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domingo, 21 de junio de 2026

EL MOSCA

                                                 

“El Mosca” era el maestro de escuela de mi pueblo. Lo llamábamos así porque era bajito y siempre iba con traje negro. Lucía también un bigote que parecía un reguero de hormigas y un sombrero a juego.

Llegó un jueves por la mañana, a principios de septiembre, con los zapatos sucios y una maleta llena de libros viejos. Abrió la ventana de la clase de par en par y dijo:

─ Ya es hora de que aquí entre el aire fresco.

A continuación, colocó los libros en la estantería desnuda, cambió la distribución de los bancos y empapeló las paredes con carteles que él mismo había fabricado. En apenas cuatro días, la escuela se había llenado de luz y olor a pintura fresca.

Durante todo el proceso, la chiquillería observábamos los cambios con curiosidad. Espiábamos sus movimientos detrás de los árboles con la inquietud propia del que espera algo sin saber exactamente qué . El primer día de clase no nos mandó hacer fila. Se colocó delante de nosotros y exclamó con voz firme:

 ─No tengáis miedo. Aquí se viene a aprender y a disfrutar. Nadie que entre en esta escuela estará descontento. Se acabaron los castigos de ponerse de rodillas y las orejas de burro.

Aquello corrió como la pólvora por todas partes. En la taberna, los hombres, y en el colmado, las mujeres, no dejaban de comentar sobre aquellos aires de modernidad nunca vistos por allí. Y pronto la preocupación llegó a algunos padres.

 ─ ¡A ver si con tanta novedad no van a aprender los muchachos! ─ exclamaba uno.

─Pues yo, con que aprenda a leer y escribir y las cuatro reglas me doy por satisfecho─ decía otro .

─Para trabajar en el campo... ¿Qué más quieres? ─sentenciaba un tercero.

No seríamos más de quince alumnos cuando asistíamos todos, porque la mayor parte de los días se quedaban en diez , y a veces incluso menos, sobre todo en época de vendimia o de recogida de la aceituna. Mi pueblo era pobre y el campo nuestro único sustento.

Sin embargo, quienes acudíamos regularmente a la escuela empezamos a hacerlo con ilusión y no con temor. Pronto nos dejó claro que estaba permitido equivocarse, aprender despacio, pedir ayuda y hasta tener un mal día. La vara de olivo de los castigos acabó directamente en la estufa de leña.

 Nos agrupó por niveles, los que no sabían leer en un sitio, los que ya sabían en otro. Los mayores ayudaban a los pequeños y estos aprendían cosas de quienes estaban más adelantados. Despertó en todos  el gusanillo por querer conocer cosas nuevas y lo hizo de forma natural, como si estuviéramos jugando.

Allí fue donde di mis primeros pasos de baile junto a Magdalena, aquella niña rubia de largas trenzas que me tenía hipnotizado. También hicimos teatro con cuatro cartones y sábanas viejas. Los viernes por la tarde nos leía poesías y jugábamos a ser escritores nosotros también.

─Nadie nace enseñado ─nos repetía─ Los grandes hombres que cambiaron el mundo, también fueron niños una vez y tuvieron que aprenderlo todo. Vosotros podéis hacerlo también.

Así pasaron las semanas y los meses sin que nos diéramos cuenta, como si viviéramos en un sueño.

Mientras tanto, en la taberna y el colmado siguieron hablando del maestro:

─¡Vaya con don Antonino, parecía que no iba a enseñar nada y resulta que mi chico ya se defiende con las cuentas y la lectura.

─Si, enseña bien a pesar de sus rarezas.

─¡ Y además los muchachos van contentos!

─¡ Ya lo creo! El mío ya no quiere ir al campo; solo piensa en la escuela.

Cuando llegó el final de curso, recibimos con pesar la noticia de su partida. Nadie quería que marchara. Las familias agradecidas le llevaron lo que pudieron: huevos, chorizo de matanza, queso de oveja o rosquillas caseras. Todo el mundo quiso aportar algo y hasta el mismo Ayuntamiento le organizó una pequeña despedida en la plaza.

 Los vecinos prepararon una tarima y el alcalde le entregó una pluma estilográfica después de dedicarle unas palabras de reconocimiento.

─Es necesario que me marche─ dijo él después, con la voz entrecortada por la emoción─ para llevar la luz a otros lugares que también lo necesitan.

 Esas fueron sus últimas palabras.

A la mañana siguiente lo vimos partir con su traje negro, sus zapatos sucios y su maleta de libros viejos.

El pueblo quedó más vacío y más triste. Sin embargo, todo lo que aprendimos junto a él y la huella que dejó permanecen imborrables.




24 comentarios:

  1. Si es una historia real es realmente emocionante y conmovedora, y si no también, un abrazo Brurata!

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    1. Está sacada de la realidad, con un montón de matices. Hubo muchos maestros así. El que tuvo mi padre durante la República Española lo llamaban "El Mosca". Murió en la guerra por pensar diferente.
      Un abrazo

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  2. Bonita historia de un maestro itinerante. ¿Los habrá todavía?
    Un abrazo.

