PÁGINAS

domingo, 18 de octubre de 2026

LA CHICA DE LA FLORISTERÍA

 

A Elena le temblaron las manos al abrir la puerta aquella mañana. Había luchado tanto por ese negocio que le parecía imposible que al fin se hubiera echado a rodar. Tenía treinta y seis años y había gastado en él los ahorros de su juventud, además de renunciar a  ese trabajo gris, aunque estable, en la academia de enseñanza, dando clases a adolescentes desmotivados.

Su familia le había repetido hasta la saciedad que estaba en un error, que montar una floristería en un barrio obrero no conduciría más que al fracaso, que debía mantener su puesto fijo y dejar de hacer quimeras en el aire. A su madre casi le da un papatús al enterarse de que había abandonado su empleo. Sin embargo, ella lo tenía claro desde mucho tiempo atrás, cuando de pequeña ayudaba a la abuela en su jardín.

Las primeras horas del día fueron desalentadoras, la gente pasaba de largo pegada la vista a sus teléfonos y no se fijaba en las flores que tan cuidadosamente había colocado a la entrada.

A media mañana cruzó el umbral una mujer de mediana edad. El pelo recogido en un moño y sin maquillaje. Traía los ojos rojos y el semblante triste.

─Necesito un ramo para el cementerio─ dijo con voz apagada.

Elena sintió una punzada de pena en el pecho.

─¿Quiere algo especial?

─Si, por favor, que no tenga flores amarillas. Es para mi madre. Falleció hace unos meses y hoy sería su cumpleaños. No le gustaba ese color.

─De acuerdo─ asintió Elena con una sonrisa bondadosa─ Le pondremos entonces unos claveles blancos y rosas, que son colores suaves y además es una flor muy resistente. Le añadiremos unas azucenas que son muy elegantes y en la base unas ramitas de romero, por los buenos recuerdos.

La mujer quedó satisfecha. Cogió el ramo con cuidado, lo apretó contra el pecho y salió convencida de que llevaba las flores ideales.

Estaba recogiendo las hierbas caídas cuando pasó un chico joven. De unos veinte años. Iba con un chándal gris, sacudía la cabeza y carraspeaba a cada momento.

─Vera…quiero algo…para una chica de mi clase que me gusta. Me ha invitado a su fiesta. No soy muy bueno con las palabras…

Elena lo miró con delicadeza. El amor entre jóvenes siempre era algo mágico, lleno de pureza y frescura.

─Bien─ dijo ella después de quedarse pensando unos instantes─ Las rosas rojas en tu caso no son adecuadas, demasiado intensas.  

Dio un repaso rápido con la mirada a las cubetas que tenía detrás.

─Podemos ponerle unos girasoles, será como decirle “ eres mi sol y solo tengo ojos para ti”.

─¿De verdad?─ el muchacho quedó extrañado.

─Claro, y si le añadimos un gladiolo será como decirle que tu corazón ha sido traspasado por su amor.

El chico quedó maravillado, pagó con los ojos encendidos de entusiasmo y salió con un “deséame suerte”

Al final de la tarde, cuando ya faltaba poco para el cierre, entró el último cliente. Un hombre mayor, con el rostro serio y los ojos cansados.

─Quiero un ramo de rosas rojas─ su voz era débil, sin fuerza. Parecía abatido.

─¿Es para algún evento especial?

─No, son para mi mujer. Discutimos anoche, como tantas otras veces. Ya no sabemos cómo hablarnos…

Elena le sostuvo la mirada unos instantes

─Entonces…no le lleve rosas rojas. Llévele mejor estas otras.

Se apartó del mostrador y buscó entre los cubos las flores frescas. Colocó el papel de regalo y sobre él empezó a armar el ramo con destreza.

─Estas violetas son ideales─ le explicó─ recuerdan la fidelidad. Añadiremos unas ramitas de hiedra para unir los lazos, y algunos jacintos azules, que piden perdón sin usar palabras.

El hombre escuchó con interés y rozó los pétalos con la yema de los dedos.  Al coger el ramo pareció que sus ojos se iluminaron un poquito y una sonrisa quiso salir de su boca.

Cuando Elena echó el cierre y quedó sola, sintió el olor de la hierba y las flores que llenaban todo el espacio, dándole color y vida. Tenía el delantal manchado y los pies molidos. Recordó lo que le había costado llegar hasta ahí, los nervios, el miedo al fracaso, las noches sin dormir haciendo números…pero ahora, tras pasar la primera prueba de fuego, todas las inseguridades se habían disipado, como las nubes después de una tormenta de verano.

Sabía que el camino no sería fácil, pero por primera vez estaba contenta con lo que hacía, porque ella no vendía plantas sino sentimientos y palabras que la gente no se atrevía a decir.



1 comentario:

  1. Brurata, he disfrutado mucho de este relato tan delicado y humano. Has conseguido convertir una sencilla floristería en un lugar donde las flores hablan por quienes no encuentran las palabras adecuadas para expresar sus sentimientos.
    Me ha gustado especialmente la evolución de Elena. Después de arriesgarlo todo para perseguir su sueño, descubre que su verdadero trabajo no consiste en vender ramos, sino en ayudar a las personas a transmitir amor, recuerdo, ilusión o reconciliación. Cada cliente lleva una historia distinta y cada flor encuentra su significado.
    Un cuento lleno de sensibilidad, ternura y esperanza que nos recuerda que, a veces, los gestos más sencillos son los que mejor expresan lo que llevamos en el corazón.
    Un fuerte abrazo, Brurata.

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