“El Mosca” era el maestro de escuela de mi pueblo. Lo llamábamos así porque era bajito y siempre iba con traje negro. Lucía también un bigote que parecía un reguero de hormigas y un sombrero a juego.
Llegó un jueves por la mañana, a principios de septiembre, con
los zapatos sucios y una maleta llena de libros viejos. Abrió la ventana de la
clase de par en par y dijo:
─ Ya es hora de que aquí entre el aire fresco.
A continuación, colocó los libros en la estantería desnuda,
cambió la distribución de los bancos y empapeló las paredes con carteles que él
mismo había fabricado. En apenas cuatro días, la escuela se había llenado de
luz y olor a pintura fresca.
Durante todo el proceso, la chiquillería observábamos los
cambios con curiosidad. Espiábamos sus movimientos detrás de los árboles con la
inquietud propia del que espera algo sin saber exactamente qué . El
primer día de clase no nos mandó hacer fila. Se colocó delante de nosotros y
exclamó con voz firme:
─No tengáis miedo. Aquí
se viene a aprender y a disfrutar. Nadie que entre en esta escuela estará
descontento. Se acabaron los castigos de ponerse de rodillas y las orejas de
burro.
Aquello corrió como la pólvora por todas partes. En la
taberna, los hombres, y en el colmado, las mujeres, no dejaban de comentar
sobre aquellos aires de modernidad nunca vistos por allí. Y pronto la preocupación
llegó a algunos padres.
─ ¡A ver si con tanta
novedad no van a aprender los muchachos! ─ exclamaba uno.
─Pues yo, con que aprenda a leer y escribir y las cuatro
reglas me doy por satisfecho─ decía otro .
─Para trabajar en el campo... ¿Qué más quieres? ─sentenciaba un
tercero.
No seríamos más de quince alumnos cuando asistíamos todos, porque
la mayor parte de los días se quedaban en diez , y a veces incluso menos, sobre
todo en época de vendimia o de recogida de la aceituna. Mi pueblo era pobre y
el campo nuestro único sustento.
Sin embargo, quienes acudíamos regularmente a la escuela
empezamos a hacerlo con ilusión y no con temor. Pronto nos dejó claro que estaba
permitido equivocarse, aprender despacio, pedir ayuda y hasta tener un mal día.
La vara de olivo de los castigos acabó directamente en la estufa de leña.
Nos agrupó por niveles,
los que no sabían leer en un sitio, los que ya sabían en otro. Los mayores
ayudaban a los pequeños y estos aprendían cosas de quienes estaban más
adelantados. Despertó en todos el
gusanillo por querer conocer cosas nuevas y lo hizo de forma natural, como si
estuviéramos jugando.
Allí fue donde di mis primeros pasos de baile junto a
Magdalena, aquella niña rubia de largas trenzas que me tenía hipnotizado.
También hicimos teatro con cuatro cartones y sábanas viejas. Los viernes por la
tarde nos leía poesías y jugábamos a ser escritores nosotros también.
─Nadie nace enseñado ─nos repetía─ Los grandes hombres que
cambiaron el mundo, también fueron niños una vez y tuvieron que aprenderlo
todo. Vosotros podéis hacerlo también.
Así pasaron las semanas y los meses sin que nos diéramos
cuenta, como si viviéramos en un sueño.
Mientras tanto, en la taberna y el colmado siguieron hablando
del maestro:
─¡Vaya con don Antonino, parecía que no iba a enseñar nada y
resulta que mi chico ya se defiende con las cuentas y la lectura.
─Si, enseña bien a pesar de sus rarezas.
─¡ Y además los muchachos van contentos!
─¡ Ya lo creo! El mío ya no quiere ir al campo; solo piensa en
la escuela.
Cuando llegó el final de curso, recibimos con pesar la noticia
de su partida. Nadie quería que marchara. Las familias agradecidas le llevaron
lo que pudieron: huevos, chorizo de matanza, queso de oveja o rosquillas
caseras. Todo el mundo quiso aportar algo y hasta el mismo Ayuntamiento le
organizó una pequeña despedida en la plaza.
Los vecinos prepararon
una tarima y el alcalde le entregó una pluma estilográfica después de dedicarle
unas palabras de reconocimiento.
─Es necesario que me marche─ dijo él después, con la voz
entrecortada por la emoción─ para llevar la luz a otros lugares que también lo
necesitan.
Esas fueron sus últimas
palabras.
A la mañana siguiente lo vimos partir con su traje negro, sus
zapatos sucios y su maleta de libros viejos.
El pueblo quedó más vacío y más triste. Sin embargo, todo lo
que aprendimos junto a él y la huella que dejó permanecen imborrables.

Si es una historia real es realmente emocionante y conmovedora, y si no también, un abrazo Brurata!
ResponderEliminarEstá sacada de la realidad, con un montón de matices. Hubo muchos maestros así. El que tuvo mi padre durante la República Española lo llamaban "El Mosca". Murió en la guerra por pensar diferente.
EliminarUn abrazo
Bonita historia de un maestro itinerante. ¿Los habrá todavía?
