Paca siempre había vivido en
el prado de Sotoviejo. Nació allí y creció hasta convertirse en un hermoso
ejemplar de burra, de color negro con una raya oscura que le recorría la
espalda desde la crin hasta la cola. Trabajaba llevando suministros a los
veraneantes de zonas de montaña donde los vehículos no podían acceder; y
durante el invierno, cuando esos servicios ya no eran necesarios, cuidaba de
las ovejas y cabras, resguardándolas de los posibles depredadores.
Trabajar, comer, descansar, y de vez en cuando
hacer algo de vida social con los otros burros de la dehesa era toda su vida. Hasta
que una mañana de primeros de agosto, una carreta pintada de azul y amarillo
acampó cerca de la aldea.
Como en aquel lugar nunca
pasaba nada, Paca se dio cuenta del cambio enseguida y se puso a observar con
paciencia al lado del cercado. Vio como el cochero se bajaba del pescante y
desenganchaba los burros del aparejo.
Eran dos borriquillos de buen
aspecto. Jóvenes, musculosos y de pelo
corto. Sin embargo, el que más le llamó la atención fue el de color gris. Se le
veía el más atractivo, con el tronco robusto y las extremidades fuertes. Tan
impresionada quedó que comenzó a emitir rebuznos de alegría para llamar su
atención. El animal, al verla, también debió gustarle, porque se acercó hasta
donde ella estaba con paso decidido.
Cuando estuvieron uno frente
al otro se miraron fijamente, con las pupilas dilatadas y un brillo especial.
No necesitaron palabras para entenderse. Se acercaron despacio, midiendo sus
pasos hasta que sus hocicos se tocaron. Pasaron el día juntos, rozando las cabezas y
dándose pequeños mordisquitos en el lomo.
El burrito gris, de nombre
Federico, le contó a Paca al oído el trasiego de su vida. Viajaba de pueblo en
pueblo, arrastrando con lentitud el humilde carromato del señor Anselmo, en el
que llevaba su pequeño guiñol. Visitaban las aldeas más recónditas donde jamás
llegaban las compañías de teatro. En algunas ni siquiera tenían luz eléctrica,
pero el titiritero, con sus marionetas de trapo, iluminaba hasta el último
rincón. De manera que, durante unos días, los habitantes de las haciendas, que
vivían desperdigados, se reunían para reír, llorar o emocionarse con las
historias del señor Anselmo.
Federico le habló también de
montones de lugares diferentes, desde las áridas extensiones del sur hasta las
verdes praderas del norte. Le explicó los muchos tipos de gente que había, de
viviendas y de formas de vida.
Paca , que no había salido
nunca de allí, escuchaba sin pestañear todo cuanto él le decía. Fascinada, se
dejaba llevar por su voz como si fuera un sueño, sintiendo el murmullo de sus
palabras acariciarle la oreja.
─ Eres la burra más hermosa
que jamás he visto. Serás la dueña de mi corazón mientras viva─ le decía.
Y Paca no ponía resistencia a
esa atracción irresistible que sentía, más poderosa que ella misma. El corazón
le palpitaba a mil por hora y las mariposas del estómago no paraban de hacerle
cosquillas cuando él estaba cerca. Federico ocupaba todo su pensamiento y se
alimentaba de fantasías que la hacían flotar siempre como en una nube.
Pero una mañana, cuando salió
a su encuentro como había hecho otras veces, solo encontró las huellas frescas
del carro que acababa de partir. Desesperada, corrió rebuznando hasta lo alto
de una loma, y desde allí los vio alejarse con paso lento y casino, el mismo
con el que habían llegado. Al sentirla, Federico también emitió un rebuzno
pausado y triste que ella entendió a la perfección. Y Paca permaneció allí, en
lo alto, hasta que la carreta desapareció por el camino. Después, volvió a su
pradera desolada con el corazón roto. Poco después el invierno se echó encina y
ella volvió a cuidar de las cabra y ovejas, pero ahora sin perder de vista el
horizonte, buscando sin descanso el perfil de una carreta de color azul y
amarillo.
Doce meses después, la
tristeza de apaciguó cuando dio a luz a un precioso burrito de color gris. Al
verlo comprendió que el viaje de Federico no había sido en vano. Lo amamantó y
cuidó con devoción maternal y cuando se hizo mayor y empezó a mirar con
curiosidad los caminos, Paca le contó todos los bellos recuerdos que había guardado
en su memoria para él.

Una historia preciosa, Brurata, Paca no se quedó sola, un abrazo!
ResponderEliminarEl amor , al cabo del tiempo, dio sus frutos.
