TARDES DE
INVIERNO
El abuelo siempre se sentaba al lado de la chimenea a la caída
de la tarde. El frío congelaba las piedras y aquel era el único lugar donde se
podía refugiar de los rigores del invierno.
Lo recuerdo como si lo viera ahora mismo. Siempre llevaba
puesta la chaqueta gruesa llena de quemaduras de cigarro y la gorra en la
cabeza. Un bastón le acompañaba al caminar, sobre todo desde que en sus ojos se
había instalado aquella medio ceguera que le impedía ver con claridad.
Pero a la caída de la tarde siempre se le encontraba junto a
la chimenea. Sentado en una banqueta de madera, apoyado en la pared y fumando
su cigarro de Celtas sin filtro; mientras la lluvia o el viento polar azotaban con
furia la ventana.
─¡Abuelo! ¿Quieres que sigamos con el cuento?
Esa era yo, que tendría unos diez años y había cogido la
costumbre de leerle a esas horas mis historias favoritas.
─¿Ya has hecho la tarea?─ preguntaba él.
─Si, y me han dado permiso para quedarme aquí contigo ¿por
dónde quieres que sigamos, por “El Misterio de la Casa Encantada” o por las
“Aventuras de Thomas”?
─Por el que quieras.
Y yo empezaba: “ Aquel había sido el gran secreto de la
pandilla…”. A mí me gustaba leer cuentos al abuelo y a él escucharlos. El
hombre continuaba con su cigarro en la boca y la mirada perdida, como si no se
estuviera enterando de nada, pero escuchaba el relato con sumo interés. Incluso
de vez en cuando me interrumpía para hacer algún comentario.
Él nunca tuvo una infancia como la mía. En realidad, ni
siquiera tuvo infancia. Se quedó sin madre muy joven y desde entonces no había
hecho más que trabajar en el campo; soportando el frío cortante del invierno y
el calor abrasador del verano. Sin apenas juegos, ni distracciones: solo
trabajo.
Sería por eso que, en el ocaso de su vida, disfrutaba tanto de
aquellos encuentros. Le hacían rescatar la niñez que no tuvo y perderse en las
chiquilladas de aquel niño travieso o en los misterios de aquella pandilla de
muchachos. Mis lecturas le transportaban cada tarde a ese mundo mágico que no
conoció.
A veces me detenía, cuando veía que entornaba los ojos y
pensaba que el sueño me había ganado la partida, pero justo cuando iba a cerrar
el libro él me decía “sigue, sigue, que quiero ver como acaba la aventura”, y
yo sonreía complacida.
Cuando acababa siempre recibía un pequeño aplauso y me hacía
prometer que al día siguiente volvería para leerle el siguiente capítulo,
porque allí, junto al calor del hogar el tiempo se detenía, y la distancia
entre el hombre de ochenta años y la niña de diez se acortaba tanto que, por
unos minutos, solo éramos dos niños que se divertían leyendo.
Cuentos de Brurata Literata

Pero qué preciosidad de ternura y cariño entre abuelo y nieta. Me he sentido reflejada con mi abuelo Felis; con sus besos sin dientes y su calidez, mi despertar en verano era el mejor del mundo. El cariño de los abuelos es inmejorable. Un besote, Rita, lo has escrito verdaderamente bonito.
ResponderEliminarGracias , Campirela. Los abuelos nos dejan esta clase de recuerdos que no se olvidan nunca.
EliminarAbrazos
Es que las historias vividas con los abuelos nunca se olvidan...
ResponderEliminarMuy bonito.
Un beso, Brurata.
Son bellos recuerdos que quedan en la memoria.
ResponderEliminarGracias, Marisa.
Un beso
Hola, es muy íntimo y evocador tu cálido relato. Esa chimenea es lo que reúne con afecto y une generaciones y la lectura compartida le otorga al abuelo una niñez que no tuvo.
ResponderEliminarMuy bello.
Saludos.
Las chimeneas siempre han tenido ese poder de reunión familiar tan poderoso. Gracias por tu comentario, Valdo.
EliminarSaludos
Un recuerdo lleno de sensibilidad y cariño. Me ha encantado.
ResponderEliminarUn abrazo.
Me alegro que te guste, Conchi.
ResponderEliminarUn beso
Qué bonito! Esos abuelos entrañables hacen felices a sus nietos dejando que estos les hagan compañía y les cuenten historias; y estos, a su vez, les alegran la vida. A mí me habria gustado tener abuelos que me contaran sus "batallitas" y yo poderles contar cuentos, je, je.