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  3. ¡Los hay a montones! ¡Muchísimos! Puede que un tercio de los docentes lo sea. Los maestros que recorren los pueblos enseñando están a la orden del día.
    Un besito

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  4. Un maestro prodigioso en un mundo rural de un tiempo pretérito en el que la enseñanza quedaba relegada a un segundo lugar. Incluso hoy en día hacen falta muchos maestros como este para que los niños y niñas, no solo aprendan sino que disfruten del aprendizaje.
    Aquello de que la letra con sangre entra ya es cosa del pasado, por fortuna.
    Me ha encantado esta historia, que tiene visos de estar inspirada en hechos reales.
    Un abrazo.

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  5. Así es , Josep. Está inspirada en un maestro de los de antes, que fueron los precursores de los de ahora. Pioneros en muchas cosas, aunque ahora nos parezca de estamos descubriendo el mundo. En fin, es una historia bonita, que me ha agradado contar para ofrecer un pequeño homenaje a todos aquellos que dedicaron su vida a enseñar.
    Un abrazo

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  6. Un maestro comprensivo y muy razonable para la época. Eso de abandonar la varita de olivo me ha llamado la atención.
    Besos.

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    1. La varita de olivo era una práctica común hace muchos años, menos mal que eso ya ha quedado en el recuerdo nada más.
      Un abrazo Rafaela

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  7. Que entrañable relato sobre la figura de un buen maestro que deja una huella perenne en el alma de cada niño.
    Un hermoso homenaje bien merecido por su magnífica labor.
    Me ha encantado.
    Muy bien escrito.
    Gracias por compartir.

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    1. Me alegra mucho que te haya gustado Maripaz. Maestros como él los hubo, los habrá y espero que los siga habiendo.
      Besos

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  8. Hola Brurata, que historia mas bonita y entrañable, un maestro a la vieja usanza y de los que de verdad les gusta enseñar y no meter miedo, se enseña con cariño y no con golpes como hacian muchos antes, yo fui a monjas y madre mia, no nos pegaban pero los rezos nos salian por todos sitios:), pero para ser monjas poco cariño ponian, me ha gustado mucho la historia:)

    Besos.

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    1. Yo también fui a un colegio como el tuyo. Tampoco nos pegaban pero utilizaban otro tipo de presiones, más psicológicas, como el miedo, la culpa...¡en fin, qué te voy a contar! Menos mal que eso ya ha desaparecido.
      Besos Piruja

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  9. Me hubiera gustado tener un profesor
    como el.... pero que no tenga ese aire
    a Rajoy, me da mosca, un abrazo.

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  10. Lo importante no es el aspecto, es lo que está en el interior.
    Un abrazo Orlando

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  11. Cuanto puede lograr un maestro que con amor enseña. Hermosa historia, no solo encanta, también emociona.

    mariarosa

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    1. Es mejor enseñar con amor que con castigos o autoritarismos. Afortunadamente los tiempos de los castigos físicos van quedando atrás.
      Un abrazo, Mariarosa

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  12. Te veo tarde pero que linda historia esos son los verdaderos maestros de la enseñanza.
    Muchos más debería haber.
    Un buen maestro siempre deja huella en él alumno.
    Mis recuerdos de los míos son muy positivos.
    Gracias, por tan bonito relato.
    Besos 😘 😘

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    1. Son muchos los casos de maestros que dejan huella en sus alumnos. Yo no he tenido ninguno en especial, pero los hay, afortunadamente.
      Un abrazo Campirela

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  13. Ya me hubiese gustado tener un maestro de ese calibre. Un abrazo.

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  14. Si, Gil, a muchos les hubiese gustado, pero bueno, la educación está cambiando mucho.
    Un abrazo

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  15. Por desgracias yo no tuve ningún Antonino, pero sí tuve una Doña Mercedes que realmente daba miedo, y a la que nunca he podido olvidar porque me daba pavor ni siquiera hablar con ella. Mi escuela era rural y todas, chicas, íbamos a la misma clase. Nadie me enseñó nada y lo mejor que hice fue huir a los 9 años para estudiar bachiller.
    Sin embargo, los chicos, tenían un maestro, Don Luís, que era igual que D. Antonino.
    ¡Ojalá! hubiese sido mi experiencia.
    Preciosa historia, maestra P.
    Un gran abrazo, hoy, caluroso.

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  16. Bueno, hay de todo, bueno y malo. Tú lo sabes bien. Pero a mi modo de ver creo que las aulas han cambiado mucho. Ya no son lo que nosotros vivimos en la infancia, afortunadamente.
    Besitos, Blanca

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  17. Los maestros son muy importantes (sobre todo los de escuela, que dan todas las asignaturas), porque dejan huella (positiva o negativa) para toda la vida.
    Un abrazo.

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  18. Si, yo también pienso lo mismo, Macondo. Aunque los que se tienen en etapas posteriores también pueden ser importantes, pero no dejan la misma huella.
    Un abrazo

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➽ Paso 4: Guarda los cambios y listo,