ResponderEliminarUn abrazo.
¡Los hay a montones! ¡Muchísimos! Puede que un tercio de los docentes lo sea. Los maestros que recorren los pueblos enseñando están a la orden del día.
ResponderEliminarUn besito
Un maestro prodigioso en un mundo rural de un tiempo pretérito en el que la enseñanza quedaba relegada a un segundo lugar. Incluso hoy en día hacen falta muchos maestros como este para que los niños y niñas, no solo aprendan sino que disfruten del aprendizaje.
ResponderEliminarAquello de que la letra con sangre entra ya es cosa del pasado, por fortuna.
Me ha encantado esta historia, que tiene visos de estar inspirada en hechos reales.
Un abrazo.
Así es , Josep. Está inspirada en un maestro de los de antes, que fueron los precursores de los de ahora. Pioneros en muchas cosas, aunque ahora nos parezca de estamos descubriendo el mundo. En fin, es una historia bonita, que me ha agradado contar para ofrecer un pequeño homenaje a todos aquellos que dedicaron su vida a enseñar.
ResponderEliminarUn abrazo
Un maestro comprensivo y muy razonable para la época. Eso de abandonar la varita de olivo me ha llamado la atención.
ResponderEliminarBesos.
La varita de olivo era una práctica común hace muchos años, menos mal que eso ya ha quedado en el recuerdo nada más.
EliminarUn abrazo Rafaela
Que entrañable relato sobre la figura de un buen maestro que deja una huella perenne en el alma de cada niño.
ResponderEliminarUn hermoso homenaje bien merecido por su magnífica labor.
Me ha encantado.
Muy bien escrito.
Gracias por compartir.
Me alegra mucho que te haya gustado Maripaz. Maestros como él los hubo, los habrá y espero que los siga habiendo.
EliminarBesos
Hola Brurata, que historia mas bonita y entrañable, un maestro a la vieja usanza y de los que de verdad les gusta enseñar y no meter miedo, se enseña con cariño y no con golpes como hacian muchos antes, yo fui a monjas y madre mia, no nos pegaban pero los rezos nos salian por todos sitios:), pero para ser monjas poco cariño ponian, me ha gustado mucho la historia:)
ResponderEliminarBesos.
Yo también fui a un colegio como el tuyo. Tampoco nos pegaban pero utilizaban otro tipo de presiones, más psicológicas, como el miedo, la culpa...¡en fin, qué te voy a contar! Menos mal que eso ya ha desaparecido.
EliminarBesos Piruja
Me hubiera gustado tener un profesor
ResponderEliminarcomo el.... pero que no tenga ese aire
a Rajoy, me da mosca, un abrazo.
Lo importante no es el aspecto, es lo que está en el interior.
ResponderEliminarUn abrazo Orlando
Cuanto puede lograr un maestro que con amor enseña. Hermosa historia, no solo encanta, también emociona.
ResponderEliminarmariarosa
Es mejor enseñar con amor que con castigos o autoritarismos. Afortunadamente los tiempos de los castigos físicos van quedando atrás.
EliminarUn abrazo, Mariarosa
Te veo tarde pero que linda historia esos son los verdaderos maestros de la enseñanza.
ResponderEliminarMuchos más debería haber.
Un buen maestro siempre deja huella en él alumno.
Mis recuerdos de los míos son muy positivos.
Gracias, por tan bonito relato.
Besos 😘 😘
Son muchos los casos de maestros que dejan huella en sus alumnos. Yo no he tenido ninguno en especial, pero los hay, afortunadamente.
EliminarUn abrazo Campirela
Ya me hubiese gustado tener un maestro de ese calibre. Un abrazo.
ResponderEliminarSi, Gil, a muchos les hubiese gustado, pero bueno, la educación está cambiando mucho.
ResponderEliminarUn abrazo
Por desgracias yo no tuve ningún Antonino, pero sí tuve una Doña Mercedes que realmente daba miedo, y a la que nunca he podido olvidar porque me daba pavor ni siquiera hablar con ella. Mi escuela era rural y todas, chicas, íbamos a la misma clase. Nadie me enseñó nada y lo mejor que hice fue huir a los 9 años para estudiar bachiller.
ResponderEliminarSin embargo, los chicos, tenían un maestro, Don Luís, que era igual que D. Antonino.
¡Ojalá! hubiese sido mi experiencia.
Preciosa historia, maestra P.
Un gran abrazo, hoy, caluroso.
Bueno, hay de todo, bueno y malo. Tú lo sabes bien. Pero a mi modo de ver creo que las aulas han cambiado mucho. Ya no son lo que nosotros vivimos en la infancia, afortunadamente.
ResponderEliminarBesitos, Blanca
Los maestros son muy importantes (sobre todo los de escuela, que dan todas las asignaturas), porque dejan huella (positiva o negativa) para toda la vida.
ResponderEliminarUn abrazo.
Si, yo también pienso lo mismo, Macondo. Aunque los que se tienen en etapas posteriores también pueden ser importantes, pero no dejan la misma huella.
ResponderEliminarUn abrazo