ResponderEliminarUn abrazo.
La verdad es que es una suerte tener abuelos y disfrutar con ellos.
ResponderEliminarMuchas gracias por tu visita, Josep
Un abrazo
Muy bonito, buen finde, un
ResponderEliminarsaludo.
Muchas gracias, Orlando, por tu visita
EliminarSaludos
Entrañables recuerdos me vienen a la mente mientras disfruto de tu cuento, Brurata. No podemos traerles de vuelta pero se les recuerda siempre. Un abrazo
ResponderEliminar¡Así es, Gil! Los buenos recuerdos que pasamos con ellos siempre quedan.
EliminarUn abrazo
Beautiful story. ❤️ Thank you for sharing. Warm greetings from Montreal, Canada.
ResponderEliminarMuchas gracias por tu visita y comentario.
EliminarSaludos
Un excelente y entrañable cuento, historia, de un abuelo agradecido.
ResponderEliminarBien desarrollado, Brurata...
Abrazos.
¿Hola Rita?
EliminarVaya, ya hemos descubierto el geroglífico... :)))))
Chao.
Me alegro que te guste, Ernesto. Gracias por venir.
ResponderEliminarUn abrazo
Hola Rita.
ResponderEliminarUn cuento de profunda sensibilidad y calidez familiar. Me ha encantado. Donde estén los abuelos hay amor y cariño asegurado.
Y me hace recordar lo que estoy viviendo con mi nietecillo de 4 años.
- Abuela abuelita hoy el cuento te lo cuento yo, me dice.
- Oh! sí, qué maravilla, le digo.
Y sin apenas saber leer, va deslizando las hojas, interpretando los dibujos con una imaginación desbordante que es una delicia.
Entrañables son estos momentos, pura vida.
Un abrazo y feliz finde.
Hola Ángela:
ResponderEliminarEl vínculo que se establece entre nietos y abuelos es enorme y se recuerda siempre. Yo tuve suerte de conocer a los cuatro y conservar bonitos recuerdos.
Un abrazo
Que bonito, Rita. Esa complicidad entre abuelo y nieta es hermosa y entrañable.
ResponderEliminarSe quedará prendida para siempre en el alma de la niña.
Abrazo.
Seguro que si, Maripaz. Son cosas que nunca se olvidan.
ResponderEliminarUn abrazo
La relación entre abuelos y nietos es muy especial. Se da una complicidad que no existe siquiera entre padres e hijos. Tu relato, lleno de ternura, lo refleja estupendamente.
ResponderEliminarUn abrazo.
Por lo general la relación entre nietos y abuelos es más fluida que entre padres e hijos. Gracias, Macondo.
EliminarUn abrazo
Un relato muy tierno y emotivo, Brurata, gracias, un abrazo!
ResponderEliminarGracias tí , María Cristina por tu visita. Besos
ResponderEliminarMuy sentimental y que llega al corazón. Gracias por tu sabiduría. Yo no tuve la suerte de tener abuelos cercanos a mi casa, pero disfrutaba mucho cuando iba a verlos.
ResponderEliminarPor cierto, ¿el dibujo es tuyo? Ya hablaremos de la pintura, yo también me he metido en la disciplina. Besotes.
Gracias, Blanca. El dibujo de la cabecera no es mío, el del perfil si y también el que tenía antes en la cabecera. Ahora tengo la pintura un poco abandonada y solo me da por escribir.
ResponderEliminarBesitos
Que dulce historia. Te mando un beso.
ResponderEliminarMuchas gracias, JP Alexander, por tu visita y comentario.
EliminarUna brazo
Hola Brurata, un relato lleno de mucho cariño y ternura, me has echo recordar a mi abuelo, que en verano cuando en vacaciones ibamos al pueblo, mi abuelo hacia algo parecido al protagonista del relato, se sentaba en el patio a la sombra con su cigarrillo y su baston y pasaba el rato alli, que tiempos, precioso el relato tuyo.
ResponderEliminarBesos.
Son recuerdos entrañables que nunca se olvidan, Piruja.
ResponderEliminarUn fuerte abrazo
Dulzura y ternura en este relato.
ResponderEliminarAbuelos y nietos un bello encuentro siempre.
Brurata creo haber dejado un comentario aquí, quizás no lo hice bien.
Gracias por tu visita y comentario
Un fuerte abrazo