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domingo, 14 de junio de 2026

 

            EL DÍA DEL MUNDIAL DE FÚTBOL

─¡ Goooool!

El rugido se escuchó al unísono hasta hacer temblar los cimientos del edificio. Se jugaba la Copa del Mundo y muy pocos eran los que no estaban comiéndose las uñas frente al televisor.

 Mariano era uno de ellos. Y eso no hubiera tenido nada de particular si no fuera porque se pasaba la vida viendo deportes. Desde que se jubiló, se había instalado en el sofá del salón y de ahí no había quien lo moviera. Sobre todo cuando emitían algún partido de fútbol importante. En esos casos, ya no se podía contar con él para nada.

Se preparaba una buena jarra de cerveza, llenaba la mesa de aperitivos y convertía el salón en una fortaleza inexpugnable. Ni siquiera su mujer, Vicenta, podía interrumpirle. Si el partido lo ganaban los suyos le decía con entusiasmo:

─¡Vamos, ponte guapa que salimos!

Pero si perdía, la cosa cambiaba. Fruncía el ceño, se le enrojecían las mejillas y todo cuanto salía de su boca eran gritos y exigencias.

Algunas veces también invitaba a los amigos. Entonces el suelo y la mesa quedaban llenos de restos de bebida y comida que él, desde luego, no recogía. Era Vicenta la que iba después con el trapo y la fregona devolviendo el orden y la limpieza a la casa.

Aquel día, sin embargo, Mariano estaba solo. No había hecho invitaciones porque se encontraba algo resfriado y le dolía la cabeza.

Su mujer lo espiaba desde el pasillo. Estaba muy cansada de aguantar esa situación. Desde que su marido había dejado la oficina, también había abandonado sus responsabilidades domésticas y ella se encargaba de todo: la compra, la limpieza, la colada, la comida, los arreglos y cualquier problema que surgiera, mientras él veía la televisión, tranquilo y sin inmutarse, como si fuera la cosa más natural del mundo.

Pero aquella tarde, Vicenta tomó una decisión.

Mientras su marido seguía el partido con los cinco sentidos ─y alguno más, de haberlo tenido─, ella se maquilló y se puso su mejor vestido. Hacía años que no se arreglaba para sí misma. Antes le gustaba bailar, pasear por las calles del centro o sentarse en una terraza para charlar durante horas, pero poco a poco había ido dejando de hacerlo y se había recluido en la casa. Ahora ya estaba harta y aquella tarde pensó en salir a la calle a disfrutar de la vida.

Cuando la emisión deportiva se acabó, Mariano que no se había enterado de que estaba solo, voceó desde el salón:

─¡Vicenta! ¿Qué tenemos para cenar hoy?

Nadie respondió.

─¿No me oyes? ¿Qué hay de cenar?─repitió más fuerte.

Silencio absoluto.

─¿Se puede saber dónde te has metido?─ volvió a repetir de muy malos modos.

Al no obtener respuesta fue a la cocina. No la encontró, y además estaba todo recogido y sin restos de la cena. Fue después al dormitorio, tampoco allí había nadie. Quizá estuviera en el cuarto de baño, pero al abrir la puerta obtuvo el mismo resultado.

─Bueno, habrá salido a comprar algo─ murmuró

Y volvió de nuevo a su televisor, sin mayor preocupación, salvo que las tripas empezaban a protestar de hambre. Fue de nuevo a la cocina , y al abrir el armario para coger algo de comer descubrió que no sabía ni dónde estaban las cosas.

Dieron las ocho y no apareció nadie. Dieron las nueve y tampoco. Cuando ya se acercaban las diez, Mariano empezó a inquietarse.

─¿Dónde se habrá metido esta mujer? Ya no es hora de que estén los comercios abiertos.

 Se dirigió al dormitorio a ponerse el pijama y sobre la cama se da cuenta de que están las gafas de lectura de ella y un libro abierto. Se quedó mirándolas unos segundos, ni siquiera sabía qué estaba leyendo Vicenta. ¿Cómo habían cambiado tanto las cosas? Cuando eran jóvenes les gustaba salir a bailar, ir a pasear cogidos de la mano. Escuchaban música juntos y se pasaban las horas hablando y haciendo planes de futuro. En aquellos tiempos no se acordaba de la televisión para nada. ¿Qué les había pasado?

Volvió al salón y esperó un poco más, sin embargo al llegar las once comprendió que algo serio había debido ocurrir. Vicenta nunca se retrasaba tanto.

Angustiado y con el corazón en un puño llamó a los hospitales, a la policía, a los bomberos, a la Guardia Civil…Nadie sabía nada. Todo parecía estar en orden. Entonces los nervios se le comieron vivo y cuando terminaron con él, pasó a la fase de reflexión.

─ Quizá se ha marchado para siempre─ pensó─ Y reconozco que, si lo ha hecho, tendría toda la razón. No le presto atención, no la ayudo en nada y dejo que cargue con todo el peso de la casa. ¿Cómo no iba a cansarse? Pero…¿qué voy a hacer yo solo? Sin ella no soy nadie. No valgo un carajo sin Vicenta. ¡Ahora me doy cuenta! Ella es todo lo que tengo y la quiero. Daría cualquier cosa porque entrara por esa puerta y poder decírselo.

En ese momento se oyó el llavín en la cerradura. El hombre levantó la vista notando el corazón en las sienes. Era ella. Le pareció que estaba más hermosa que nunca, como el día que se hicieron novios.

─Me he retrasado un poco─ dijo sin más

Mariano se levantó de un salto y la abrazó con fuerza. Vicenta se quedó sorprendida y tardó unos segundos en reaccionar.

─¡Pensé que te había pasado algo! ─ le susurró él al oído con la voz entrecortada.

─Pues ya ves que no.

─No, pero a mí sí me ha pasado algo esta noche.




4 comentarios:

  1. Uau, sabes has hecho un relato que lo deberían leer todos hombres y mujeres , parejas y matrimonios, todo es cierto la dejadez da lugar a la desidia aunque el amor este ahí escondido.
    Ese abrazo es la reflexión que después hay que llevar a cabo.
    Un besote y muy feliz domingo caluroso.😘🌞

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  2. Un ardid inteligente el de Vicenta para que Mariano viera lo que pasaba en la realidad, un abrazo Brurata!

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  3. Me parece una historia pico verosimil. Ojala no. Si habian llegado a esa situacion, le presupones a él una sensibilidad que me psrece dudosa.
    En el mejor de los casos, y de momento si piensa cambias, penssrlo pero no decirlo, y luego obrar en consecuencia. Pero bueno, al fin y sl csbo, obras son amores.
    Abrazooo

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  4. No ya , que este solo,
    me da, que lo tiene, es
    que no sabría dar un
    paso palante sin ella,
    abrazo.

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