luces de neón.
De repente sonaron unos disparos. Una bala le silbó en el
oído. Al volverse vio horrorizado a un hombre que se acercaba a él apuntándole
con un arma. Supo que le iba a matar y echó a correr como alma que lleva el
diablo. Calle arriba, calle abajo sin saber dónde iba ni encontrar refugio. El
miedo no le permitía parar, sudaba, los pulmones le estallaban, el corazón le
golpeaba con fuerza, pero él no paraba. Mientras lo hacía sentía que saltaba de página en página, cada una era un nuevo
desafío. Unas ratas le salieron al paso, una excavadora casi le deja aplastado
contra la acera, y después se cayó por un terraplén del que salió vivo de
milagro.
Cuando llegó a la última página, dio un salto desesperado con
todas sus fuerzas y fue a caer de golpe en su sillón.
Al fin respiró tranquilo, aunque el corazón le estuvo latiendo
a mil por hora bastante tiempo después de haber regresado. Cuando recuperó el
resuello y salió del aturdimiento, miró por la ventana a la calle. Le pareció
que el cielo estaba más azul que nunca y los árboles se habían rodeado de una
melena verde y frondosa, y además por el tendedero llegaba un aroma a guiso que
despertaba a un muerto. ¿Cuánto tiempo había estado sin disfrutar de todas esas
cosas?
Cogió la chaqueta y salió al parque. Los pájaros cantaban en
las ramas, los niños jugueteaban alocados entre los setos. Encontró el aire
fresco y la puesta de sol soberbia. Don José comprendió que había pasado demasiado
tiempo ausente, viviendo en un mundo de fantasía; ahora era tiempo de vivir su
propia historia.
Se ajustó la chaqueta, sonrió a un desconocido y, por primera
vez en mucho tiempo, no sintió la necesidad de correr a la estantería.

¡Hola, querida Brurata! Qué relato tan fascinante, magistral y bellamente construido nos regalas en este domingo.
ResponderEliminarLa peripecia de don José nos atrapa desde la primera línea: esa pasión devoradora por la lectura que, en un giro extraordinario, termina por engullirlo a él dentro de las propias páginas hasta hacerle sentir la persecución y el peligro a flor de piel. Pero lo más hermoso y valioso de tu historia es su desenlace: ese salto de regreso al sillón que no solo lo salva del peligro del libro, sino que le devuelve los ojos para maravillarse con el cielo azul, el aroma a guiso casero y el milagro palpitante de la vida real en el parque. Nos dejas una lección de una sensibilidad exquisita: la literatura es un refugio maravilloso para el alma, pero la historia más apasionante y la que de verdad exige ser vivida con plenitud es la nuestra propia, la de cada día.
Muchísimas gracias de corazón por compartir este cuento tan atrapante, imaginativo y lleno de sabiduría en nuestro rincón; da un placer inmenso leerte y dejar volar la mente con tus relatos.
¡Un abrazo entrañable para ti, Brurata, y que disfrutes de una tarde de domingo serena, luminosa y muy feliz!
Ese es el sentido que le quise dar, querido Enric, la imaginación es estupenda y leer libros también lo es pero no se debe olvidar que lo más emocionante es vivir nuestra propia existencia desde lo cotidiano.
EliminarMuchas gracias por este comentario.
Un abrazo muy grande
Coincido en todo con el cometario anterior, me ha encantado leer esta creación.
ResponderEliminarDespués de la experiencia vivida, el mundo real cobró mayor importancia y belleza para el protagonista :))
Un fuerte abrazo.
Claro, la verdadera aventura está en nuestra propia vida.
EliminarUn beso grande, Sara
Muchas cosas son buenas si se toman con medida, sin abusar, sin excesos.... pienso que el mismo libro le ayudó a darse cuenta de su error !... i le indicó el camino para vivir su mejor aventura, la vida misma, como dicen tus compañeras lectoras : )
ResponderEliminarUn saludo i buena semana !!
Los excesos nunca son buenos.
EliminarMuchas gracias , Artur, por tu visita y por quedarte por aquí.
Un afectuoso saludo
¡Qué buen relato!
ResponderEliminarUn beso con achuchón, Brurata.
Gracias por visitarme.
No me salen las listas de lectura y os tengo que buscar uno a uno por otros comentarios. ¡Un rollo!
A mi tambien me pasa eso. Si dejas un rato. Al final. sale, aunque no siempre.
EliminarGracias por la visita, Marisa, ya se lo que cuesta cuando la lista de lectura no funciona. A mí me pasó unos días pero ya ha vuelto a funcionar con normalidad, aunque tarda un poco en cargar.
EliminarUn abrazo
Una muy buena enseñanza. Todo en esta vida hay que tomarlo con ganas, pero no con ansias, porque puede desembocar en vicio y enajenación. Hay que leer, pero también disfrutar de todo lo que la vida nos ofrece. Cada cosa en su medida.
ResponderEliminarMenos mal que José se dio cuenta a tiempo.
Un besote, Rita.
Claro, Campirela, las cosas siempre en su justa medida. De lo contrario , aunque sean buenas, pueden volverse perjudiciales.
EliminarUn beso grande
Me tienes contento! ¿Así fomentas tú la lectura?
ResponderEliminarTe perdonsmos porque en este caso se había convertido en un vicio y todos los vicios son malos.
De vuelta a casa, pasó por L.A., que no es Los Angeles, sino Lectores Anónimos.
Abrazooo
Je, je. A Cervantes seguro que no le dices eso, aunque a don Quijote le pasó lo mismo. Je, je.