EliminarUn abrazo Mariacristina
Me trajiste un montón de recuerdos a mí memoria, cuando era pequeña , en casa de mi abuelo teníamos a Palomo, así era como se llamaba el borrico de mi abuelo.
ResponderEliminarTu historia tuvo un descendiente y lleno su vida esa historia de amor.
Precioso texto llena de una inmensa ternura.
Besos 😘 😘
Yo nunca tuve burritos; perros si, pero burros no y bien que me hubiera gustado.
EliminarGracias por tu lectura y tus palabras
Un beso, Campirela
Me gustan, son más
ResponderEliminarlistos, de lo que se cree,
y mejor temple, que los
caballos, abrazo.
A mí también me gustan. Si no fuera por lo complicado que es, tendría uno.
ResponderEliminarUn abrazo, Orlando
Qué historia más bonita. Amor de burros, como si de personas se tratara. Y es que seguramente en sus corazoncitos sienten una forma de amor como la nuestra.
ResponderEliminarA mí tambén me parecen unos animales encantadores, aunque resulten ser bastante testarudos, excepto la Paca, je, je.
Un abrazo.
Dicen que son unos animales muy cariñosos y que les gusta mucho en contacto humano. Ellos sentirán el amor a su manera, pero me pareció bonito hacerlo así.
ResponderEliminarGracias por tu visita, Josep
Abrazos.
Hola Brurata, precioso y tierno este homenaje que le haces a los borriquillos, siempre he pensado que son animales muy nobles y cariñosos, tambien he visto reportajes en los que estan con niños y son muy cariñosos, es una pena que esten en peligro de extincion, aunque tambien he visto granjas de ellos donde los cuidan y tratan de que no sea asi, que se extingan, me ha encantado el relato y precioso el final lleno de amor.
ResponderEliminarBesos.
A mí me daría mucha pena que se extinguieran . me parecen unos animales encantadores. Nunca he tenido contacto con ellos, solo los he visto de lejos, y me parece injusta la fama que tienen de tontos, cuando está demostrado que son unos animales muy listos.
EliminarEn fin, esperemos que sigan estando siempre entre nosotros.
Un abrazo Piruja
Muy bonita historia. El amor está en todos lados, bien lo has dicho.
ResponderEliminarUn abrazo
También los animales deben tener su "corazoncito", aunque no lo vivan igual que nosotros.
ResponderEliminarUn abrazo, Sara
El relato me hizo reflexionar en que en el pasado digamos hace 2 siglos y mas para atras, lo logico para desplazarse seria tener un burrito, ya que los caballos parece eran muy caros. Lo normal era tener un burro entre los bienes mas preciados y supongo la perdida o muerte del animalito seria una gran tragedia para la familia.
ResponderEliminarPues imagino que así sería. Entonces era un animal muy popular. Muchas gracias por tu comentario y tu reflexión.
ResponderEliminarUn abrazo J.C.
Conmovedora la descripción que haces, amiga. Lo importante es sentirse arropad@ de verdad. Y desde luego hay muchas personas, animales y diversidades que afloran el amor como bien dices. Felicidades por este escrito !!!
ResponderEliminarUn abrazo y buena noches.
Muchas gracias, Joaquín. Como bien dice el título "el amor puede estar en todas partes"
EliminarUn abrazo
Una ternura de relato. Estos animalillo tan humildes fueron el motor y el sostenimiento de muchas familias rurales en nuestro país. Tanto se les veía moviendo norias, arando, que trasegando en sus alforjas leña, paja, o cantaras de agua.
ResponderEliminarMe ha recordado a ese Platero y yo de Juan Ramón Giménez.
Permíteme que te indique una errata en tu texto. En vez de "Cansino" se te coló "Casino"
Un fuerte abrazo. Y a seguir escribiendo estos encantadores relatos.
Aunque no he tenido burros nunca, siempre me han inspirado ternura y además creo que han sido muy mal tratados porque siempre se les ha puesto de "tontos", cuando ha quedado demostrado en múltiples ocasiones que son animales bien listos.
EliminarGracias por tu comentario Francisco y por avisarme de la errata, je, je. A veces va una tan deprisa...
Un abrazo
Hola Brurata, me encanta tu historia. Yo también he oído que los burros son animales muy inteligentes. Ojalá no se extingan. Gracias por compartir tus letras y esta historia tan bonita. Un abrazo.
ResponderEliminarGracias a tí Ainhoa por tu visita y comentario. Es muy importante para mí.
ResponderEliminarUn abrazo
llevalo al verano y unete al juego
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