Todavía era noche cerrada cuando sor Beatriz escuchó el aviso
del primer rezo del día. Se levantó perezosa y muy despacio se despojó del
camisón. Se lavó la cara y el contacto con el agua fría terminó de sacudirle el
sueño.
Se colocó el hábito blanco y negro de tela gruesa, el que en
otro tiempo llevaba complacida y que ahora se había convertido en una especie
de armadura. Se acercó al espejo borroso para colocarse la toca y se sintió
envuelta en un cascarón.
Le vino a la mente la
tarde lejana en la que comunicó a su padre la decisión de hacerse monja.
Recordó sus puños apretados sobre la mesa y el llanto sofocado de su madre. Nadie
en la familia lo aceptó de buen grado, solo ella estaba entusiasmada y decidida
a entregarse a Dios, con la ceguera de sus dieciocho años. Desde entonces su
vida estuvo marcada por los toques de campana, los rezos y su trabajo con los
pobres. Llevaba veinte años ayudando en hospitales, con los más desamparados,
los que no tenían hogar ni familia.
¡Había visto morir a tantos! Gente que solo pedía que le
sujetaran la mano antes de partir con alguna palabra de esperanza.
Detrás de cada una de esas muertes quedó siempre la fe en el
Señor y la absoluta convicción de que habían pasado a una vida mejor.
Hasta Lucas.
Todavía podía sentir en sus manos la piel ardiente de aquel
niño de cuatro años cuando la fiebre le devoraba. Sus rezos al pie de la cama
con las rodillas sangrantes no sirvieron de nada. El milagro nunca llegó. Dios
no quiso estar allí, en medio de aquel silencio doloroso viendo como se apagaba
la vida de un inocente.
Aquella noche las preguntas la mantuvieron despierta hasta el
alba.
¿Por qué él? ¿Cómo podía Dios permitir algo así?
Lloró de rabia y de
impotencia hasta quedarse sin una sola lágrima.
Las semanas siguientes fueron un caminar lento entre un mar de
dudas, y en medio la pregunta que tantas veces había temido ¿Y si Dios no
existe?
Ahora, frente al espejo borroso, percibe la vida de diferente
manera. El rezo del rosario monótono y mecánico ya solo es un pasar de cuentas
de madera; la misa, se ha convertido en un teatro absurdo y las demás monjas en
un puñado de sombras representando un papel. Ni tan siquiera encuentra alivio
atendiendo a los enfermos. No puede darles consuelo cuando ella misma no cree
en lo que estaba diciendo.
Su padre tenía razón, debió escucharlo en su momento.
La campana volvió a sonar en todo el convento antes de que
llegara el alba. Sor Beatriz se sentó en el borde de la cama. Miró sus manos
ajadas por el trabajo y decidió que no se pondría el velo. Se quedó inmóvil
escuchando el tañido que llamaba a la oración, sintió los pasos apresurados de
las otras hermanas, entonces se puso de
pie, cruzó la puerta con la cabeza descubierta y por primera vez en veinte
años, caminó en dirección opuesta.

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