EliminarTodo hay que hacerlo en su justa medida, incluso las cosas buenas, de lo contrario pueden dejar de serlo.
Un abrazo, Gabiliante
Muy buen cuento Brurata, suele suceder que cuando nos enganchamos con un libro nos cuesta dejarlo, espero no terminar como el protagonista de tu historia.
ResponderEliminarmariarosa
A mí también me ha pasado a veces, que me engancho tanto con un libro que se me olvida hasta comer, je ,je.
EliminarUn abrazo fuerte María Rosa
Conozco esa sensación de llegar a la última página y no querer despedirme todavía de los personajes, pero don José ya ha llevado la afición a otra categoría. Yo, de momento, todavía sé cómo me llamo, así que creo que puedo seguir leyendo tranquilo. El cambio de papeles, con el libro devorando a su lector, me ha parecido muy original. Después de la carrera que se pega, yo también habría dejado la estantería tranquila una temporada.
ResponderEliminarYo también conozco esa sensación de no querer que se acabe el libro y con gusto hubiera seguido otras doscientas páginas más. Al final ya casi somos de la familia, los personajes y yo. Pero hay que reconocer que los excesos no son buenos y que hay otras cosas alrededor que merecen disfrutarse.
EliminarUn abrazo grande, Ángelo
Ya se sabe que los excesos son malos. Y peor las obsesiones. Está muy bien hacer vagar la imaginación, pero hay que saber volver a poner los pies en el suelo y disfrutar de la realidad, que también nos depara cosas buenas al margen de la lectura.
ResponderEliminarMuy buen relato, amiga.
Un arazo.
Los pies siempre hay que tenerlos en la tierra por mucho que nos dejemos llevar y volemos alto, porque el batacazo puede ser mayúsculo, je, je.
EliminarUn abrazo grande, Josep
El problema de las adicciones! En este caso el pobre hombre se dejó atrapar por la trama y cayó en ella! Salir a compartir con la Naturaleza y los demás seres vivientes fue bueno para él, un abrazo Brurata!
ResponderEliminarLas cosas siempre hay que disfrutarlas en su justa medida.
EliminarUn abrazo, María Cristina
Bueno...D.José se volvió loco como D.Quijote...Tu relato es un ejemplo de lo que se puede convertir cualquier afición cuando cruza la linea de término medio...Hay que cuidar la salud mental y controlar tiempos y aficiones...Mi felicitación, Brurata.
ResponderEliminarMi abrazo entrañable y feliz semana.
Si, a don José le pasó lo que a don Quijote, por eso no hay que pasar nunca los límites y disfrutar de todas as cosas, no solo de una.
ResponderEliminarGracias por tu visita, Mª Jesús.
Un abrazo grande
Hola, regreso al mundo de la blogosfera deseando visitar a los amigos.
ResponderEliminarUn magnífico relato, que nos habla de poner límites a a los excesos para no terminar mal.
Los lectores apasionados pueden caer ahí.
Me ocurre a veces.
Saludos.
A mí también me ocurre, lo confieso. Cuando una lectura es interesante, una se olvida de todo.
EliminarBienvenida la mundo bloguera.
Un abrazo, Maripaz
A veces nos empecinamos en cosas que árboles que no nos dejan ver el bosque. Bonita historia que nos lleva a pensar en nuestras obsesiones. Un abrazo, P.
ResponderEliminarSi, a veces nos obsesionamos demasiado y es necesario poner límites.
EliminarUn abrazo, Blanca.
Lo mejor de la vida es saber disfrutar de todo lo que nos ofrece, a ratos puede ser un libro, otros mirar la naturaleza no obsesionarnos en una sola cosa.
ResponderEliminarMe ha encantado tu relato.
Un abrazo.
La verdad es que hay muchas cosas interesantes en las que poner atención.
ResponderEliminarUn abrazo, Rafaela.
La realidad puede ser tan maravillosa como un buen libro. Merece la pena recordarlo.
ResponderEliminarAbrazo.
Cierto , hay veces que estamos tan metidos en la lectura ( a mí me pasa con frecuencia) que no nos damos cuenta de otras cosas interesantes que suceden a nuestro alrededor.
ResponderEliminarUn abrazo, José Antonio
Le mundo de las obsesiones, sean estas pequeñas o grandes, es lo que tiene. Te absorben demasiado y te "aíslan" del resto de la realidad.
ResponderEliminarAbrazos, Rita.
Cierto, Ernesto. Hay que procurar no caer en ellas. Todo en su medida.
ResponderEliminarUn abrazo
Uno se obsesiona de apoco. Te mando un beso.
ResponderEliminarLas obsesiones nunca son buenas.
EliminarUn abrazo J.P.
En exceso son malas incluso en las mejores cosas. Precedente tiene nuestro querido don José, como en el ingenioso hidaldo de la Mancha.
ResponderEliminarUn abrazo.
Pues si, le ocurrió lo mismo que a don Quijote pero en moderno, je, je.
EliminarUn abrazo
Algunos lectores nos parecemos un poquito a tu protagonista. No con esa obsesión por los libros pero sí con la necesidad de tenerlos, leerlos y disfrutarlos. Y cuando alguno de los buenos se terminan, algo de duelo hacemos también.
ResponderEliminar¡Vaya! por un momento me imaginé a Don José después de haber recobrado la cordura momentánea y salir a la calle, oír, un disparo, salir huyendo de un perseguidor y verse envuelto en una historia real. Algo así como le pasó al tan celebrado caballero de la triste figura.
Un abrazo.